AUXILIOS PARA LA SANTIDAD

July 3rd, 2009

CAPITULO 3

COSAS QUE IMPIDEN OBTENER

LA SANTIDAD

La santidad no tiene piernas, y no anda de un lado para otro visitando a la gente ociosa, como parecía imaginárselo cierto cristiano perezoso, que me dijo que él creía que la experiencia de la santidad le vendría algún día. Una hermana replicó con justeza: “Podría esperar igualmente que el salón del culto viniese a encontrarle en el sitio donde él se encuentra”.

El hecho es que la mayoría de las personas encuentran tropiezos para entrar en el camino de la santidad; mas aquellos de ustedes que desean obtenerla, deben disipar una vez por siempre todo pensamiento que les sugiera que esos impedimentos yacen en Dios o en las circunstan­cias que los rodean; los impedimentos están sólo en ustedes mismos. Siendo esto así, es el colmo de la insensatez el sentarse con indiferencia, y esperar tranquilamente, con los brazos cruzados, que descienda la bendita experiencia de la santidad. Pueden estar seguros de esto: no vendrá, como no vendrá una cosecha de papas al sujeto haragán que se sienta a la sombra y jamás levanta su azada, ni trabaja durante los meses de la primavera y el verano. La regla del mundo espiritual es ésta: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3: 10) y “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6: 7).

Por lo tanto, mediante un aplicado estudio de la Palabra de Dios, mucha oración secreta, un decidido y completo examen de conciencia, rígida abnegación, sincera obediencia a toda luz que se tuviere actualmente, y la concurrencia fiel y constante a las reuniones de creyentes, lo que indica la prudencia es comenzar sin pérdida de tiempo a descubrir cuáles son esos impedimentos y, por la gracia de Dios, hacerlos a un lado, aunque ello cause tanto dolor como cortarse la mano derecha o sacarse el ojo derecho.

Pues bien, la Biblia nos dice —y el testimonio y la experiencia de todos los santificados está de acuerdo con la Biblia— que los dos grandes impedimentos a la santidad son: Primero, la consagración imperfecta, y segundo, la fe imperfecta.

Antes que un relojero pueda limpiar y arreglar mi reloj, yo debo entregárselo en sus manos, sin reserva de ninguna especie. Antes que un médico pueda curarme, debo tomar los medicamentos que me recete, de la manera que él lo ordene y a las horas que él señale. Antes que el capitán de un buque pueda conducirme en su barco a través del océano, debo embarcarme en su nave y quedarme allí. De igual modo, si quiero que Dios limpie y arregle mi corazón con todos sus afectos; si es que quiero que cure mi alma enferma del pecado; si es que quiero que me conduzca en salvo a través del océano de la vida hasta entrar en aquel otro océano, más grande aún, de la eternidad, debo entregarme por completo en sus manos y quedarme allí. En otras palabras, debo hacer lo que él me ordenare. Debo estar perfectamente consagrado a él.

Una capitana se arrodilló con sus soldados y cantó: “Donde quiera iré con Jesús”, pero añadió: “Sí, a cualquier parte, menos a H…, Señor”. Su consagración era imperfecta, y hoy día se encuentra fuera de la obra. Había algunas cosas que ella no quería hacer para Jesús, y, por consiguiente, Jesús no podía purificarla ni guardarla.

El otro día, un infeliz retrógrado me dijo que, en determinada época, comprendió que debía dejar de fumar. Dios quería que lo hiciera, pero él se aferró al hábito y fumaba en secreto. Su imperfecta consagración impidió que obtuviese la santidad, y lo arrastró a la ruina, de manera que hoy anda por las calles borracho, y sigue el camino ancho que conduce al infierno.

Dentro de su corazón había deslealtad secreta, y Dios no podía purificarle ni resguardarle. Dios quiere que seamos perfectamente leales en lo más íntimo de nuestro corazón, y lo exige, no sólo para gloria suya, sino para nuestro propio bien; por cuanto, si podemos comprenderlo, la mayor gloria de Dios y nuestro mayor bien, son una misma cosa.

Esta consagración consiste en que nos deshagamos completamen­te de nuestra propia voluntad, de nuestra disposición, de nuestro mal genio y de nuestros deseos, gustos y aversiones, y nos revistamos por completo de la voluntad, disposición, genio, deseos, gustos y aversiones de Cristo. En una palabra, la perfecta consagración consiste en deshacerse del yo y el revestirse de Cristo; el abandonar nuestra propia voluntad en todo y, en su lugar, aceptar la voluntad de Jesús. Esto podrá parecer casi imposible de realizarse, y muy desagradable a nuestro corazón no santificado; mas si queremos prepararnos para la eternidad, y si miramos de manera inteligente y sin vacilaciones esta puerta estrecha por la cual entran tan pocos, y le decimos al Señor que deseamos seguir por ese camino, aunque nos cueste la vida, el Espíritu Santo no tardará en hacernos ver que el entregarnos de ese modo a Dios no sólo es posible, sino fácil y agradable.

El segundo impedimento que encuentra aquel que quiere ser santificado es la fe imperfecta. Cuando Pablo escribió a su cuerpo de salvacionistas en Tesalónica, los encomió porque eran de ejemplo a todos los que han creído en Macedonia y en Acaya, y añadió: “En todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido” (1 Tesalonicenses 1: 7,8). Aquel era el cuerpo de más fe en toda Europa, y su fe era tan real y tan valiente, que pudieron soportar muchas persecuciones, según vemos en los capítulos 1:6; 2:14; 3:2-5; de manera que Pablo dice: “En medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe” (3:7). Fe robusta era aquélla, mas no perfecta, pues Pablo añade: “Orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe” (3:10). Y por razón de su fe imperfecta, no eran santificados; por eso vemos que el apóstol ora: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (5:23).

Todos aquellos que son nacidos de Dios y que tienen el testimonio de su Espíritu, acerca de su justificación, saben muy bien que no ha sido por las buenas obras que han hecho, ni por haber crecido en ella que han obtenido la salvación, sino que fue “por gracia… por la fe” (Efesios 2:8). Pero muchísimas de estas personas parecen pensar que mediante el crecimiento llegaremos a la santificación, o que la vamos a adquirir por nuestras propias obras. Mas el Señor resolvió esa cuestión y la hizo tan clara como es posible hacerlo en palabras, cuando le dijo a Pablo que lo enviaba entre los gentiles “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:18). No por obras, ni por crecimiento, sino por la fe, habían de ser santificados.

Si quieren ser santos, deben acudir a Dios “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:22), y luego, si esperan pacientes delante de él, se hará la maravillosa obra.

La consagración y la fe son cosas del corazón, y ahí es donde yace la dificultad para la mayoría de las personas; pero no hay duda de que en algunos casos la dificultad que ven algunas personas es cuestión mental. No logran obtener la bendición porque andan en busca de algo demasiado pequeño.

La santidad es una gran bendición. Es la renovación del hombre completo, a la imagen de Jesús. Es la completa destrucción de todo odio, envidia, malicia, impaciencia, codicia, orgullo, lujuria, temor del qué dirán, amor a las comodidades, amor a la admiración y aplauso mundanos, amor al lujo, vergüenza de la cruz, voluntariedad y cosas por el estilo. Hace que el que la posee sea “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), como lo era Jesús; paciente, bondadoso, longánime, misericordioso, lleno de compasión y amor; lleno de fe, benévolo y celoso en toda buena palabra y obra.

He oído a algunas personas afirmar que eran santificadas porque habían dejado de fumar, porque ya no usaban plumas en el sombrero, o cosas por el estilo; pero seguían siendo impacientes, no eran bondadosas y estaban completamente embebidas en las cosas de esta vida. El resultado de esto fue que no tardaban en desanimarse, y concluían por creer que no existía tal bendición, llegando a hacerse enemigos acérrimos de la doctrina de la santidad. La dificultad consistía en que buscaban una bendición muy pequeña. Abandonaron ciertas cosas externas, pero la vida íntima seguía sin crucificar. El minero lava la suciedad del mineral, pero no puede, lavando, quitarle la escoria. Eso lo tiene que hacer el fuego, y sólo entonces quedará el oro puro. De igual modo es necesario dejar a un lado cosas externas, pero sólo el bautismo del Espíritu Santo y del fuego, puede purificar los deseos secretos y afectos del corazón, y hacerlo santo. Y esto es menester buscarlo ferviente y sinceramente, por medio de la completa consagración y de la fe perfecta.

Hay otras personas que no logran recibir la bendición porque buscan algo completamente distinto de la santidad. Quieren tener una visión del cielo, de lenguas de fuego, de algún ángel; o quieren adquirir una experiencia que les mantenga exentas de las pruebas, tentaciones y de toda suerte de errores y debilidades; o quieren tener tal poder que haga caer a los pecadores como muertos, cuando ellos hablan.

Pasan por alto el versículo que declara que “el propósito de este mandamiento es el amor nacido del corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:5); lo cual nos enseña que la santidad no es otra cosa que un corazón puro, lleno de perfecto amor, y una conciencia limpia hacia Dios y los hombres, resultado del cumplimiento fiel del deber, y de la fe sencilla y sin hipocresía. Olvidan el hecho de que la pureza y el amor perfecto son tan de la naturaleza de Cristo y tan escasos en el mundo, que por sí solos son una gran bendición. Pasan por alto el hecho de que si bien Jesús era un gran hombre, Rey de reyes y Señor de señores, era también un humilde Carpintero que “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” ((Filip. 2:7). Pasan por alto el hecho de que deben ser como fue Jesús, en este mismo mundo en que viven, y que “este mundo” es el lugar de su humillación, donde es “despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores experimentado en quebranto”; “sin atractivo para que le deseemos” (Isaías 53:2,3). En este mundo, su única belleza es la del alma, “la hermosura de su santidad” (1 Crón. 16:29), aquel espíritu humilde de mansedumbre y amor, ese “incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:4).

¿Tiene su alma hambre y sed de la justicia del amor perfecto? ¿Desea ser semejante a Jesús? ¿Está dispuesto a padecer con él y a ser odiado de los hombres, por su nombre? (Mateo 10:22). Si es así, veamos lo que nos dice la Biblia: “Despojémonos de todo peso del pecado que nos asedia” (Hebreos 12:1), “presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional” (Romanos 12:1), “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1,2). Acuda al Señor con aquella misma fe sencilla que ejerció el día en que fue salvado; ponga su caso ante él; pídale a él que lo limpie de toda impureza y que lo perfeccione en el amor, y luego crea que él lo puede hacer. Si después de eso usted resiste todas las tentaciones de Satanás a dudar, pronto verá que han desaparecido los impedimentos que antes tenía y estará regocijándose “con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8).

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:23,24).

AUXILIOS PARA LA SANTIDAD

July 3rd, 2009

COMO OBTENER LA SANTIDAD

“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6).

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17: 3).

Un anciano profesor que contaba más de ochenta años de edad, dijo en cierta reunión de santidad: “Creo en la santidad, pero no creo que ésta se adquiera por completo, de una vez, como dicen ustedes. Creo que la adquirimos creciendo en ella”.

Este es un error muy común, que sólo ocupa segundo lugar a aquél que hace de la muerte el salvador del pecado y el dador de la santidad; este error ha sido el causante de que miles no entren a disfrutar de la bendita experiencia. No reconoce la enorme maldad del pecado (Rom. 7:13), ni sabe cuál es el camino sencillo de la fe, por el cual únicamente puede destruirse el pecado.

La completa santificación es a la vez un proceso de resta y suma.

Primeramente se deja a un lado “toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones” (1 Pedro 2: 1); en realidad, se deja toda mala disposición y todo deseo egoísta que no es según Cristo, y el alma es limpia. La naturaleza de este estado o condición evidencia que no puede tratarse de un crecimiento, pues esta limpieza quita algo del alma, y el crecimiento siempre añade algo. Dice la Biblia: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Colosenses 3: 8). El apóstol habla como si una persona fuera a dejar estas cosas en forma muy parecida a lo que ocurre cuando se quita el saco, y lo deja a un lado. No es por crecimiento que el hombre se quita el saco, sino por una acción activa y voluntaria, y por el esfuerzo de todo su cuerpo. Esta es sustracción.

Mas añade el apóstol: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3: 12). Tampoco uno se pone el saco por crecimiento, sino por un esfuerzo de todo el cuerpo, esfuerzo similar al que debió hacer para quitárselo.

Un hombre podrá crecer “dentro” de su saco, pero no podrá ponérselo por medio del crecimiento. Primero, antes de que pueda crecer “dentro” del saco deberá ponérselo. De igual modo una persona podrá crecer “en la gracia”, pero eso no quiere decir que podrá adquirirla, creciendo, Un hombre podrá nadar dentro del agua, pero no le sería posible nunca “nadar” primero, para así entrar en el agua.

No es por crecimiento como se sacan las hierbas malas del jardín, sino arrancándolas, y usando vigorosamente la azada y el rastrillo.

No es por crecimiento como se puede limpiar al niñito que ha estado jugando con el perro y el gato, y está todo sucio. Podría seguir creciendo hasta llegar a ser hombre, y ensuciándose más cada día. Es lavándole en abundante agua limpia como pueden esperar tenerlo algo presentable. Así dice la Biblia: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apoc. 1:5). “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Y es cabalmente como cantamos:

Tú, nívea blancura a mi alma has de dar.

Por esa limpieza todo he de dejar.

Hay una fuente carmesí

Que mi Jesús abrió.

Muriendo en la cruz por mí,

Do limpio quedo yo.

Estas verdades le fueron dichas al anciano hermano arriba mencionado, y se le preguntó si después de sesenta años de experiencia cristiana, se sentía algo más cerca del inapreciable don de un corazón limpio, de lo que era el caso cuando comenzó a servir al Señor Jesucristo por vez primera. Confesó con toda franqueza que no.

Se le preguntó si no consideraba que sesenta años era tiempo suficiente para probar si la teoría del crecimiento era correcta o no. El dijo que sí, y por lo tanto se le invitó a que pasara adelante y buscara, al momento, la bendición de un corazón limpio.

Así lo hizo, pero aquella noche no obtuvo lo que buscaba, y la noche siguiente pasó otra vez al banco de consagración en busca de la pureza de corazón. No había estado de rodillas ni cinco minutos, antes que se pusiera de pie y, abriendo los brazos, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y su rostro irradiaba con luz celestial, exclamó: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar (Dios) de mí mis rebeliones” (Salmo 103:12). Vivió algún tiempo después, y pudo testificar acerca de la maravillosa gracia de Dios en Cristo, y luego se fue triunfante al seno de Dios, a quien, sin santidad, nadie podrá ver.

“Pero, —me dijo un hombre a quien yo exhortaba a que buscase la santidad al momento—, yo obtuve la santidad cuando me convertí. Dios no hizo obra a medias en mí, cuando me salvó. El hizo una obra acabada”.

“Es verdad, Dios hizo una obra acabada, hermano. Cuando él lo convirtió a usted, le perdonó todos sus pecados, cada uno de ellos. El no dejó la mitad sin perdonar, sino que los borró todos, como una nube espesa, para nunca más volver a acordarse de ellos. El también le adoptó a usted en su familia, y envió su Santo Espíritu al corazón de usted, para que le diera esa preciosa y feliz nueva, y ésa información hizo que usted se sintiese más feliz que si le hubiesen dado la noticia de que había heredado millones de pesos, o que le habían elegido gobernador de una provincia, pues había sido usted hecho heredero de Dios y coheredero de todas las cosas con nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Gloria a Dios! Es algo grandioso ser convertido. Pero, hermano, ¿está usted salvo de toda impaciencia, ira y pecados semejantes que emanan del corazón? ¿Vive usted una vida santa?”

“Yo no veo estas cosas lo mismo que usted, —dijo el hombre—. No creo que podamos ser salvos, en esta vida, de toda impaciencia e ira”. Y así cuando le hicimos presión, esquivó la cuestión y en realidad contradijo su propio aserto de que había obtenido la santidad en el momento de su conversión. Como lo expresa un amigo, “prefería negar la enfermedad, antes que probar el remedio”.

El hecho es que ni la Biblia ni la experiencia prueban que una persona obtenga la santidad en el momento de la conversión, sino todo lo contrario. Es verdad que le son perdonados los pecados; recibe el testimonio de haber sido adoptado en la familia de Dios; cambian sus afectos. Mas, antes de haber avanzado mucho, hallará que su paciencia esta entremezclada con impaciencia, su bondad con ira, su mansedumbre con enojo (que es del corazón y tal vez no lo vea el mundo, pero de lo cual él está penosamente consciente); su humildad, entremezclada con orgullo, su lealtad a Jesús, con cierto temor y vergüenza de la cruz, y, de hecho, el fruto del Espíritu y las obras de la carne, están completamente entremezclados, en mayor o menor grado.

Pero todo esto desaparecerá cuando obtenga un corazón limpio, para lo cual requerirá una segunda obra de la gracia, precedida de una consagración hecha de todo corazón, y un acto de fe tan definido como el que precedió a su conversión.

Después de la conversión, hallará que su naturaleza es muy semejante a un árbol que ha sido cortado, pero del cual quedan aún el tocón y la raíz. El árbol no molesta más, pero la raíz hace que sigan saliendo los retoños, si no se tiene cuidado para que no crezcan. La manera más rápida y mejor es poner un poco de dinamita debajo del tocón y hacerlo volar.

De igual modo, Dios quiere poner en cada alma convertida la dinamita del Espíritu Santo (la palabra “dinamita”, viene de la palabra griega “poder”, en Hechos 1:8, Versión Hispanoamericana), y destruir para siempre esa naturaleza antigua, molesta y pecaminosa, de modo que pueda decir con verdad: “Las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5: 17).

Eso es cabalmente lo que hizo Dios con los apóstoles, el día de Pentecostés. Nadie negará que los apóstoles eran convertidos antes de Pentecostés, pues Jesús mismo les había dicho: “Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10: 20), y una persona debe ser convertida antes que su nombre esté escrito en los cielos.

También dijo: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17: 16), y esto no podría decirse de hombres inconver­sos. Por consiguiente debemos llegar a la conclusión de que eran convertidos y, sin embargo, no disfrutaron de la bendición de un corazón limpio hasta el día de Pentecostés.

Que lo recibieron en dicha ocasión, lo declara Pedro tan llanamente como es posible hacerlo, en Hechos 15:8,9, donde dice: “Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones”.

Antes que Pedro recibiera esta gran bendición, un día estaba lleno de presunciones y al otro, de temores. Un día declaró: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré… Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré” (Mateo 26: 33, 35). Y poco después, cuando fue la turba a tomar preso a su Maestro, osadamente la atacó espada en mano; pero dentro de unas horas, cuando la sangre se le había enfriado un poquito y le había pasado la excitación, le tuvo tal miedo a una muchacha que juró y maldijo, y negó a su Señor tres veces.

Pedro se parece a muchos soldados, que son muy valientes cuando hay “algo grande” y todo es favorable, o que pueden soportar hasta un ataque de los perseguidores, para lo cual es necesario poner en juego las facultades físicas; pero que no tienen valor moral para vestir el uniforme cuando están solos en el negocio o en el taller de trabajo, donde tendrían que sufrir las burlas de sus compañeros de trabajo y las risas de los chiquilines de la calle. Estos son soldados a quienes les gustan las paradas de uniforme, pero que no quieren la lucha difícil en el frente de batalla.

Pero Pedro venció todo eso el día de Pentecostés. Recibió el poder del Espíritu Santo, que penetró en él. Obtuvo un corazón limpio, del cual el amor perfecto echó fuera todo el temor. Más tarde, cuando lo encarcelaron por predicar en las calles, y cuando al comparecer ante los tribunales se le ordenó que no volviese a hacerlo, contestó: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios: porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4: 19,20). Y luego, no bien lo pusieron en libertad, salió otra vez a las calles a predicar las benditas nuevas de la salvación.

Después de eso no se podía espantar a Pedro ni tampoco se le podía exaltar con orgullo espiritual. Por eso, un día, después de haber sido empleado por Dios para sanar a un cojo, y cuando la gente, maravillada corrió para ver, Pedro les dijo: “Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? … El Dios de nuestros padres ha glorificado a su Hijo Jesús… y por la fe de su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad” (Hechos 3: 12,13,16).

Tampoco el viejo y querido apóstol tenía ya nada de aquel mal genio que demostró en la ocasión cuando le cortó la oreja al infeliz hombre, la noche en que Jesús fue arrestado, sino que estaba revestido del mismo pensamiento que tuvo el Señor Jesucristo (1 Pedro 4: 1), y seguía a aquel que nos ha dejado ejemplo, para que le sigamos en sus pasos.

“Pero nosotros no podemos obtener lo que Pedro recibió el día de Pentecostés”, —me escribió alguien no hace mucho. Mas el propio Pedro, en el gran sermón que predicó aquel día, declara que podemos obtenerlo, pues dice: “Recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros —judíos, a quienes ahora me dirijo— “es la promesa, y para vuestros hijos”, y no sólo para vosotros sino “para todos los que están lejos” —de aquí a mil novecientos años— “para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2: 38,39).

Cualquier hijo o hija de Dios puede obtener esto, si tan sólo se entrega a Dios sin reserva alguna y se lo pide con fe. “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis… Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? “(Lucas 11: 9,13).

Búsquenle de todo corazón y le hallarán; no hay duda de que le hallarán, porque Dios lo ha dicho, y él está esperando para darse él mismo a ustedes.

Un joven candidato para la obra del Ejército de Salvación se dio cuenta de que necesitaba tener un corazón limpio. Salió de la reunión de santidad y se dirigió a su casa. Una vez en su habitación, abrió la Biblia, se postró de rodillas al lado de su cama, leyó el segundo capítulo de Los Hechos, y le dijo al Señor que no se levantaría de sobre sus rodillas hasta recibir un corazón limpio, lleno del Espíritu Santo. No había estado orando mucho tiempo antes que el Señor descendió sobre él y lo llenó de la gloria de Dios. A partir de ese momento, su rostro resplandecía en verdad, y su testimonio hacía arder los corazones de quienes lo escuchaban.

Ustedes pueden obtener el don, siempre que acudan al Señor con el espíritu y la fe de aquel hermano, y el Señor hará por ustedes “mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos según el poder que actúa en nosotros” (Efesios 3:20).

DESCUBRA SU MINISTERIO

July 3rd, 2009

Casa Nazarena de Publicaciones
6401 The Paseo
Kansas City, Missouri 64131, E.U.A.

Esta obra apareció en inglés con el título de Finding Your Ministry. Fue traducida al castellano por René Escalante Porras (capítulos 1, 2 y 6) y por Sergio Franco (capítulos 3, 4 y 5), bajo los auspicios de Casa Nazarena de Publicaciones.

Lista de abreviaturas de las versiones de la Biblia:

VP—Versión Popular.

NIV—New International Version (no hay traducción castellana).

RSV—Revised Standard Version (no hay traducción castellana).

BJ—Biblia de Jerusalén.

VM—Versión Moderna.

Si no se indica una de estas versiones, las citas vienen de la versión Reina-Valera, Revisión de 1960.

5,000 ejemplares
Febrero, 1993

Diseño de la cubierta:
Isaac Abundis
Impresa en E.U.A.
Printed in U.S.A.

Contenido

Prólogo

Prefacio

1. LA PALABRA DE DIOS: Nuestra Guía a los Dones Espirituales —Raymond W. Hurn

2. EFESIOS: La Iglesia Es el Cuerpo de Cristo —Albert Truesdale

3. 1 CORINTIOS Y GÁLATAS: Los Dones de Dios Son para Reconciliar —Mildred Bangs Wynkoop

4. ROMANOS Y 1 CORINTIOS: Descripciones de Nuestra Asignación —Morris Weigelt

5. TRES CARTAS DE PABLO: Los Dones Espiri­tuales Son para Hacer Discípulos—Paul R. Orjala

6. LA PALABRA DE DIOS EN NOSOTROS: Cómo Empezar a Utilizar Nuestros Dones Espirituales —Raymond W. Hurn

Apéndice A

Apéndice B

Prólogo

¿Otro libro sobre los dones espirituales? Sí, pero éste es diferente. Su meta la define claramente el Dr. Raymond W. Hurn, Director Ejecutivo del Departamento de Misio­nes Domésticas:

1. Examinarnos a nosotros mismos —la iglesia, el Cuerpo de Cristo.

2. Analizar la cosecha.

3. Mirar a los obreros que tenemos para realizar la obra.

Descubra su ministerio es tanto teórico como prácti­co. Los doctores Albert Truesdale, Mildred Bangs Wyn­koop, Morris Weigelt y Paul R. Orjala examinan, exponen y explican las posiciones escriturales y teológicas. El Dr. Hurn provee dirección concentrada en ayudar a los laicos a descubrir “su ministerio”.

En esta época de mucha necesidad espiritual, es nues­tra esperanza y oración que un estudio diligente de este texto del Curso de Capacitación Cristiana provea enten­dimiento acerca de los dones espirituales para que los miembros de la Iglesia del Nazareno puedan servir como instrumentos de bendición y sanidad.

—GEORGE COULTER

Prefacio

El énfasis de los dones espirituales es una parte inte­gral de los materiales de estudio del crecimiento de la iglesia que están siendo usados a través de la iglesia. El Dr. W. T. Purkiser ha escrito un tratamiento excelente y erudito sobre el tema de los dones del Espíritu intitulado precisamente Los dones del Espíritu.

Puesto que algunos grupos religiosos han dramatizado tanto los dones de lenguas y las señales visibles, muchas personas en la tradición teológica conservadora simple­mente no han hablado fuerte, afirmativa y positivamente sobre este asunto de los dones espirituales.

Ha sido mi intención poner los dones del Espíritu en la perspectiva apropiada y no dejar a nuestros feligreses fieles en un vacío de falta de información.

En esta tarea, he sido ayudado grandemente por un simposio de nuestros mejores eruditos que fueron elegidos por un gran grupo de pensadores nazarenos que se reunie­ron en junio de 1978. Entre ellos están los doctores Paul Orjala, Mildred Wynkoop, Morris Weigelt, Frank Carver, Rob Staples, Irving W. Laird, Paul Bassett, Don Owens, Bill Sullivan y Alex Deasley. Estos y muchos eruditos adicionales han aconsejado y en muchas maneras me han ayudado para llegar a un entendimiento total del crecimien­to de la iglesia en el contexto bíblico-teológico nazareno.

El crecimiento de la iglesia se enfoca con alguna pro­fundidad en los principios sociológicos que producen el crecimiento. Estos incluyen el principio homogéneo (un instrumento para concentrar en grupos especiales), exa­men del suelo, personas receptivas y las que no lo son, grupos principales, identificación con las metas, y muchos otros temas.

Hay principios bíblicos y espirituales que son bási­cos para el crecimiento del Cuerpo de Cristo. Sería inco­rrecto dejar la impresión que los principios del crecimiento de la iglesia tratan solamente con lo sociológico.

Es nuestro propósito explorar estos principios bíblicos con alguna profundidad. Hemos aprovechado especial­mente el conocimiento de los eruditos teológicos y bíblicos (los doctores Truesdale, Wynkoop, Weigelt y Orjala) para los capítulos principales.

El estudio de los dones espirituales se ubica y presen­ta en el contexto de que cada uno “descubra su propio ministerio en el Cuerpo de Cristo”. Confiamos en que este estudio breve nos informará e inspirará a todos nosotros a ser feligreses más productivos y efectivos mientras cumpli­mos la Gran Comisión: “Haced discípulos” (Mateo 28: 19-20).

—RAYMOND W. HURN

Musica cristiana en la Internet.

July 2nd, 2009

Hoy en dia hay muchos sitios de videos y musica cristiana pero cuales son verdaderamente de edificacion yo despues de navegar algunos declaro que el mas recomendado es CristoVideos.Com.Es claro que la opcion de Youtube es pesima pues en esta web lo mismo ves un video cristiano que aparece uno que no lo es,ademas es demasiado comercial.
Otro problema que pasa hoy es que muchas paginas de musica cristiana exiven comerciales ajenos a la fe y esto deteriora la imagen de ellas.

El cristianismo según las Sagradas Escrituras

July 2nd, 2009

SERMON IV

NOTAS INTRODUCTORIAS

Según los estatutos de la Universidad de Oxford, “se deben inscribir en una lista todos los que reciban el título de Maestro en Artes para que, en su orden, prediquen ante la universidad, o paguen tres guineas (como nueve dólares) a un predicador suplente.” Tocóle su turno al señor Juan Wesley por agosto de 1744, “Habiendo llegado a Oxford días antes, pre­dicó con frecuencia en patios, edificios públicos y otros lugares. Des­pués de haber predicado a congregaciones pequeñas el viernes a las cin­co y a las ocho de la mañana, llegó a las diez a la iglesia de Santa María, donde ya se habían reunido el vicerrector, los procuradores, muchos colegiales de beca, multitud de particulares y un gran número de hermanos y hermanas.” Esta descripción es de una persona que estuvo presente. “Partido su cabello negro y suave con gran esmero, sus facciones y digni­dad mostraban desde luego que era un hombre muy superior. Su ora­ción fue benigna, corta y de conformidad con las reglas de la universi­dad. Habiendo tomado su texto del Libro de los Hechos, capítulo 4:31, habló con mesura y en un tono de voz enfático.” El escritor a quien aca­bamos de citar, era el célebre doctor Kennicott, editor de la Biblia en hebreo, quien a la sazón contaba veintiséis años de edad y estaba cabal­mente comenzando su distinguida carrera. A la par que confiesa la ad­miración que le causaron algunos pasajes de este sermón y que el se­ñor Wesley tenía razón de llamar a los estudiantes “generación frívola,” culpa al predicador por haber dicho que Oxford no era una ciudad cris­tiana. “Acusó,” dice “a todos los miembros de la universidad incluyén­dose a sí mismo, de perjurio y dando esta razón: que al entrar a la univer­sidad, todos juran obedecer los estatutos y después ninguno cumple con su juramento por completo. Si hubiera omitido estas cosas y moderádose en sus censuras, su sermón habría agradado mucho a otros, como me agradó a mí, pues el estilo y manera de decir fueron muy buenos. Se dice que es hombre de gran talento y esta es la opinión del doctor Conybeare, decano del Colegio de la Iglesia de Cristo, quien ha dicho: ‘Juan Wesley será siempre considerado como hombre de buen criterio, a pesar de ser demasiado entusiasta.’ Sin embargo, el vicerrector ha mandado pedir el sermón y se dice que los directores de los colegios intentan mostrar su resentimiento.”

Esta relación del sermón del señor Wesley es sumamente intere­sante, puesto que la debemos a un hombre que llegó a ser uno de los sabios más eminentes del mundo y porque demuestra de una manera muy notable, cuán poca espiritualidad había en la religión de la univer­sidad en aquellos tiempos. Si el señor Wesley hubiese adulado a su au­ditorio, omitido el mencionar verdades desagradables—como lo hacían entonces muchos predicadores—dejado las conciencias adormecidas, dur­miendo en el pecado y en el olvido de sus deberes para con Dios y para con los hombres, le habrían aplaudido hasta hacer retumbar los ecos. ¡Qué grande aparece en esta ocasión el sincero predicador del Evangelio! Des­truir su argumento no pueden, ni les es dado negar lo que ha dicho; sólo les resta “mostrar su resentimiento.” Y así lo hicieron: Wesley no volvió a predicar en la universidad. Cuando le tocó otra vez el turno, pagaron a un suplente, a uno que declamase: “Paz, paz,” cuando no había paz.

Cosa útil nos parece contrastar con esta conducta del señor Wesley, el modo de proceder de un célebre predicador de la corte de Luis XIV de Francia, quien, como es sabido, era muy sensible y no le gustaba que mencionasen en su presencia la muerte. Al estar en una ocasión pre­dicando ante el rey, escapósele al mencionado orador la frase: “Todos los hombres son mortales,” mas al observar el cambio en las facciones del rey y reflexionando que había tocado el asunto desagradable para el mo­narca libertino, hizo una pausa y corrigió su aserto diciendo: “Casi to­dos los hombres son mortales.” Lo absurdo y torpe de querer modificar una verdad evidente por sí misma, no pudo menos de llamar la atención de los oyentes y, sin conseguir elevarse en la opinión del rey, el predica­dor se hizo justamente acreedor al desprecio de sus inteligentes oyentes. Algunas veces se necesita de cierta política respecto a la manera de pro­testar públicamente en contra del pecado; nunca se equivocará, sin em­bargo, el predicador que procure siempre “hablar la verdad en amor.” Por completo debe desterrarse del púlpito el miedo al hombre; pero, por otra parte, debe siempre animar el espíritu de la caridad en toda amo­nestación ya privada o ya pública. Denunciemos el pecado con energía, mas al hacerlo, procuremos mostrar nuestros fervientes deseos de salvar al pecador.

Nada que pudiera ofender a la congregación más sensible, excep­tuando las verdades claras del Evangelio, encontrará el estudiante en este sermón. Si aquellos que le escucharon se ofendieron, fue porque sus conciencias los acusaban. Hombre tan sincero como el señor Wesley, no podía menos que expresar sus sentimientos, y sólo un alma valiente como la suya pudo hablar con coraje y en toda su plenitud el mensaje de Dios. Todo ministro fiel tiene que cumplir con su deber de anunciar la verdad en amor, pues de lo contrario se expone a dañar su alma. En­horabuena que procuremos no lastimar a las personas sensibles; mas quien vacila en cumplir con un deber de conciencia, por temor del hom­bre, no es digno de tan noble misión.

ANALISIS DEL SERMON IV

Sumario histórico del día de Pentecostés. Los dones extraordina­rios y ordinarios del Espíritu Santo. Estos últimos son exclusivamente el asunto de este sermón.

I.  Principio y desarrollo del cristianismo en el individuo. Conven­cimiento del pecado, arrepentimiento, fe y después el espíritu de adop­ción. Los frutos de este espíritu: paz, gozo, amor a Dios y al hombre, que producen la verdadera santidad, abstinencia del pecado, e inspiran el uso de los medios de gracia y la práctica de las buenas obras.

II. La comunicación del cristianismo por una persona a otra. La regla de Dios. El amor que impulsa. Los trabajos que resultan. El éxito de sus trabajos. Oposición y persecución. Resultado: mayores victorias.

III. El cristianismo esparcido por toda la tierra. Profetizado en el Antiguo Testamento. También en el Nuevo. Descripción ideal del estado del mundo.

IV.            Aplicación. ¿Dónde existe hoy día ese cristianismo? ¿Es cris­tiana esta nación? Esta ciudad, ¿es cristiana? Amonestación a las au­toridades, profesores, clérigos y estudiantes de la universidad. Apelación solemne a Dios pidiendo la salvación.

SERMON IV

EL CRISTIANISMO SEGUN LAS SAGRADAS

ESCRITURAS [1]

Y todos fueron llenos del Espíritu Santo (Hechos 4:31).

1.    Ocurre la misma frase en el capítulo segundo, donde se lee: “Y como se cumplieron los días de Pentecostés, esta­ban todos unánimes juntos,” los apóstoles, las mujeres, la madre y los hermanos de Jesús. “Y de repente vino un es­truendo del cielo como de un viento recio que corría…Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asen­tó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo,” siendo uno de los efectos inmediatos: que “comen­zaron a hablar en otras lenguas,” de manera que los partos y medos y elamitas y otros extranjeros que se juntaron, he­cho este estruendo, “estaban confusos, porque cada uno les oía hablar” en su propia lengua las maravillas de Dios (He­chos 2: 1-6).

2.    Leemos en este capítulo que habiendo estado los após­toles y hermanos orando, “el lugar en que estaban congrega­dos tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo.” No en­contramos en esta ocasión, ninguna señal visible semejante a la anterior; ni se nos dice que los dones extraordinarios del Espíritu Santo fuesen dados a todos o a algunos de los apósto­les—tales como los dones de sanidades, operaciones de mila­gros, de profecía, discernimiento de espíritus, géneros de len­guas o interpretación de lenguas (1 Corintios 12: 9, 10).

3.  Si estos dones del Espíritu Santo habían de perma­necer en la Iglesia a través de las edades, y si serán devuel­tos o no, al aproximarse la restitución de “todas las cosas,” son asuntos que no nos atañe decidir. Necesario es, sin em­bargo, hacer observar: que Dios repartió con mesura estos dones, aun en la época cuando la Iglesia estaba en su infan­cia. ¿Eran todos, entonces, profetas? ¿Obraban todos milagros? ¿Tenían todos el don de curar? ¿Hablaban todos di­versas lenguas? Ciertamente que no. Tal vez no había ni uno por cada mil personas que poseyera alguno de estos dones, y probablemente sólo unos cuantos de los maestros en la Igle­sia los hayan tenido (1 Corintios 12:28-30). Sin duda que pa­ra un fin todavía más excelente, ‘todos fueron llenos del Es­píritu Santo.”

4.   Era para darles algo, que nadie puede negar ser esen­cial a los cristianos de todas épocas, es decir: la mente que es­taba en Cristo, esos frutos santos del Espíritu sin los cuales nin­guno puede decir que pertenece a los de su número; para lle­narlos de “caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-24); para for­talecerlos con fe, o mejor dicho, fidelidad, humildad y tem­planza; para ayudarlos a crucificar la carne con sus afectos y concupiscencias; para poder, en virtud de ese cambio inte­rior, satisfacer toda santidad exterior; para andar como Cris­to también anduvo en la obra de la fe, el trabajo del amor y la tolerancia de la esperanza (1 Tesalonicenses 1:3).

5.   Sin detenernos, pues, en la especulación árida e in­útil respecto a estos dones extraordinarios del Espíritu, pase­mos a examinar con esmero: los frutos ordinarios que, se nos asegura, deben permanecer durante todas las edades; esa obra de Dios entre los hijos de los hombres que se expresa con la palabra “cristianismo,” significando no una serie de opinio­nes o un sistema de doctrinas, sino refiriéndose a los corazo­nes y las vidas de los hombres.

Muy útil nos será el considerar este cristianismo desde tres puntos de vista distintos:

I.    Su principio en el corazón del hombre.

II.    Su desarrollo de un individuo a otro.

III.     Su dominio de la tierra.

Es mi intención concluir estas observaciones con una aplicación práctica y sencilla.

I.    1. Consideremos, en primer lugar, el cristianismo en su principio, su nacimiento en el corazón del individuo.

Supongamos que una de aquellas personas que oyeron al apóstol Pedro predicar el arrepentimiento y la remisión de los pecados, se siente conmovida en su corazón, persuadida de su pecado y se arrepiente, y cree en el Señor Jesús. Por me­dio de esta fe en el poder de Dios, fe que es “la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven” (Hebreos 11: 1), esa persona recibe instantáneamente el espíritu de adopción “por el cual clamamos Abba, Padre” (Romanos 8:15). Entonces por primera vez, por medio del Es­píritu Santo, puede llamar a Jesús Señor (I Corintios 12:3), porque el mismo Espíritu da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios (Romanos 8:16), y puede decir con verdad: “Vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

2.   Esta fue, por consiguiente, la esencia de su fe, la di­vina “evidencia” o “persuasión,” como dice el griego, que tu­vo del amor de Dios el Padre, por medio de Dios el Hijo, para él un pecador, pero que ahora es aceptado en el Amado; pues estando justificado por la fe, tiene paz para con Dios (Romanos 5:1); la paz de Dios que gobierna su corazón; esa paz que sobrepuja a todo entendimiento y que guarda su corazón y mente de toda duda y temor, por medio del conocimiento de Aquel en quien ha creído. No teme ningún mal porque “su corazón está firme” creyendo en el Señor; ni lo que los hom­bres puedan hacerle, pues sabe que aun “los cabellos de vues­tra cabeza están todos contados;” ni los poderes de las tinieblas que Jesús constantemente holla bajo sus plantas; ni morir. Antes tiene deseo de ser desatado y estar con Cristo (Fili­penses 1:23), quien “también participó de lo mismo, para des­truir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo; y librar a los que por el temor de la muer­te estaban por toda la vida,” hasta entonces, “sujetos a ser­vidumbre” (Hebreos 2: 14, 15).

3.   Su alma, por consiguiente, magnifica al Señor y su espíritu se regocija en Dios su Salvador. Se regocija en El “con muy grande gozo,” porque lo ha reconciliado con Dios el Padre y en El tiene redención por su sangre, “la remisión de pecados.” Se regocija de tener el testimonio del Espíritu en su espíritu de que es hijo de Dios y más abundantemente, en la esperanza de la gloria de Dios; de la sublime imagen de Dios, y de la renovación completa de su alma en la santidad y verdadera justicia, anticipando esa corona de gloria, esa “he­rencia incorruptible, y que no puede contaminarse ni mar­chitarse.”

4.   “El amor de Dios está derramado en nuestros corazo­nes por el Espíritu Santo que nos es dado” (Romanos 5:5); “por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones el cual clama: Abba, Padre” (Gálatas 4:6). Y ese amor filial que tiene a Dios, aumenta constantemen­te por razón del testimonio que en sí mismo tiene del amor que ha impulsado a Dios a perdonarlo, y mira cuál amor le ha dado el Padre, que sea llamado hijo de Dios (I Juan 3:1). De manera que es Dios el deseo de sus ojos, el deleite de su al­ma, su herencia en este tiempo y en la eternidad.

5.   Quien de esta manera ha amado a Dios, no puede si­no amar a su hermano también y esto “no de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad.” “Si Dios así nos ha amado,” dice, “debemos también nosotros amarnos unos a otros” (I Juan 4:11) y a toda criatura, pues las misericordias de Je­hová son sobre todas sus obras (Salmos 145:9). De acuerdo con esto, los afectos de esta alma amante de Dios tienen por objeto todo el género humano, sin exceptuar a aquellos a quie­nes jamás ha visto en la carne o de quienes no sabe otra cosa sino que son criaturas de Dios, por cuyas almas murió el Hijo de Dios; ni a los “malos” o los “ingratos” y mucho menos a sus enemigos: aquellos que lo aborrecen, persiguen o injurian por causa del Maestro. Para éstos tiene en su corazón un lu­gar especial, se acuerda de ellos en sus oraciones y los ama aun como Cristo nos amó a nosotros.

6.   Y la “caridad…no se ensancha” (I Corintios 13:4). Humilla hasta el polvo a las almas donde habita. Por consi­guiente, la persona de quien venimos hablando, es, en su propia opinión, pequeña, despreciable y vil. No busca ni recibe las alabanzas de los hombres, sino sólo la que viene de Dios; es humilde y paciente, amable con todos y compasiva; la fideli­dad y la verdad son siempre sus compañeras. Por medio del Espíritu Santo ha conseguido ser moderada en todas las cosas, conteniendo su alma de todo exceso como a una criatura; ha sido crucificada al mundo, y el mundo a sí; es superior a “la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida.” El mismo amor omnipotente le salvó de las pasiones y del orgullo, de la lascivia y la vanidad de la am­bición; de la avaricia, y de toda disposición adversa al Se­ñor Jesucristo.

7.   Muy natural es creer que quien tiene este amor en su corazón no puede hacer mal a su prójimo, sino que le es imposible causar a sabiendas daño a ninguno. Muy lejos está de ser cruel o injusto, de cometer cualquiera acción inicua o depravada, mas al contrario, ha puesto guarda a su boca y guarda la puerta de sus labios, por temor de ofender de palabra en contra de la justicia, la misericordia o la verdad. Ha desterrado de sí toda mentira, falsedad y fraude, y de sus la­bios toda apariencia de engaño; no habla mal de ninguna per­sona ni pronuncia jamás palabras duras.

8. Profundamente convencido de aquella verdad que el Señor Jesús emitió: “Sin mí nada podéis hacer” y, por consi­guiente, de la necesidad que tiene del auxilio continuo de Dios, usa diariamente de las instituciones del Señor—los medios es­tablecidos para comunicar su gracia a los hombres—“en la doctrina de los apóstoles,” recibiendo el alimento del alma con toda sencillez de corazón; en el “partimiento del pan,” que para él es la comunión del cuerpo de Cristo, y en oracio­nes y alabanzas en la gran congregación. De esta manera, dia­riamente crece “en la gracia,” aumenta en fuerza y en el co­nocimiento y amor de Dios.

9. Mas no le satisface abstenerse de hacer el mal, sino que su alma está sedienta del bien. La expresión continua de su corazón es: “Mi Padre hasta ahora obra y yo obro;” mi Se­ñor anduvo haciendo el bien y debo seguir su ejemplo. Siem­pre que se presenta la oportunidad y cuando no puede hacer otro bien mayor, alimenta al pobre, viste al desnudo, protege a los huérfanos o a los extranjeros, visita y ayuda a los en­fermos y a los presos. Ha dado todos sus bienes para susten­tar a los pobres, se regocija en trabajar o sufrir por ellos, y está siempre listo a “negarse a sí mismo” en beneficio de otros. Nada es para él demasiado valioso para dárselo a los pobres, puesto que recuerda las palabras del Señor: “De cierto os digo, que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis” (Mateo 25: 40).

10.  Tal era el cristianismo de aquella época; tal el cris­tiano de aquellos tiempos; tal era cada uno de aquellos que, habiendo oído las amenazas de los sacerdotes y los ancianos, alzaron unánimes la voz a Dios y fueron todos llenos del Es­píritu Santo. “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” pues de tal manera el amor de Aquel en quien habían creído los indujo a amarse mutuamente; “y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía, mas todas las cosas les eran comunes,” tan plenamente se habían crucifi­cado para el mundo y el mundo para ellos. “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, y en el par­timiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). “Y gran gracia era en todos ellos, que ningún necesitado había entre ellos; porque todos los que poseían heredades o casas, vendiéndolas traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y era repartido a cada uno según que había menester” (Hechos 4: 33-35).

II.    1. Pasemos, en segundo lugar, a considerar este cris­tianismo en su desarrollo de una persona a otra, y al exten­derse gradualmente por toda la tierra, porque tal fue la vo­luntad de Dios, quien no enciende la vela para ponerla “de­bajo de un almud, mas sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.” Así lo había declarado nuestro Señor a sus primeros discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra;” “la luz del mundo;” al mismo tiempo que les daba aquel man­dato: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Pa­dre que está en los cielos” (Mateo 5: 13-16).

2. Y si unos cuantos de esos amantes del género huma­no vieron el mundo entero sumergido en el vicio y el crimen, ¿podemos suponer por un momento que hayan contemplado con indiferencia la miseria de aquellos por quienes su Señor murió? ¿No se conmoverían sus entrañas y se estremecerían sus corazones en presencia de tanto mal? ¿Habrían podido permanecer indiferentes y ociosos aun cuando no hubiesen recibido mandamiento alguno de Aquel a quien amaban? ¿No habrían trabajado por todos los medios posibles para librar algunos de estos tizones del incendio? Indudablemente que habrían hecho esfuerzos inauditos por rescatar algunas de aquellas “ovejas descarriadas” para traerlas “al Pastor y Obis­po de vuestras almas” (I Pedro 2: 25).

3. Así lo hacían los cristianos de aquellos tiempos; tra­bajaban y siempre que tenían la oportunidad, hacían bien “a todos” (Gálatas 6: 10), amonestándolos a huir inmediatamente de la ira que ha de venir; a salvarse de la condenación del infierno. Declaraban que “Dios, habiendo disimulado los tiem­pos de esta ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan” (Hechos 17: 30). Cla­maban en alta voz: “Convertíos y volveos de todas vuestras iniquidades; y no os será la iniquidad causa de ruina” (Eze­quiel 19: 30). “Disertaban” entre ellos de “justicia y de con­tinencia,” de esas virtudes tan opuestas a sus pecados más comunes; y “del juicio venidero,” de esa ira de Dios que con­denará a todos los que obran la iniquidad, en el día terrible del juicio (Hechos 24: 25).

4. Procuraron hablar a cada hombre en particular y conforme a sus necesidades. A los que no se cuidaban de su con­dición espiritual y permanecían en la oscuridad y en la som­bra de muerte, los amonestaban con toda energía diciéndoles: “Despiértate tú que duermes y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo;” pero a los que ya se habían despertado y sentían la ira de Dios sobre sí, les decían: Tenemos un Abo­gado para con el Padre; “él es la propiciación por nuestros pecados.” Al mismo tiempo, estimulaban a aquellos que creían, al amor y a las buenas obras; a continuar haciendo el bien y a abundar más y más en aquella “santidad, sin la cual na­die verá al Señor” (Hebreos 12:14).

5. Y su trabajo en el Señor no fue en vano. Su palabra se diseminó y fue glorificada. Se desarrolló maravillosamente y prevaleció. Las ofensas, por otra parte, prevalecieron tam­bién. El mundo en general se escandalizó de ellos porque dieron testimonio de que sus obras eran malas (Juan 7:7). Los hombres del mundo se escandalizaron no solamente porque estos hombres reprobaban hasta sus propios pensamientos, pues decían: “Estos hombres profesan conocer a Dios; se lla­man hijos de Dios; sus vidas no son como las vidas que otros hombres llevan; sus costumbres son diferentes y se abstienen de las nuestras como de contaminación y hacen alarde de que Dios es su Padre” (Libro de la Sabiduría 2:13-16)[2]; sino por­que muchos de sus compañeros se convertían y ya no corrían con ellos en el mismo desenfrenamiento de disolución (I Pe­dro 4:4). Se escandalizaron los hombres de reputación por­que a medida que el Evangelio se extendía, perdían en la opi­nión pública y porque muchos dejaron de adularlos y de pa­garles el homenaje que sólo a Dios es debido. Los trafican­tes se reunían y decían: “Varones, sabéis que de este oficio tenemos ganancia, y veis y oís que este Pablo…ha aparta­do muchas gentes con persuasión, de manera que nuestro negocio está en peligro de volvérsenos en reproche” (Hechos 19:25). Sobre todo, los hombres de religión, así llamada, de la religión exterior, “los santos del mundo,” se escandaliza­ron y siempre que había oportunidad, exclamaban: “¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes en­seña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar” y “Hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de sedicio­nes entre todos los judíos, y cabecilla de la secta de los naza­renos” (Hechos 21:28 y 25:5).

6. Así es que el cielo se nubló y la tempestad empezó a rugir; porque mientras más se desarrollaba el cristianismo, más perjuicios se hacían por aquellos que no lo aceptaban; y el número de aquellos que se enfurecían aumentaba, y ru­gían en contra de los que alborotaban el mundo (Hechos 17:6). De manera que más y más de ellos gritaban: Quitad de la tierra a tales hombres, porque no conviene que vivan, y creían muy firmemente que cualquiera que los matase hacía un servicio a Dios.

7. Mientras tanto, no dejaron de desechar su nombre como malo (Lucas 6: 22) de manera que esta secta era en “todos lugares contradicha” (Hechos 28:22). Decían de ellos todo mal como de los profetas que vinieron antes de ellos (Mateo 5:12). Y todo lo que cualquiera afirmaba, los demás lo creían, de manera que sus ofensas aumentaron hasta ser como la multitud de las estrellas del cielo. Y cuando hubo lle­gado el tiempo que el Padre había señalado, se levantó la per­secución en toda forma. Algunos sufrieron por algún tiempo el reproche y los vituperios; otros el robo de sus bienes, otros “burlas y azotes;” otros “prisiones y cadenas;” y otros resis­tieron “hasta la sangre” (Hebreos 10: 34; 12:4).

8. Fue entonces cuando las columnas del infierno se es­tremecieron y el reino de Dios se extendió por todas partes. En todos lugares los pecadores se convertían de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás al de Dios. El Señor dio a sus hijos tal boca y tal sabiduría que sus enemigos no los pudie­ron resistir; y sus vidas ejercían tanta influencia como sus palabras. Pero ni sus palabras ni sus vidas ejemplares habla­ron al mundo con tanta elocuencia como sus padecimientos. Probaron que eran los siervos de Dios por su paciencia, tri­bulaciones, necesidades, angustias, los azotes que recibieron, las prisiones, alborotos, trabajos, vigilias, ayunos que pasa­ron, peligros en la mar, en el desierto, en trabajo y fatiga, en muchas vigilias, en hambre y sed, en frío y desnudez (II Co­rintios 6:4; 11:26, etc.). Y después de haber peleado la buena batalla, cuando fueron llevados como ovejas al matadero y ofrecidos sobre el sacrificio y servicio de su fe, la sangre de cada uno de ellos clamó como si fuera una voz y los paga­nos tuvieron que confesar que aun estando muertos esos hom­bres todavía hablaban.

De esta manera se extendió el cristianismo por toda la tierra. Mas ¡qué pronto apareció la cizaña entre el trigo, y el misterio de la iniquidad junto al misterio de Justicia! ¡Cuán pronto encontró Satanás un asiento aun en el templo de Dios, de manera que la mujer tuvo que huir por el cami­no del desierto, y los fieles fueron otra vez menoscabados de entre los hijos de los hombres! Cuestión muy trillada es esta, porque corrupción progresiva de las generaciones posterio­res ha sido, de tiempo en tiempo, descrita in extenso por los siervos que Dios levantó para manifestar que El fundó su Iglesia sobre la roca, y que “las puertas del infierno no pre­valecerán contra ella” (Mateo 16:18).

III.  1. Y ¿no veremos cosas aún más asombrosas que éstas? Y más admirables de las que han acontecido desde el principio del mundo. ¿Podrá acaso Satanás hacer que falle la verdad de Dios y que sus promesas no tengan cumplimien­to? Si no puede conseguirlo, el día llegará cuando el cristia­nismo prevalecerá sobre todo y cubrirá la tierra por entero. Detengámonos un momento y echemos una mirada hacia esta extraña y prometida perspectiva: la de un mundo cristiano. “De la cual salud los profetas que profetizaron de la gracia que había de venir a vosotros, han inquirido, y diligentemente buscado” (I Pedro 1:10, 11). “Y acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Je­hová por cabeza de los montes; y será ensalzado sobre los co­llados; y correrán a él todas las gentes…Y volverán sus es­padas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces. No alzará espa­da gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra” (Isaías 2: 2-4). “Y acontecerá en aquel tiempo, que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será bus­cada de las gentes: y su holganza será gloria…Y levantará pendón a las gentes, y juntará los desterrados de Israel, y reu­nirá los esparcidos de Judá de los cuatro cantones de la tierra” (Isaías 11: 10-12). “Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia do­méstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas…No harán mal, ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será lle­na del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas” (Isaías 11: 6-9).

2.    El mismo significado tienen las palabras del santo Apóstol, cuyo cumplimiento no ha tenido lugar todavía. “¿Ha desechado Dios a su pueblo?…En ninguna manera; mas por el tropiezo de ellos vino la salud a los Gentiles…y si la falta de ellos es la riqueza del mundo, y el menoscabo de ellos la riqueza de los Gentiles, ¿cuánto más el henchimiento de ellos?…Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este mis­terio, para que no seáis acerca de vosotros mismos arrogan­tes; que el endurecimiento en parte ha acontecido en Israel, hasta que haya entrado la plenitud de los Gentiles: y luego todo Israel será salvo” (Romanos :11: 1, 11, 12, 25, 26).

3.    Supongamos que el tiempo ha llegado y que las profe­cías se cumplen. ¡Qué espectáculo tan sublime! Todo es “paz, reposo y seguridad para siempre.” No se escucha el estruendo de las armas, la confusión de las voces ni se ven vestiduras manchadas de sangre. “Nunca más se oirá violencia;” las gue­rras concluirán para siempre, ni habrá disturbios internos en los países; los hermanos no se levantarán en guerras fratri­cidas; no habrá naciones ni ciudades divididas y destruyén­dose a sí mismas. Las discordias civiles habrán concluido pa­ra siempre y no habrá ya quien pretenda la destrucción de sus semejantes. Ya no habrá opresión que enfurezca hasta al hombre más prudente, ni extorsión que arruine a los po­bres, robos ni hurtos, estafas ni injusticias, porque todos es­tarán contentos con lo que poseen. “La justicia y la paz se han besado” (Salmos 85: 10); han echado raíces y llenado la na­ción. “La verdad brotará de la tierra; y la justicia mirará des­de los cielos.”

4.    Y en compañía de la santidad y justicia, se encuen­tra siempre la misericordia. Ya no está la tierra llena de habita­ciones de crueldad; puesto que el Señor ha destruido a los hombres sanguinarios, envidiosos y vengativos. Si hubiese al­guna provocación no existe quien la resienta y devuelva mal por mal; no, ni un solo individuo, porque todos se han vuelto tan pacíficos como la paloma. Llenos de paz y tranqui­lidad por la fe, unidos en un solo cuerpo por un mismo espí­ritu, todos los hombres se aman como hermanos y están uni­dos como si no hubiese más que un corazón y un alma. Nin­guno dice: “esto que poseo es mío;” a nadie le falta nada, por­que todos aman a sus prójimos como a sí mismos y se guían por aquella ley: “Así que todas las cosas que quisiereis que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced voso­tros con ellos.”

5.    De esto se sigue, que ninguna palabra dura se escu­cha entre ellos, ninguna contención, murmuración ni difamación, porque cada cual “abre su boca con sabiduría; y la ley de clemencia está en su lengua.” Incapaces asimismo son del fraude o del engaño; su amor no es fingido; sus palabras ex­presan siempre con toda fidelidad sus pensamientos y llevan el corazón tan limpio, que si alguno pudiera mirar en él, en­contraría a Dios y al amor.

6.    Así es que cuando el Señor usa de su omnipotencia y domina, “somete todas las cosas a sí mismo,” hace que todos los corazones rebosen en amor, y que de las bocas broten ala­banzas a borbotones. “Bienaventurado el pueblo que tiene esto: bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Sal­mos 144:15). “Levántate, resplandece; que ha venido tu lum­brera, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti…y conocerás que yo Jehová soy el Salvador tuyo, y Redentor tuyo, el Fuer­te de Jacob…Pondré paz por tu tributo y justicia por tus exactores; nunca más se oirá en tu tierra violencia, destruc­ción ni quebrantamiento en tus términos: mas a tus muros llamarás Salud, y a tus puertas Alabanza…Y tu pueblo, to­dos ellos serán justos; para siempre heredarán la tierra, renue­vos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que Jehová te será por luz per­petua y el Dios tuyo por tu gloria” (Isaías 60: 1, 16-19, 21).

IV.  Habiendo pues considerado el cristianismo en su na­cimiento, su desarrollo y su extensión por toda la tierra, rés­tame tan sólo concluir el asunto con una sencilla y práctica aplicación.

1.    En primer lugar, pregunto: ¿Dónde existe este cris­tianismo hoy día? ¿Dónde viven los cristianos? ¿Qué país es ese cuyos habitantes están todos llenos del Espíritu Santo, perfectamente unidos, y no permiten que ninguno carezca de lo necesario, sino que a todos dan lo que han menester? ¿Quié­nes, impulsados por el amor de Dios que tienen en sus corazo­nes, aman a sus semejantes como a sí mismos; que “vestidos de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia,” no ofenden de palabra ni de obra en contra de la justicia, misericordia o verdad, sino que en todo tratan a los demás hombres como ellos quisieran ser tratados? ¿Tenemos razón de llamar cristiana a una nación donde no se encuentran habitantes como los que acabamos de describir? Confesémoslo con toda franqueza que hasta hoy día no hemos visto un solo país verdaderamente cristiano.

2.    Os suplico, hermanos, por el amor de Dios, que si me tenéis por un fanático o un loco, aun a pesar de eso, me escu­chéis con paciencia. Es muy necesario que alguien os hable con mucha franqueza y especialmente necesario ahora mismo, porque ¿quién os asegura que tendréis otras oportunidades de escuchar? ¿Quién sabe a qué hora el justo Juez dirá: No me supliquéis en favor de este pueblo; aunque Noé, Daniel y Job estuvieren en esta tierra, no salvarían sino a sus almas? ¿Quién se permitirá hablar con tanta franqueza, si yo no lo hago? Por consiguiente, me he decidido y hablaré. Os conjuro por el Dios viviente que no os opongáis a recibir una bendición por medio de mi humilde persona, ni digáis en vuestros co­razones: “Non persuadebis, etiomsi persuaseris”[3] o en otras palabras: “Señor, no mandes a quien quieres mandar; mejor quiero perecer que ser salvo por medio de este hombre.”

3     Hermanos, “espero mejores cosas de vosotros, aun­que hablo así.” Permitidme, por consiguiente, que os pre­gunte en espíritu de amor y humildad: ¿Es esta ciudad cris­tiana? ¿Se encuentra aquí el cristianismo de las Sagradas Es­crituras? ¿Se nos considera como una comunidad de hombres “llenos del Espíritu Santo” que tienen en sus corazones y de­muestran en sus vidas los frutos de ese Espíritu? ¿Son todos los dignatarios, jefes y gobernadores de los colegios y depar­tamentos, sin mencionar a los habitantes de la ciudad, “de un corazón y un alma”? ¿Está derramado el amor de Dios en nuestros corazones? ¿Tenemos el mismo genio que El tenía? ¿Y son nuestras vidas conformes a dicho genio? ¿Somos san­tos en toda conversación como Aquel que nos ha llamado es santo?

4. Os suplico toméis en consideración que no estamos discutiendo ningún asunto dudoso, respecto del cual pudiera haber distintas opiniones; sino que esta es una cuestión fun­damental y establecida del cristianismo, para decidir la cual, apelo a vuestra conciencia, guiada por la Palabra de Dios. Aquel pues, a quien su corazón no condene, que vaya en paz.

5. En el temor y en presencia del Dios Infinito, ante quien hemos todos de comparecer, pregunto a los que sobre nosotros tenéis autoridad, y a quienes respeto por razón de vuestra dignidad: ¿Estáis llenos del Espíritu Santo? ¿Sois representantes dignos de Aquel que os ha enviado? “Yo dije: Dioses sois.” Vosotros magistrados y autoridades, sois, por razón de vuestro oficio, aliados del Dios de los cielos. En Vuestros puestos y empleos debéis mostrarnos al Señor nues­tro Gobernador. ¿Son todos los deseos de vuestros corazones, vuestros pensamientos e ideas, dignos de vuestros altos puestos? ¿Se asemejan todas vuestras palabras a las que pro­ceden de los labios de Dios? ¿Existe en todas vuestras accio­nes dignidad y amor, esa grandeza que no se puede expresar con palabras y que sólo emana de los corazones donde reina Dios y que es, sin embargo, consecuente con el carácter del hombre que es gusano y el hijo del hombre también gusano?

6. Vosotros, venerables maestros, cuya elevada misión es formar las mentes de los jóvenes, desterrar las tinieblas de la ignorancia y el error, y preparar a la juventud para su salvación, ¿estáis llenos del Espíritu Santo? ¿Tenéis todos los frutos de ese Espíritu, tan necesarios e indispensables en el desempeño de vuestras elevadas obligaciones? ¿Habéis con­sagrado a Dios vuestros corazones por completo? ¿Estáis pro­curando con amor y celo establecer su reino sobre la tierra? ¿Enseñáis a los que están a vuestro cargo, que el verdadero objeto de todos sus estudios es conocer, amar y servir al único y verdadero Dios, y a Jesucristo a quien El ha enviado? ¿Les inculcáis día a día que el amor es lo único que no perece mien­tras que el conocimiento de las lenguas y la ciencia de la filo­sofía desaparecerán, y que sin la caridad, toda sabiduría no es sino crasa ignorancia, vana pompa y “aflicción de espíritu”? ¿Hay en todo lo que enseñáis la tendencia al amor de Dios y a todo el género humano por amor de El? ¿Pensáis en esto al prescribir los estudios que han de emprender, anhelando que en cualquiera vocación que les toque a estos futuros solda­dos de Cristo, lleguen a ser luces que alumbren a los hombres y honren en todas las cosas el Evangelio de Jesucristo? Y per­mitidme que os pregunte: ¿Desempeñáis con todas vuestras fuerzas el gran trabajo que habéis emprendido? ¿Ejercitáis en el cumplimiento de vuestros deberes, todas las facultades de vuestra alma, usando todo el talento que Dios os ha dado y hasta más no poder?

7. No se crea que estoy hablando como si creyera que todos vuestros discípulos intentan dedicarse al ministerio. De ninguna manera: hablo sólo en la inteligencia de que todos deben ser cristianos. ¿Qué ejemplo les estamos dando noso­tros que gozamos de la beneficencia de nuestros antepasados? Vosotros pasantes, graduados, ayudantes, especialmente los que tenéis algún grado o eminencia, ¿abundáis en los frutos del Espíritu, en humildad, abnegación, mortificación, serie­dad, y serenidad de espíritu; en paciencia, mansedumbre, so­briedad, templanza; y por otra parte, os esforzáis en hacer bien a todos los hombres, en aliviar las necesidades exteriores y encaminar sus almas al verdadero conocimiento y amor de Dios? ¿Es este, por lo general, el carácter de los pasantes en los diferentes colegios? Temo que no lo sea. Por el contrario, ¿no nos echan en cara nuestros enemigos, y tal vez los que no lo son, a quienes no falta para ello la razón, que el orgullo y la soberbia de espíritu, la impaciencia e inquietud, la morosi­dad e indolencia, la gula y la sensualidad, prevalecen entre nosotros y que por lo general para nada servimos? ¡Oh plu­guiese a Dios borrar este reproche de nuestra historia y que hasta su memoria pereciese para siempre!

8. Muchos de nosotros, que hemos sido llamados a ser sus ministros, estamos más especialmente consagrados al ser­vicio de Dios. ¿Somos, pues, dechados de los demás “en pala­bra, en conversación, en caridad, en espíritu, en fe, en lim­pieza”? (I Timoteo 4:12). ¿Llevamos escrito en nuestras fren­tes y en nuestros corazones “Santidad al Señor”? ¿Qué mo­tivos nos impulsaron a ingresar al santo ministerio? ¿Tuvimos la persuasión de hallarnos movidos por el Espíritu Santo pa­ra tomar sobre nosotros este cargo y ministerio, con el fin de promover su gloria y para la edificación de su pueblo, y esta­mos decididos a entregarnos por completo y “con el auxilio de Dios a este santo oficio”? ¿Hemos abandonado, hasta don­de es posible, todos los cuidados y estudios mundanos? ¿Nos hemos consagrado exclusivamente a este bendito trabajo, su­bordinando a él todos nuestros esfuerzos y estudios? ¿Reci­bimos nuestra enseñanza de Dios a fin de poder enseñar a otros? ¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos al Señor Jesús? ¿Ha revelado Dios a su Hijo en nosotros? ¿Nos ha hecho minis­tros suficientes del Nuevo Pacto? ¿Dónde está, pues, el se­llo de nuestro apostolado? ¿Qué personas muertas en peca­dos y transgresiones han resucitado por nuestra palabra? ¿Te­nernos deseos ardientes de salvar a las almas de la muerte eterna, de manera que nos olvidamos hasta de nuestra comi­da y bebida? ¿Hablamos claramente “por manifestación de la verdad encomendándonos a nosotros mismos a toda concien­cia humana delante de Dios”? (II Corintios 4:2). ¿Estamos muertos para el mundo y las cosas del mundo y hacemos te­soros en el cielo? ¿Nos enseñoreamos sobre la heredad del Señor, o somos los últimos siervos de todos los hermanos? ¿Se nos hace pesado el sufrir reproches por causa de Cristo o nos regocijamos por ello? Si nos pegasen en la mejilla, ¿lo resentiríamos? ¿Sufrimos los insultos con impaciencia, o volvemos la otra mejilla? ¿Resistimos el mal y lo vencemos con el bien? ¿Tenemos un celo apasionado y fanático que nos ha­ce aborrecer a los que no piensan como nosotros, o estamos dominados por el amor que nos hace hablar con mansedum­bre, humildad y sabiduría?

9.    Más aún: ¿qué diremos respecto de la juventud que en este lugar se educa? ¿Tenéis la forma o el poder de la san­tidad cristiana? ¿Sois dóciles, humildes, aplicados o desobe­dientes, soberbios y voluntariosos? ¿Obedecéis a vuestros su­periores como si fueran vuestros mismos padres, o despreciáis a los que deberíais reverenciar? ¿Sois diligentes en vuestras fáciles ocupaciones, prosiguiendo vuestros estudios con toda fidelidad? ¿Redimís el tiempo, llevando a cabo durante el día todo el trabajo que podéis, o tenéis la conciencia de estar día a día desperdiciando los años, ya leyendo libros que en nada tienden a robustecer vuestras creencias, ya jugando o en tantas otras cosas? ¿Manejáis vuestro dinero mejor de lo que empleáis vuestro tiempo? ¿Procuráis como regla general no deber nada a ninguno? ¿ Os acordáis del día del Señor para guardarlo; para alabar a Dios? Cuando váis al templo ¿tenéis la conciencia de que Dios está allí y os portáis como si vieseis al Invisible? ¿Sabéis poseer vuestros cuerpos en santidad y honra? ¿Se encuentra entre vosotros la embriaguez y la co­rrupción? ¿No hay algunos que hasta “se glorían en su ver­güenza”? ¿No hay muchos entre vosotros que toman el nom­bre de Dios en vano, tal vez ya por hábito, sin el menor re­mordimiento ni temor? ¿No sois muchos de vosotros perju­ros? Mucho me temo que de éstos haya una multitud que rá­pidamente crece. No os sorprendáis, hermanos míos. Ante Dios y esta congregación, confieso que he sido del número, que juré solemnemente cumplir con muchas cosas que no com­prendía y con estatutos que ni siquiera me tomé el trabajo de leer sino hasta mucho después. ¿No es esto perjurio? Y si lo es, qué gran responsabilidad, qué gran pecado pesa sobre no­sotros. ¿Qué pensará de esto el Omnipotente?

10.  ¿No es esta una de las consecuencias de que sois una generación frívola, que estáis jugando con Dios y con vuestras almas? Porque, qué pocos de vosotros empleáis durante toda la semana una sola hora en la oración; qué pocos reveláis en vuestras conversaciones que pensáis en Dios. ¿Quién de voso­tros conoce la obra sobrenatural del Espíritu Santo en el co­razón humano? ¿Permitís que se os hable, a no ser desde el púlpito, de la obra del Espíritu Santo? Si alguna persona os habla en lo privado de este asunto, ¿no la consideráis inme­diatamente como un hipócrita o un fanático? En el nombre del Dios Todopoderoso, yo os pregunto: ¿Qué clase de reli­gión es la vuestra? No queréis ni podéis siquiera sufrir que se os hable del verdadero cristianismo. ¡Oh, hermanos míos, qué ciudad tan cristiana es esta! ¡Levántate, oh Jehová Dios; alza tu mano!

11.  Porque, a la verdad, ¿qué probabilidad o, mejor dicho, qué posibilidad, humanamente hablando, hay de que vuelva a este lugar el verdadero cristianismo según las Sa­gradas Escrituras, de que todas las clases de individuos que moran aquí, vivan y hablen como si estuviesen “llenos del Espíritu Santo”? ¿Quién podrá restaurar este cristianismo? ¿Vosotras, las autoridades competentes? ¿Estáis persuadidos de que este es el cristianismo de las Sagradas Escrituras? ¿Te­néis deseos de restablecerlo? ¿Estáis dispuestos a perder vues­tra libertad, fortuna y aun la vida, con tal de restaurar ese cristianismo? Pero suponiendo que tenéis el deseo, ¿quién tendrá el poder de llevarlo a cabo? Tal vez algunos de vosotros hayáis hecho esfuerzos, pero qué débiles y qué infructuosos han sido. ¿Vendrán a hacer esta gran obra jóvenes descono­cidos, de poca importancia? ¿No exclamaríais algunos de vos­otros: “Joven, al hacer esto, también nos afrentas a nosotros”? Mas no hay peligro de que se haga la prueba, pues por todas partes está la nación inundada de iniquidad. ¿Tendrá Dios que mandar el hambre y la peste, esas dos últimas plagas con que acostumbra castigar a las naciones rebeldes, o la espa­da (las huestes aijadas de los romanistas), para hacernos vol­ver a nuestro primer amor? “Caigamos mejor en mano de Jehová y no en manos de hombres.”

Sálvanos, Señor, o perecemos. Sácanos del pantano en que nos hundimos. Defiéndenos de estos enemigos, porque vana es la ayuda del hombre. A ti todo es posible. Conforme a la grandeza de tu poder, preserva a aquellos que han de morir y defiéndenos según tus caminos; conforme a tu voluntad y no a la nuestra.

PREGUNTAS SOBRE EL SERMON IV

1. (1). ¿Qué se dice respecto al día de Pentecostés? 2. (2). ¿Fue­ron estos dones ordinarios o extraordinarios? 3. (3). ¿Estaban todos los creyentes dotados de dones extraordinarios? 4. (3). ¿Qué se dice respecto a la permanencia en la iglesia de los dones de hacer milagros y de curar? 5. (4). ¿Qué cosa es esencial a los cristianos en todas las épo­cas? 6. (5). ¿Es el cristianismo un conjunto de opiniones o la santidad del corazón y la vida? 7. (I. 1). ¿Qué dice el predicador de la vida indivi­dual? 8. (I. 2). ¿Cuál es la esencia de esta fe? 9. (I. 3). ¿Qué motivos tiene para regocijarse? 10. (I. 1). ¿Aumenta ese amor filial? 11. (I. 5). ¿Qué amor resulta de este amor a Dios? 12. (I. 6). ¿Qué se dice de la hu­mildad, templanza y sacrificio de sí mismo? 13. (I. 7). ¿De qué manera modifica su conducta para con su prójimo? 14. (I. 8). ¿De qué modo lo impulsa a usar de los medios de gracia? 15. (I. 9). ¿Produce buenas obras 16. (I. 10). ¿Qué se dice del cristianismo en su nacimiento? 17. (II. 1). ¿Qué otro asunto pasa el predicador a considerar? 18. (II. 2). ¿Produce el cristianismo en los creyentes simpatía para sus semejantes? 19. (II. 3). ¿Qué se dice de los cristianos de los tiempos primitivos? 20. (II. 4). ¿De qué manera mostraron su amor a las almas? 21. (II. 5). ¿Cuál fue el re­sultado? 22. (II. 6). ¿Qué influencia tuvo esto entre los incrédulos? 23. (II. 7). ¿De qué manera sufrieron los cristianos primitivos? 24. (II. 8). ¿Detuvieron esas persecuciones el progreso del Evangelio? 25. (II. 9). ¿Qué se dice del “misterio de iniquidad”? 26. (III. 1). ¿Llegará el cris­tianismo a prevalecer en todas partes? 27. (III. 2). ¿Qué dice el apóstol? 28. (III. 3). ¿Qué descripción hace el predicador? 29. (III. 4). ¿Qué influencia tiene esto en las cosas temporales? 30. (III. 5). ¿Qué efecto producirá en la sociedad? 31. (III. 6). ¿Cuál es la condición de ese pue­blo? 32. (IV. 1). ¿Qué pregunta hace el predicador? 33. (IV. 2). ¿Qué quiere decir con la frase la “última vez”? ¿Tenía alguna idea del rencor que le guardarían las autoridades de la universidad por la franqueza con que habló? 34. (IV. 3). ¿Qué preguntas hace? ¿Usa de lenguaje que pudiera ofender? 35. (IV. 4). ¿A quién apela? 36. (IV. 5). ¿No hizo es­tas amonestaciones de una manera atenta y respetuosa? 37. (IV. 6). ¿De qué manera se dirige a las autoridades? 38. (IV. 7). ¿Se dirige solamente a los que se preparan para el ministerio? 39. (IV. 8). ¿Cómo habla a los ministros? 40. (IV. 9). ¿Qué dice de la juventud? 41. (IV. 9). ¿Cómo llama a muchos de ellos? 42. (IV. 9). ¿Qué quiere decir con la palabra perjuro? Respuesta. Que juraban solemnemente obedecer los estatutos y las reglas y no lo cumplían. Este lenguaje les llamó la atención hacia una grave ofensa de que eran culpables; pero por otra parte no era per­jurio en el verdadero sentido de la palabra. ¿Qué cosa es perjurio? Ju­rar falsamente: que es cierta una cosa que sabemos es falsa. El señor Wesley era un crítico tan severo de sí mismo como de otros. 43. (IV. 10). ¿Qué nombre da a los estudiantes? ¿Qué conversación evitan? 44. (IV. 11). ¿Cómo concluye el sermón?


[1] Predicado en la iglesia de Santa María, ante la Universidad de Oxford el 24 de agosto de 1744.

[2] Esta cita es solo una referencia general al Libro de Sabiduría.

[3] Aun cuando tus razones nos persuaden, no confesaremos que nos has convencido

Despiertate tu que duermes.

July 2nd, 2009

SERMON III

NOTAS INTRODUCTORIAS

El señor Carlos Wesley predicó este sermón ante la Universidad de Oxford y, hablando de él dice su biógrafo: “Dudo de que exista en la lengua inglesa o en cualquier idioma otro sermón del cual se hayan publicado tantas ediciones como de éste o que haya sido el medio de ma­yor bien espiritual.” Encontrará el observador crítico que tiene muchos puntos de semejanza con el estilo del señor Juan Wesley a la vez que otros en que se diferencia. Ambos usan sentencias concisas, claras y enér­gicas, no habiendo palabras superfluas ni redundancia de ninguna clase. Especialmente notable es el señor Juan Wesley por la sencillez de su len­guaje, de manera que ninguna persona por poco ilustrada que sea, puede dejar de comprenderlo. Aseméjasele su hermano en este particular, pues acordaron los dos escribir en un estilo diferente y opuesto al que en aquellos días prevaleciera. Un lenguaje afectado, palabras latinas en lu­gar de sajonas que habrían expresado la misma idea, voces largas, difí­ciles, raras o de origen clásico y, muy a menudo usadas en diferente sen­tido de su verdadera significación, y frases retóricas y retumbantes, llenas de citas del latín y del griego, “de difícil inteligencia” para la gen­te del pueblo, eran algunas de las faltas de que adolecía el estilo del siglo diez y ocho. Habiendo acostumbrado los señores Wesley visitar a los en­fermos y a los presos en la ciudad de Oxford, aprendieron a evitar ese estilo pomposo en sus predicaciones y escritos; tanto más cuanto que el único fin que se proponían era el hacer bien y muy principalmente a los que más lo necesitaban, es decir: a los pobres, a “las ovejas perdidas” de Israel; y aprendieron a usar ese estilo sencillo de hablar y escribir que les valió la simpatía de las masas del pueblo. Al mismo tiempo, ha­biendo dado la debida atención al estudio de la lógica, ciencia que debe medirse y practicarse, llegaron a ser muy competentes en la defensa de las doctrinas que enseñaban. Muestra el predicador en este sermón un grado mayor de dicción poética que el que generalmente se deja sentir en los escritos de su hermano. Pero ambos enseñaban idénticas verdades: el arrepentimiento, la fe en el Señor Jesucristo y la regeneración por in­fluencia del Espíritu Santo.

ANALISIS DEL SERMON III

I. Descripción de los que duermen.

1. Estado natural de insensibilidad, tinieblas, falsa tranquilidad y satisfacción de sí mismos en que se encuentran: el pecador declarado, el que profesa la religión de sus padres o el fariseo ortodoxo que tiene la forma de la santidad, mas niega su eficacia.

2. Por más que los hombres estimen este estado, Cristo lo denuncia, puesto que es una condición mortal de insensibilidad a las cosas espiri­tuales; en el cual estado el Espíritu de Dios no consuela a las almas ni éstas pueden convencerse de su pecado.

II. Exhortación hecha enfática:

Por las amenazas que se encuentran en la Palabra de Dios; en vista de la eternidad y el juicio; la ausencia del Espíritu en el alma; la falta de un cambio interior y de esperanzas bien fundadas de obtener la sal­vación.

III. Interpretación de la promesa.

Dios es luz. Por medio de la fe recibimos su Espíritu por el cual “co­nocemos lo que Dios nos ha dado,” de manera que el verdadero cristia­nismo consiste en este conocimiento experimental de la verdad bajo la influencia del Espíritu. La conciencia de esta comunión con el Espíritu Santo es una de las doctrinas de la Iglesia Anglicana. Lamentándose del desarrollo de la iniquidad en la universidad y en toda la nación, con­cluye el predicador apelando solemnemente a Dios y a su congregación.

SERMON III

DESPIERTATE, TU QUE DUERMES[1]

Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Efesios 5: 14).

Al discurrir sobre este asunto, trataré, con el favor divi­no, en primer lugar: de describir a los que duermen y a quie­nes se dirigen las palabras del texto. Después, de dar vigor a la exhortación: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos,” y por último, de interpretar la promesa hecha a los que se despiertan y levantan: “Y te alumbrará Cristo.”

I.    1. En primer lugar, hablemos de aquellos que duer­men según el significado del texto. Con la palabra sueño se figura aquí el estado natural del hombre; esa somnolencia profunda del alma causada por el pecado de Adán y herencia de todos los que de él han descendido; esa pereza, indolencia, estupidez, esa ignorancia de su verdadero estado con que to­dos los hombres vienen al mundo y continúan hasta que la voz de Dios los despierta.

2.   “Los que duermen, de noche duermen,” cuando la na­turaleza se encuentra en la más completa oscuridad; “puesto que tinieblas cubren la tierra y oscuridad los pueblos.” El pobre pecador, a quien no se ha despertado, no tiene, por mu­cha que sea su sabiduría en otras cosas, el menor conocimien­to de sí mismo, y en este respecto “aún no sabe nada como de­be saber;” ignora que es un espíritu caído, cuyo fin exclusivo en este mundo es recuperarse de su caída y volver a obtener la imagen de Dios en cuya semejanza fue creado. No ve la necesidad ni aquello que es indispensable: ese cambio com­pleto e interior, ese renacimiento, figurado en el bautismo, que es el principio de esa renovación radical, de esa santifica­ción del espíritu, alma y cuerpo sin la cual “nadie verá al Señor.”

3.       Plagado de enfermedades, imagínase estar en perfec­ta salud; encadenado fuertemente con hierros y en la miseria, sueña gozar de libertad y exclama: “paz, paz,” al mismo tiem­po que el diablo, como “un hombre fuerte, armado,” está en plena posesión de su alma. Continúa durmiendo y descansan­do a la par que el infierno se mueve debajo de él para atra­parlo; aunque el abismo, de donde jamás se vuelve, ha abierto la boca para tragarlo. Fuego encendido hay en derredor suyo, y sin embargo, no lo sabe; aunque llega a quemarlo, no se cuida de ello.

4.   El “que duerme” es por consiguiente (pluguiese a Dios que todos lo entendiésemos bien) un pecador satisfecho en sus pecados, que desea permanecer en su estado caído y vivir y morir sin la imagen de Dios; que no conoce su enfer­medad ni sabe cuál es su único remedio; que nunca ha sido amonestado o no ha querido escuchar la amonestación de Dios que le dice: “huye de la ira que ha de venir;” y quien jamás se ha persuadido de que está en peligro del infierno ni ha gritado con toda la ansiedad de su alma: ¿Qué debo hacer para ser salvo?

5.   Si este que duerme no es abiertamente vicioso, tiene por lo general el sueño más profundo; ya sea como el espíri­tu de Laodicea, ni frío ni caliente—quieto, racional, inofensivo, amable, fiel a la religión de sus padres—, o ya celoso y orto­doxo, fariseo, “conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión,” es decir, uno que, según la descripción de las Sa­gradas Escrituras, se justifica a sí mismo, trabaja por estable­cer su propia justicia como la base para ser aceptado por Dios.

6.   Este es aquel que “teniendo apariencia de piedad” ha negado la eficacia de ella, y que probablemente la envilece dondequiera que la encuentra como si fuese una extravagan­cia o ilusión. Este desgraciado a sí mismo se engaña y da gracias a Dios porque no es como los demás hombres: “la­drones, injustos, adúlteros,” ni a nadie hace mal; al contra­rio, ayuna dos veces por semana, usa de todos los medios de gracia, asiste constantemente a la iglesia y frecuenta los sa­cramentos. Más aún, da diezmos de todo lo que posee, hace “todo el bien que puede;” tocante a la justicia de la ley, está limpio; no le falta de la santidad sino el poder; nada de la re­ligión, sino el espíritu y el cristianismo, la verdad y la vida.

7.       Empero, ¿no sabéis que un cristiano como éste, por muy estimado que sea de los hombres, ante la presencia de Dios es abominación y heredero de todos los males que el Hijo de Dios, ayer, hoy y para siempre anuncia en contra de los “escribas y fariseos, hipócritas”? Lo de afuera ha limpia­do, mas por dentro está lleno de podredumbre; “cosa pes­tilencial de él se ha apoderado.” Justamente nuestro Señor a un “sepulcro blanqueado” lo compara, que de fuera, a la verdad, se muestra hermoso, mas de dentro está lleno de hue­sos de muertos y de toda suciedad; huesos, que a la verdad, ya no están secos; nervios y carne han subido sobre ellos y la piel los ha cubierto; mas no hay aliento en ellos, ni tienen el Espíritu del Dios viviente. “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.” Vosotros sois de Cristo, “si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros;” pero si no, sabe Dios que vivís en la muerte aun ahora mismo.

8.   Otra característica del que duerme, es que habita en la muerte y no lo sabe. Está muerto para con Dios, muerto en sus delitos y pecados, “porque la intención de la carne es muerte.” Como está escrito: “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte;” no solamente la muer­te física, sino la espiritual y eterna. “Mas del árbol de cien­cia del bien y del mal, no comerás de él; porque el día que de el comieres, morirás,” dijo Dios a Adán, y esta no era la muer­te del cuerpo (a no ser que en ese momento perdiese la in­mortalidad material), sino del espíritu; perderás la vida del alma; morirás para con Dios; quedarás separado de Aquel que es la esencia de tu vida y felicidad.

9.   De esta manera se disolvió la unión vital de nuestra alma con Dios; de modo que “en medio de la vida” natural, estamos “en la muerte” espiritual en la que permaneceremos hasta que el segundo Adán nos vivifique con su Espíritu; has­ta que El levante a los muertos; muertos en pecado, en los pla­ceres, en las riquezas y honores. Para que un alma muerta pueda resucitar, es menester que escuche la voz del Hijo de Dios, que comprenda lo desesperado de su condición y reciba ella misma la sentencia de su muerte. Sabe que está muerta mientras vive, muerta para con Dios y todas las cosas de Dios, sin tener más poder de cumplir con las obligaciones de un verdadero cristiano, del que un cuerpo muerto tiene de eje­cutar las funciones del hombre vivo.

10. Y qué cierto es del que está muerto en pecados que no tiene “los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal;” puesto que teniendo ojos, no ve; teniendo orejas, no oye; ni gusta y ve que es bueno Jehová. No ha visto a Dios jamás, oído su voz ni palpado “tocante al Verbo de vi­da.” En vano se ha derramado para él el nombre de Jesús como ungüento que exhala aromas de mirra, áloe, y casia. El alma que duerme el sueño de la muerte no percibe estas co­sas; ha perdido el sentido de la conciencia y nada de esto en­tiende.

11. De aquí es que, no teniendo el sentido espiritual ni la facultad de recibir las cosas espirituales, el hombre natu­ral no acepta las cosas del Espíritu de Dios y tan lejos está de poderlas admitir, que más bien le parecen locura. No le satisface ignorar las cosas espirituales por experiencia pro­pia, sino que niega aun que existan y la sensación espiritual es para él la mayor locura. “¿Cómo puede ser esto?” De la misma manera que sabéis que vuestros cuerpos están vivos. La fe es la vida del alma y si tenéis esta vida en vosotros, no ne­cesitáis más pruebas para satisfaceros de esa conciencia di­vina, este testimonio de Dios que es mayor y vale más que diez mil testigos humanos.

12. Si en la actualidad no das testimonio con tu espíritu de que eres hijo de Dios, quiera el Señor persuadirte por me­dio de su poder, ¡oh pobre pecador que aún duermes!, de que eres una criatura del diablo. Ojalá y mientras profetizo viniese un ruido y temblor y los huesos se llegasen “cada hueso a su hueso.” “Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre es­tos muertos, y vivirán.” No endurezcáis vuestros corazones ni resistáis al Espíritu Santo que ahora mismo procura persuadiros de que sois pecadores, puesto que no creéis en el Uni­génito de Dios.

II.   1. Por consiguiente, “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos.” El Señor te está llamando por mi boca y te exhorta a conocerte a ti mismo, espíritu caído, y tu verdadero estado y condición. ¿Qué tienes, dormilón? levántate y clama a tu Dios. Levántate y clama a tu Dios— quizá El tendrá compasión de ti y no perecerás. Una gran tempestad se levanta en tu derredor y te estás sumergiendo en las profundidades de la perdición, en el océano de los jui­cios divinos. Si quieres escapar de ellos, arrójate en ellos; “júzgate a ti mismo, para que el Señor no te juzgue.”

2.       ¡Despiértate, despiértate! Levántate ahora mismo, no sea que tomes de la mano de Jehová el vaso del vino de su furor. Anímate y tómate del Señor, el Señor de la Justicia, grande para salvar.” “Sacúdete del polvo” o al menos déjate sacudir por el temblor de los juicios del Señor. Despiértate Y grita con el carcelero: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?” y no descanses hasta que creas en el Señor Jesús con la fe que es su don por influencia del Espíritu Santo.

3.   Si a alguno me dirijo más especialmente que a otros, es a ti ¡oh alma! que no te crees aludida en esta exhortación. Tengo un mensaje de Dios para ti y en su nombre te amo­nesto a que huyas de “la ira que vendrá.” Mira, pues, tu re­trato, oh alma indigna, en Pedro allí en el oscuro calabozo, entre los soldados, cargado de cadenas y vigilado por los guar­dias de la prisión. La noche casi ha pasado y aproxímase la mañana cuando habrás de ser llevada al patíbulo; y en tan tremendas circunstancias aún duermes—estás profundamente dormida en brazos del demonio, a la orilla del precipicio, en las garras de la eterna destrucción.

4.   Que el ángel del Señor se acerque a ti y brille la luz en tu prisión. Que puedas sentir la mano fuerte del Señor que te levanta y su voz que te dice: “Cíñete, y átate tus sandalias…Rodéate tu ropa y sígueme.”

5.       Despiértate, oh espíritu inmortal, de tu sueño de fe­licidad mundana. ¿No te creó Dios para El mismo? No podrás descansar sino hasta que descanses en El. Vuélvete ¡oh pobre descarriado! Apresúrate a entrar otra vez en tu arca. Este no es tu hogar. No pienses edificar aquí tabernáculos. No eres sino extranjero y peregrino sobre la tierra; la criatura de un día que se precipita a un estado inalterable. Apresúrate pues, que la eternidad se aproxima, la eternidad que depende de este momento, una eternidad de gozo o de sufrimiento.

6.   ¿En qué estado se encuentra tu alma? Si Dios te pi­diese tu alma, mientras estoy hablando, ¿estaría lista para la muerte y el juicio? ¿Podrías presentarte ante Aquel que es demasiado “limpio…de ojos para ver el mal”? ¿Eres digno de “participar de la suerte de los santos en luz”? ¿Has peleado la buena batalla y guardado la fe? ¿Has recobrado la ima­gen de Dios en ti mismo, la virtud y verdadera santidad? ¿Te has quitado el hombre viejo y puesto el hombre nuevo? ¿Te has revestido de los méritos de Cristo?

7.       ¿Tienes aceite en tu lámpara, gracia en tu corazón? ¿Amas al Señor “de todo tu corazón, y de toda tu alma…y de todo tu entendimiento”? ¿Tienes esa mente que es según la mente de Jesucristo? ¿Eres cristiano en realidad de verdad, es decir: una nueva criatura? ¿Han pasado las cosas viejas y han sido todas hechas nuevas?

8.   ¿Eres “participante de la naturaleza divina”? ¿No sabes que Cristo está en ti a no ser que seas un réprobo, que Dios habita en ti y tú en Dios por medio de su Espíritu que te ha dado, que tu cuerpo “es templo del Espíritu Santo”? ¿Tienes testimonio en ti mismo, la señal de tu herencia? ¿Has “recibido el Espíritu Santo,” o te sorprende mi pregunta y contestas que ni siquiera sabes “si hay Espíritu Santo”?

9.   Si acaso este lenguaje te ofendiere, sabe que no eres cristiano ni deseas serlo; que tu misma oración en pecado se convierte y que hoy día te has burlado de Dios muy solem­nemente, cuando oraste pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, al mismo tiempo que no creías se pudiese recibir tal cosa.

10. A pesar de esto, con la autoridad de la Palabra de Dios y de nuestra Iglesia, debo repetir la pregunta: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo?” Si no lo has recibido, aún no eres cristiano; porque cristiano sólo es el hombre que está un­gido del Espíritu Santo y de poder. Aun no eres participante de la religión pura y limpia. ¿Sabes qué cosa es la religión; qué es: participar de la naturaleza divina; la vida de Dios en el alma humana; tener a Cristo en el corazón; Cristo en ti, “la esperanza de gloria,” pureza y felicidad; el principio de la vida celestial en la tierra; el reino de Dios en ti; no la co­mida ni la bebida; no una cosa exterior, sino “justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” un reino eterno fundado en el alma; “la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento;” un “gozo inefable y glorificado”?

11. ¿Sabes tú que “en Cristo Jesús ni la circuncisión va­le algo, ni la incircuncisión; sino la fe que obra por la cari­dad,” la nueva creación? ¿Ves la necesidad de ese cambio in­terior, del nacimiento espiritual, de la vida de los que antes estaban muertos, de la santidad, y estás plenamente persua­dido de que sin ella ninguno verá al Señor? ¿Estás trabajando por obtenerla y hacer firme “tu vocación y elección,” ocu­pándote en tu salvación con temor y temblor, esforzándote a entrar por la puerta angosta? ¿Obras en conciencia res­pecto a tu alma y puedes decir al que escudriña los corazo­nes: Tú oh Dios, eres lo que mi corazón desea, Tú sabes to­das las cosas, Tú sabes que quiero amarte?

12.       Abrigas la esperanza de ser salvo; pero ¿qué razón tienes para abrigar esa esperanza? ¿Porque no has hecho ningún mal o porque has hecho mucho bien? ¿Porque no eres co­mo otros hombres, sino instruido, sabio, honrado y moral, esti­mado de todos, y de buena reputación? ¡Ay! nada de esto te valdrá con Dios. Con El vale menos que nada. ¿Conoces al Señor Jesús a quien Dios mandó, y te ha enseñado que “por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe”? ¿Has reci­bido como la base de tu esperanza, esa palabra fiel de que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”? ¿Has aprendido lo que quiere decir: “No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento”? “No soy envia­do sino a las ovejas perdidas.” ¿Estás ya perdido, muerto, con­denado? El que tiene oídos para oír que oiga. ¿Sabes lo que mereces? ¿Conoces tus necesidades? ¿Eres pobre de espí­ritu y estás pidiendo a Dios y rehusándote a ser consolado? ¿Eres el hijo pródigo que “vuelve en sí” y se levanta arrepen­tido para ir a su padre? ¿Quieres vivir santamente en Cristo Jesús? ¿Sufres acaso alguna persecución por causa de El? ¿Dicen de ti los hombres toda clase de cosas malas falsamente y por causa del Hijo del hombre?

13.   Ojalá y escuchaseis en todos estos asuntos la voz de Aquel que hace despertar a los muertos, y sintieseis el peso de su palabra capaz de desmenuzar las rocas. ¡Oh, si escuchaseis su voz hoy día, mientras es de día, y no endurecieseis vues­tros corazones! “Despiértate, tú que duermes,” en sueño es­piritual, no sea que duermas la muerte eterna. Considera lo desesperado de tu condición y “levántate de los muertos.” Deja a tus antiguos compañeros de pecado y miseria; sigue tú a Jesús y deja que los muertos entierren a sus muertos; sé salvo de esta perversa generación; sal de en medio de ellos, apártate y no toques lo inmundo, y el Señor te recibirá. Cris­to te dará la luz.

III.   1. Paso, por último, a explicar esta promesa. Y qué pensamiento tan consolador es éste: cualquiera que obedece su llamamiento y lo busca, no lo hará en vano. Si te despiertas y levantas aun de entre los muertos El te dará la luz como lo ha prometido. “Gracia y gloria dará Jehová;” la luz de su gracia aquí y la de gloria cuando recibas la corona que no se marchita jamás. “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver presto.” “Dios, que mandó que de las ti­nieblas resplandeciese la luz,” resplandecerá en tu corazón para tu “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” A los que temen al Señor, “nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salud” y en ese día se les dirá: “Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti,” porque Cristo en ellos se revelará y El es la verdadera luz.

2.   Dios es luz y se revela a todo pecador que a sí mismo se despierta, que lo busca: serás, pues, un templo del Dios vi­viente y Cristo morará en tu corazón por medio de la fe, y arraigado y fundado en amor, podrás comprender bien con todos los santos, “cuál sea la anchura y la longura y la pro­fundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que ex­cede a todo conocimiento.”

3.   He aquí vuestro llamamiento, hermanos míos. Esta­mos llamados a ser una habitación de Dios por medio de su Espíritu que, habitando en nosotros, nos hace aptos para par­ticipar de la suerte de los santos en luz. Tales son las promesas hechas a los que creen, supuesto que por medio de la fe “no­sotros hemos recibido, no el espíritu del mundo sino el Espí­ritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado.”

4.   Es el Espíritu de Cristo el gran don de Dios que, de dis­tintas maneras y en diferentes lugares, ha prometido al hom­bre y dado abundantemente desde la época cuando Cristo fue glorificado. Esas promesas hechas a nuestros padres, ha cum­plido: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos” (Ezequiel 36:27). “Derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra árida: mi espí­ritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos” (Isaías 44:3).

5.   Todos vosotros podéis ser testigos vivientes de estas cosas: de la remisión de los pecados y del don del Espíritu Santo. “Si puedes creer, al que cree, todo es posible.” ¿“Quién hay entre vosotros que teme a Jehová” y sin embargo, aún camina en las tinieblas y no tiene luz? Te pregunto en el nom­bre del Señor Jesús: ¿Crees que su brazo es tan poderoso co­mo siempre? ¿Que aún es “grande para salvar”? ¿que es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”? ¿que tiene poder sobre la tierra para perdonar pecados? “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.” Dios, por los méritos de Cristo, te ha per­donado. Recibe pues, este mensaje, no como la palabra del hombre, sino como la palabra de Dios; estás justificado ampliamente, por medio de la fe; de la misma manera que serás santificado y el Señor Jesús te sellará porque “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.”

6.       Permitidme, hermanos y señores, que os hable con toda llaneza y recibid estas palabras de exhortación aun de uno que es de poca estima en la Iglesia. Movidas por el Espíri­tu Santo, vuestras conciencias os dan testimonio de que estas cosas son ciertas, si es que habéis probado la misericordia del Señor. “Esta empero, es la vida eterna: que conozcáis al solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual El ha enviado.” Esta ex­periencia personal, y sólo ella, constituye el verdadero cris­tianismo. Solamente es cristiano aquel que ha recibido el Es­píritu de Cristo, y el que no lo ha recibido, no es cristiano; porque no es posible haberlo recibido sin saberlo. “En aquel día,” dijo el Señor, “vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” Este es aquel “Es­píritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en vosotros” (Juan 14:17).

7.   El mundo no lo puede recibir, sino que por completo rechaza la promesa del Padre, contradiciendo y blasfemando. Todo espíritu que no confiesa esto, no es de Dios. “Este es el espíritu del anticristo del cual vosotros habéis oído que ha de venir, y que ahora ya está en el mundo.” Quienquiera que niegue del Santo Espíritu la inspiración, o que la posesión de ese Espíritu sea la herencia común de todos los creyentes, la bendición del Evangelio, el don inestimable, la promesa universal, la piedra de toque de todo verdadero cristiano, es el anticristo.

8.   De nada le sirve decir: No niego la ayuda del Espí­ritu de Dios, sino su inspiración, esta recepción del Espíritu Santo y el tener conciencia de su presencia; este sentir del Espíritu, el ser movido por El o estar lleno de El que no puede tener lugar en una religión sana. Pero con negar sólo esto, negáis todo: la inspiración de las Sagradas Escrituras; todas las verdades, promesas y testimonios de Dios.

9.   Nada de esta infernal distinción sabe nuestra excelen­te iglesia; mas al contrario, habla muy claramente respecto al “sentir el Espíritu de Cristo,” de estar “movido por el Espí­ritu Santo,” “de saber que no hay otro nombre mas que el del Señor Jesús” para poder obtener vida y salvación. Nos enseña a pedir la “inspiración del Espíritu Santo” y aun “que seamos llenos del Espíritu Santo.” Todos sus presbíteros creen recibir el Espíritu Santo por medio de la imposición de ma­nos.[2] Por consiguiente, el negar cualquiera de estas cosas, es renunciar a la Iglesia Anglicana y a toda la revelación cris­tiana.

10. Pero “la sabiduría de Dios” ha sido siempre nece­dad para con los hombres, y no hay que admirarse de que los grandes misterios del Evangelio hayan sido “escondidos de los sabios y los prudentes” —lo mismo que en tiempos remotos— para que nieguen su eficacia casi universalmente, los ridiculi­cen y los consideren como una mera locura, de modo que a to­dos los que lo aceptan se les llama locos entusiastas. Esta es aquella apostasía general que había de venir; esa apostasía ge­neral de los hombres de todas clases y condiciones, que hoy día se dilata por toda la extensión de la tierra. “Discurrid por las plazas de Jerusalén, y mirad ahora, y sabed, y buscad en sus plazas si halláis hombre” que ame al Señor de todo su cora­zón y que lo sirva con toda su inteligencia. Nuestra patria, sin ir más lejos, está inundada de iniquidad. ¡Cuántas villanías cometen diariamente y con toda impunidad aquellos que ha­cen alarde y se glorían en sus crímenes! ¿ Quién podrá con­tar las blasfemias, maldiciones, juramentos, mentiras, calum­nias, detracciones, conversaciones mordaces; las veces que se peca quebrantando el día del Señor; las ofensas, la gula, la embriaguez, las venganzas, la lujuria, los adulterios, los pe­cados de la carne, los fraudes, las opresiones, las extorsiones que inundan el país entero como un diluvio?

11. Y aun entre aquellos que están libres de estas abo­minaciones ¡cuánto no hay de ira y orgullo, de pereza y flo­jera, de maneras afectadas y afeminadas, de amor a las como­didades y a sí mismo, de codicia y ambición! ¡qué deseo de las alabanzas de otros, qué apego al mundo, qué miedo al hombre! Y por otra parte, ¡qué pocos tienen verdadera religión! Por­que, ¿dónde está aquel que ama a Dios y a su prójimo como el Señor nos ha mandado? Por una parte vemos a unos que ni siquiera la forma de la religión tienen; por otra, a los que tan sólo ostentan la exterioridad. De un lado el sepulcro abierto, del otro el blanqueado; de manera que cualquiera persona que observase cuidadosamente alguna reunión numerosa (sin exceptuar nuestras congregaciones), vería muy fácilmen­te que “una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos;” la Primera ocupándose tan poco de la religión, como si no hu­biera ni “resurrección, ni ángel, ni espíritu;” y la otra convirtiéndola en mera forma inerte, en una serie de exterioridades y ceremonias sin la verdadera fe, el amor de Dios o el gozo del Espíritu Santo.

12.       Pluguiese a Dios que nosotros los de este lugar fué­ramos la excepción. Hermanos, la voluntad de mi corazón y mi oración a Dios es para vuestra salud, que seáis salvos de este diluvio de iniquidades, que de aquí no pasen ya sus or­gullosas olas. Pero, ¿es esto un hecho? Dios lo sabe y vuestras conciencias os dicen que no es así. No os habéis guardado lim­pios. Corrompidos y abominables somos todos y pocos hay que tengan mejor entendimiento; muy pocos que adoren a Dios en espíritu y en verdad. Nosotros también somos “generación contumaz y rebelde;” generación que no apercibe su corazón, ni es fiel para con Dios su espíritu. El Señor nos había esco­gido para ser “la sal de la tierra; y si la sal se desvaneciere, no vale más para nada, sino para ser echada fuera y hollada de los hombres.”

13.  “¿No había de hacer visitación sobre esto? dijo Je­hová. De una gente como ésta ¿no se había de vengar mi al­ma?” ¡Ay! no sabemos con qué presteza dirá a la espada, “Es­pada, pasa por mi tierra.” Mucho tiempo nos ha dado para arrepentimos; pero ahora nos despierta y amonesta con el trueno; sus castigos se están viendo en toda la tierra y pode­mos con razón, esperar que sobre nosotros caiga el peor de ellos; tal vez vendrá presto y quite nuestro candelero de su lugar, si no nos arrepentimos y hacemos nuestras primeras obras, si no volvemos a las enseñanzas de la época de la Re­forma, a la verdad y sencillez del Evangelio. Quién sabe si estemos resistiendo el último esfuerzo de la divina gracia pa­ra salvarnos; si habremos llenado la medida de nuestras ini­quidades al rechazar el mensaje de Dios en contra de noso­tros y al despedir a sus mensajeros.

14.  Oh Señor, “en la ira acuérdate de la misericordia” y glorifícate en nuestra enmienda, no en nuestra destrucción. Permítenos oír “la vara y a quien la establece.” Ahora que tus juicios están en la tierra, permite que los moradores del mundo aprendan la justicia.

15.       Hermanos, ya es tiempo de que nos despertemos de nuestro sueño, antes que suene la trompeta del Señor y nues­tra patria se convierta en un lago de sangre. Ojalá y veamos las cosas que son necesarias para nuestra paz antes de que se esconda de nuestra vista. “Vuélvenos, oh Dios, salud nuestra, y haz cesar tu ira de sobre nosotros; mira desde el cielo, y con­sidera, y visita esta viña y haznos saber el día de nuestra visi­tación.” “Ayúdanos, oh Dios, salud nuestra, por la gloria de tu nombre: y líbranos, y aplácate sobre nuestros pecados por amor de tu nombre.” “Así no nos volveremos de ti: vida nos darás, e invocaremos tu nombre. Oh Jehová, Dios de los ejér­citos, haznos tornar; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.”

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mu­cho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, por la potencia que obra en nosotros, a él sea gloria en la Igle­sia por Cristo Jesús, por todas las edades del siglo de los siglos. Amén.”

PREGUNTAS SOBRE EL SERMON III

1. ¿Cómo está dividido este sermón? 2. (I. 1). ¿Qué significa el sue­ño? 3. (I. 2). ¿Qué se dice del estado natural? 4. (I. 3). ¿Qué otra cosa se dice respecto a esa apariencia de seguridad? 5. (I. 4). ¿Puede un pe­cador vivir satisfecho? 6. (I. 5). ¿Qué se dice de los que no son descara­damente viciosos? 7. (I. 6). ¿Qué se dice del hombre que se cree justo? 8. (I. 7). ¿Qué opinión tiene Dios de éstos? 9. (I. 8). ¿Qué se dice de aque­llos que están muertos en transgresiones y pecados? 10. (I. 9). ¿Qué se dice del segundo Adán? 11. (I. 10). ¿Qué se dice de aquellos que no tie­nen percepción espiritual? 12. (I. 11). ¿Qué cosa es la vida del alma? 13. (I. 12). ¿Qué se dice del testimonio del Espíritu? 14. (II. 1, 2). ¿De qué modo se hace enfática esta exhortación? 15. (II. 3). ¿Con quién se compara el alma endurecida? 16. (II. 3, 4, 5, 6, 7). Sírvase mencionar las figuras de retórica que se usan para describir el estado del alma que aún no se despierta. 17. (II. 8). ¿Qué significa el ser participante de la natura­leza divina? 18. (II. 9). Si estas preguntas investigadoras ofenden, ¿qué se deduce de ello? 19. (II. 10). ¿Qué cosa es la religión, según se define aquí? 20. (II. 11). ¿Qué se quiere dar a entender al decir que la circun­cisión y la incircuncisión de nada aprovechan? Respuesta. Que las for­mas exteriores no son esenciales como el cambio interior y la verdadera piedad para ser cristiano sincero. 21. (II. 12). ¿Cuáles son las señales de que un pecador se ha despertado? 22. (III. 1, 2). ¿Qué circunstancia ani­madora se menciona? 23. (III. 3). ¿Cuál es nuestro llamamiento? 24. (III. 4). ¿Cuál es el gran don de Dios? 25. (III. 5). ¿De qué cosa pueden todos los hombres ser testigos vivientes? 26. (III. 6). ¿En qué consiste el ver­dadero cristianismo? 27. (III. 7). ¿Cuál es el espíritu del Anticristo? 28. (III. 8). ¿Qué cosa niegan los que rechazan esta doctrina que el predi­cador enseña? 29. (III. 9). ¿A qué Iglesia se refiere? Respuesta. A la Igle­sia Anglicana. 30. (III. 10). ¿Qué cosa dice de la iniquidad y apostasía prevalentes en aquella época? 31. (III. 11). ¿Qué se puede decir de aque­llos que no cometen estas abominaciones? 32. (III. 12). ¿Qué cosa dice de la congregación a la que se dirige? ¿Hace excepción de él? 33. (III. 13). ¿Qué significa quitar el candelero de su lugar? Respuesta: Retirar los privilegios que no han sido apreciados y dejar que otros desempeñen el trabajo del Señor. 34. (III. 14). ¿Qué amonestación hace? 35. (III. 15, 16). ¿Cómo concluye este sermón? 36. Nosotros los ministros del Evangelio, llamados a trabajar por la salvación del mundo, ¿no deberíamos exa­minarnos según las pruebas contenidas en este sermón? ¿Conocemos en toda su plenitud nuestra debilidad, y tenemos la conciencia de que toda nuestra ayuda debe venir sólo de Dios? La vida cristiana que desplega­mos ante los hombres no debería condenarnos; proclamemos pues dili­gentemente, con amor y humildad la verdad de Dios, como conviene a epístolas vivientes, “sabidas y leídas de todos los hombres.”


[1] Predicado el domingo 4 de abril de 1742 ante la Universidad de Oxford.

[2] Esta doctrina es la de la Iglesia Anglicana y no la de la Iglesia del Nazareno o de la Iglesia Metodista.

El casi cristiano

July 2nd, 2009

SERMON II

NOTAS INTRODUCTORIAS

El señor Wesley predicó este sermón primero en Londres y un mes después en Oxford. No es peculiar a ninguna época ni de ningún lugar el tipo o carácter que describe; si bien no cabe duda que los metodistas de Oxford ofrecían la mejor oportunidad de describir la vida del “casi cristiano.” La sinceridad, el celo, el cumplimiento escrupuloso de los de­beres diarios y la incansable diligencia en llenar sus obligaciones, eran las cualidades que combinadas, formaban el carácter que por desprecio llamaron “metodista.” A pesar de todo esto, declara el autor de este ser­món que todas estas cualidades pertenecen solamente al “casi cristiano.” Sin la verdadera santidad, esta apariencia de piedad está destituida de todo poder. Es evidente que el señor Wesley no se olvidó de los elemen­tos de la religión genuina peculiares al carácter que aquí presenta, como puede verse en el sermón noveno, en que contrasta esta misma forma­lidad con la enemistad e indiferencia naturales en el hombre. Nada pue­de hacer más enfática la apreciación tan profunda que tenía de lo im­portante que es esta crisis del alma, conocida bajo el nombre de conver­sión, como el hecho de presentar aquí todos los auxilios de la gracia, anteriores a dicha conversión, como estériles sin esa suprema experien­cia que transforma al hombre casi converso en verdadero cristiano.

La peroración dirigida a sus oyentes, al traer a la memoria su ex­periencia entre ellos, es característica del predicador: muéstrase entera­mente libre de esa porfía orgullosa que engendra la seguridad de las pro­pias opiniones; de esa falsa consecuencia que induce a los hombres a sos­tener un error simplemente porque antes lo habían abrazado como una verdad. Habla de sí mismo como de otro individuo y usa de su propia experiencia para amonestar a otros en contra del error. Hay algunos ejemplos de la desaprobación propia muy diversos de los que el señor Wesley ofrece aquí, y son los de ciertas personas recientemente conver­tidas, que hacen enfática, y aun exageran su vida perversa pasada, a fin de hacer el contraste con su modo de vivir actual más pronunciado y no­table. Esta práctica si no de condenarse, es peligrosa. Silos conversos han de mencionar los pecados nefandos de esta vida, deberán hacerlo con do­lor profundo y un sentimiento de humildad muy diferente de toda clase de alarde, puesto que de otra manera se corre el peligro de dar una im­presión muy diferente de la que se intenta: los oyentes tal vez no expe­rimenten un sentimiento de gratitud por la salvación de un gran pecador, sino más bien una duda de la sinceridad del que habla y de la reali­dad del cambio.

En el caso del señor Wesley, las alusiones que hacía a su propia ex­periencia eran pertinentes y hechas con un espíritu de verdadera hu­mildad; mientras que los cargos que se hacía a sí mismo eran esfuerzos por servir a Dios, que sobrepujaban a las pretensiones más exageradas de los que le escuchaban. El contraste es muy marcado. Si le hubiese faltado celo y rectitud, ¿cuál no habría sido la condenación de aquellos que despreciaban todas estas cosas, las cuales constituyen la verdadera vida cristiana?

Contiene este sermón la sustancia de las “reglas Generales de las Sociedades Unidas” que se publicaron en 1743, casi dos años después de predicado este sermón.

ANALISIS DEL SERMON II

I. ¿Qué significa el ser casi cristiano?

1. Significa tener la sinceridad de los paganos que incluye la jus­ticia, la verdad y el amor.

2. La forma de piedad; el no cometer ciertos pecados exteriores, haciendo el bien aun a costa de dificultades y trabajos, y usando de los medios de gracia públicamente, en la familia y en lo privado.

3. Sinceridad y resolución positivas de servir a Dios.

II. ¿Qué significa el ser cristiano decididamente?

1. Significa amar a Dios.

2. Amar a nuestros hermanos.

3. Tener no una fe muerta y especulativa, sino aquella que nos ase­gura el perdón de nuestros pecados y que desarrolla el amor del cora­zón y la obediencia a los mandamientos de Dios.

SERMON II

EL CASI CRISTIANO[1]

Por poco me persuades a ser cristiano (Hechos 26:28).

Existen muchas almas que hasta este punto llegan: pues desde que se estableció en el mundo la religión cristiana, ha habido un sinnúmero, en todas épocas y de todas nacionali­dades, que casi se han decidido a ser cristianos. Mas viendo que de nada vale ante la presencia de Dios, el llegar tan só­lo hasta este punto, es de la mayor importancia que conside­remos:

Primero, lo que significa ser casi cristiano.

Segundo, lo que es ser cristiano por completo.

1.   (I). 1. El ser casi cristiano quiere decir: en primer lugar, la práctica de la justicia pagana; y no creo que ninguno ponga en duda mi aserción, supuesto que la justicia pagana abraza no sólo los preceptos de sus filósofos, sino también esa rectitud que los paganos esperan unos de otros y que muchos de ellos practican. Sus maestros les enseñan: que no deben ser injustos ni tomar lo que no les pertenece sin el consentimien­to de su dueño; que a los pobres no se debe oprimir ni hacer extorsión a ninguno; que en cualquier comercio que tengan con ellos, no se ha de engañar ni defraudar a ricos ni a pobres; que no priven a nadie de sus derechos y si fuere posible, que nada deban a ninguno.

2.   Más aún: la mayoría de los paganos reconocían la ne­cesidad de rendir tributo a la verdad y a la justicia y aborre­cían, por consiguiente, no sólo al que juraba en falso, ponien­do a Dios por testigo de una mentira, sino también al que acusaba falsamente a su prójimo calumniándolo. En verdad que no tenían sino desprecio para los mentirosos de todas clases, considerándolos como la deshonra del género humano y la peste de la sociedad.

3.   Además: esperaban unos de otros cierta caridad y

misericordia; cualquier ayuda que se pudieran prestar sin de­trimento propio. Practicaban esta benevolencia, no sólo al prestar esos pequeños servicios humanitarios que no causan al que los hace gusto ni molestias, sino también alimentando a los hambrientos; vistiendo a los desnudos con la ropa que les sobraba, y en general, dando a los necesitados lo que no les hacía falta. Hasta tal punto llegaba la justicia de los paga­nos; justicia que también poseen los que casi son cristianos.

(II). 4. La segunda cualidad del que casi es cristiano, es que tiene la apariencia de piedad, de esa piedad que se menciona en el Evangelio de Jesucristo, que tiene las señales exteriores de un verdadero cristiano. Por consiguiente, los que casi son cristianos no hacen nada de lo que el Evangelio prohíbe: no toman el nombre de Dios en vano; bendicen y no maldicen; no juran jamás, sino que sus contestaciones son siempre: sí, sí; no, no; no profanan el día del Señor ni permi­ten que nadie lo profane, ni aun el extranjero que está den­tro de sus puertas; evitan no sólo todo acto de adulterio, for­nicación e impureza, sino aun las palabras y miradas que tienden a pecar de esa manera; más aún toda palabra ociosa, toda clase de difamación, crítica, murmuración, “palabras torpes o truhanerías,” e?t?ape??a, cierta virtud entre los mora­listas paganos; en una palabra, se abstienen de toda clase de conversación que no “sea buena para edificación” y que por consiguiente, contrista “al Espíritu Santo de Dios con el cual estáis sellados para el día de redención.”

5. Se abstienen de beber vino, de fiestas y glotonerías, y evitan hasta donde les es posible, toda clase de contención y disputas; procurando vivir en paz con todos los hombres. Si se les hace alguna injusticia, no se vengan ni devuelven mal por mal. No injurian, no se burlan ni se mofan de sus prójimos por razón de sus debilidades. Voluntariamente no lastiman, ni afligen, ni oprimen a nadie, sino que en todo ha­blan y obran conforme a la regla: “Todas las cosas que qui­sierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”

6. En la práctica de la benevolencia, no se limitan a obras fáciles y que cuestan poco esfuerzo, sino que trabajan y sufren en bien de muchos, a fin de proteger eficazmente a unos cuantos por lo menos. A pesar de los trabajos y las penas todo lo que les viene a la mano lo hacen según sus fuerzas, ya sea en favor de sus amigos o ya de sus enemigos; de los buenos o de los malos, porque no siendo “perezosos” en este o en cualquier otro “deber,” hacen toda clase de bien, según tienen oportunidad, a “todos los hombres;” a sus almas lo mismo que a sus cuerpos. Reprenden a los malos, instruyen a los ignorantes, fortifican a los débiles, animan a los buenos y consuelan a los afligidos. A los que duermen espiritualmen­te procuran despertar, y guiar a aquellos a quienes Dios ya ha movido, al “manantial abierto…para el pecado y la in­mundicia,” a fin de que se laven y queden limpios; amones­tando también a los que ya son salvos por la fe a honrar en todo el Evangelio de Cristo.

7. El que tiene la forma de la santidad usa también de los medios de gracia, de todos ellos y siempre que hay la oportunidad. Con frecuencia asiste a la casa de Dios y no co­mo algunos, quienes se presentan ante el Altísimo cargados de cosas de oro y joyería, mostrando vanidad en el vestido y, ya sea por sus mutuas atenciones, impropias de la ocasión, o su impertinente frivolidad, demuestran que no tienen la for­ma ni el poder de la santidad. Pluguiese a Dios que no hu­biera entre nosotros algunas personas de esta clase, que en­tran al templo mirando por todas partes y con todas las se­ñales de indiferencia y descuido; si bien algunas veces pa­rece que piden la bendición de Dios sobre lo que van a hacer; quienes durante el culto solemne se duermen o toman la pos­tura más cómoda posible, o conversan y miran para todas partes, como si no tuvieran nada serio que hacer y Dios es­tuviese durmiendo. Estos no tienen ni la forma de piedad; el que la posee, se porta con seriedad y presta atención a todas y cada una de las partes del solemne culto; muy especialmente al acercarse a la mesa del Señor, no lo hace liviana o descui­dadamente, sino con tal aire, modales y comportamiento, que parece decir: “Señor, ten misericordia de mí, pecador.”

8. Si a todo esto se añade la práctica de la oración con la familia, que acostumbraban los jefes del hogar y el consa­grar ciertos momentos del día a la comunión con Dios en lo privado, observando una conducta irreprochable, tendremos una idea completa de aquellos que practican la religión exte­riormente y tienen la forma de piedad. Sólo una cosa les fal­ta para ser casi cristianos: la sinceridad.

(III). 9. Sinceridad quiere decir un principio real, inte­rior y verdadero de religión, del cual emanan todas estas ac­ciones exteriores. Y a la verdad que si carecemos de este prin­cipio, no tenemos la justicia de los paganos, ni siquiera la suficiente para satisfacer las exigencias del poeta epicúreo. Aun ese mentecato en sus momentos sobrios, decía:

Oderunt pecare boni, virtutis amore;

Oderunt pecare mali, formidini pœnœ.

“Por amor a la virtud dejan de pecar los buenos; mas los malos por temor del castigo.”

De manera que si un hombre deja de hacer lo malo, sim­plemente por no incurrir en las penas, no hace ninguna gra­cia. “No te ajusticiarán.” “No alimentarás a los cuervos col­gado de un madero,” dijo el pagano y en esto recibe su única recompensa. Pero ni aun según la opinión de ese poeta es un hombre inofensivo como este, tan bueno como los paganos rectos. Por consiguiente, no podemos decir con verdad de una persona, quien, guiada por el móvil de evitar el castigo, la pérdida de sus amistades, sus ganancias o reputación, se abs­tiene de hacer lo malo y practica lo bueno, y usa de todos los medios de gracia, que casi es cristiana. Si no tiene mejores intenciones en su corazón, es un hipócrita.

10.  Se necesita, por lo tanto, de la sinceridad para este estado de casi ser cristiano; una intención decidida de servir a Dios y un deseo firme de hacer su voluntad. Significa el deseo sincero que el hombre tiene de agradar a Dios en to­das las cosas; con sus palabras, sus acciones, en todo lo que hace y deja de hacer. Este propósito del hombre que casi es cristiano, afecta todo el tenor de su vida; es el principio que lo impulsa a practicar el bien, abstenerse de hacer lo malo y a usar los medios que Dios ha instituido.

11.  En este punto, probablemente pregunten algunos: “¿Es posible que un hombre pueda ir tan lejos y, sin embar­go, no ser más que casi cristiano?” “¿Qué otra cosa además se necesita para ser cristiano por completo?” En contestación diré: que según los oráculos sagrados de Dios y el testimonio de la experiencia, es muy posible avanzar hasta tal punto y sin embargo, no ser más que un casi cristiano.

12.  Hermanos, grande “es la confianza con que os ha­blo.” “Perdonadme esta injuria” si declaro mi locura desde los techos de las casas para vuestro bien y el del Evangelio. Permitidme pues, que hable con toda franqueza de mí mismo, como si hablase de otro hombre cualquiera; estoy dispuesto a humillarme para ser después exaltado; y a ser todavía más vil para que Dios sea glorificado.

13.  Durante largo tiempo y como muchos de vosotros podéis testificar, no llegué sino hasta este punto; si bien usa­ba de toda diligencia para desterrar lo malo y tener una con­ciencia libre de toda culpa; “redimiendo el tiempo;” me apro­vechaba de todas las oportunidades que se presentaban de ha­cer bien a los hombres; usaba constante y esmeradamente de todos los medios de gracia tanto públicos como privados; pro­curaba observar la mejor conducta posible en todos lugares y toda hora y, Dios es mi testigo, hacía yo todo esto con la mayor sinceridad puesto que tenía vivos deseos de servir al Señor y resolución firme de hacer su voluntad en todo; de agradar a Aquel que se había dignado llamarme a pelear “la buena batalla” y a echar mano de la vida eterna; sin embargo, mi conciencia me dice, movida por el Espíritu Santo, que durante todo ese tiempo yo no era más que un casi cristiano.

II. Si se pregunta: ¿qué otra cosa además de todo esto significa el ser cristiano por completo? contestaré:

(I). 1. En primer lugar, el amor de Dios quien así dice en su Santa Palabra: “Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas.” Ese amor que llena el corazón, que se posesio­na de todos los afectos y desarrolla las facultades del alma, empleándolas en toda su plenitud. El espíritu de aquel que de esta manera ama al Señor, de continuo se regocija en Dios su Salvador; su deleite está en el Señor a quien en todas las cosas da gracias; todos sus deseos son de Dios y permanece en él la memoria de su nombre; su corazón a menudo ex­clama: “¿A quién tengo yo en los cielos?” “Y fuera de ti na­da deseo en la tierra.” Y ciertamente, ¿qué otra cosa puede de­sear además de Dios? A la verdad que no el mundo ni las cosas del mundo: porque está crucificado al mundo y el mundo a él; “ha crucificado la carne con los afectos y concupiscencias;” más aún, está muerto a toda clase de soberbia porque “la ca­ridad…no se ensancha;” sino que por el contrario, como el que vive en el amor, así “vive en Dios, y Dios en él” y se con­sidera a sí mismo menos que nada.

(II). 2. En segundo lugar, otra de las señales del ver­dadero cristiano, es el amor que profesa a sus semejantes, pues que el Señor ha dicho: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Si alguno preguntase: “¿Quién es mi prójimo?” le contestaríamos: todos los hombres del mundo, todas y cada una de las criaturas de Aquel que es el Padre de los espíritus de toda carne. No debemos exceptuar a nuestros enemigos ni a los enemigos de Dios y de sus propias almas, sino que los debemos amar como a nosotros mismos, como “Cristo nos amó a nosotros;” y el que quiera comprender mejor esta cla­se de caridad, que medite sobre la descripción que Pablo da de ella. “Es sufrida, es benigna;…no tiene envidia” no juzga con ligereza; “no se ensancha,” sino que convierte al que ama en humilde siervo de todos. El amor “no hace sinrazón…no busca lo suyo sino sólo el bien de los demás y que to­dos sean salvos; “no se irrita,” sino que desecha la ira que sólo existe en quien no ama; “no se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, to­do lo espera.”

(III). 3. Aún hay otro requisito para ser verdadera­mente cristiano, que pudiera considerarse por separado, si bien no es distinto de los anteriores, sino al contrario, la ba­se de todos ellos es: la fe. Excelentes cosas se dicen de esta virtud en los Oráculos de Dios. “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios,” dijo el discípulo ama­do. “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser he­chos hijos de Dios, a los que creen en su nombre.” “Y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.” El Señor mismo declara que: “El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.”

4. Nadie se engañe a sí mismo. “Necesario es ver clara­mente que la fe que no produce arrepentimiento, amor y bue­nas obras, no es la viva y verdadera, sino que está muerta y es diabólica; porque aun los demonios mismos creen que Je­sucristo nació de una virgen; que hizo muchos milagros y de­claró ser el Hijo de Dios; que sufrió una muerte penosísima por nuestras culpas y para redimirnos de la muerte eternal; que al tercer día resucitó de entre los muertos; que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre y que el día del juicio vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muer­tos. Estos artículos de nuestra fe y todo lo que está escrito en el Antiguo y Nuevo Testamentos, los demonios creen firme­mente, y sin embargo, permanecen en su estado de condena­ción porque les falta esta verdadera fe cristiana.”[2]

5.    “Consiste la verdadera y única fe cristiana,” usando el lenguaje de nuestra Iglesia, “no sólo en aceptar las Sagra­das Escrituras y los Artículos de nuestra fe, sino en tener una plena seguridad y completa certeza de que Cristo nos ha sal­vado de la muerte eterna. Es una confianza firme y una certidumbre inalterable de que Dios nos ha perdonado nuestros pecados por los méritos de Cristo, y de que nos hemos recon­ciliado con El; lo que inspira amor en nuestros corazones y la obediencia de sus santos mandamientos.”

6. Ahora bien, todo aquel que tenga esta fe “que puri­fica el corazón” (por medio del poder de Dios que reside en él) de la soberbia, la ira, de los deseos impuros, “de toda maldad,” “de toda inmundicia de carne y de espíritu;” y por otra parte lo llena con un amor hacia Dios y sus semejantes, más poderoso que la misma muerte, amor que lo impulsa a hacer las obras de Dios; a gastar y gastarse a sí mismo traba­jando en bien de todos los hombres; que sufre con gozo los reproches por causa de Cristo, el que se burlen de él, lo des­precien, que todos lo aborrezcan, más aún, todo lo que Dios en su sabiduría permite que la malicia de los hombres o los demonios inflijan sobre él; cualquiera que tenga esta fe y tra­baje impulsando por este amor, es no solamente casi, sino cris­tiano por completo.

7. Mas ¿dónde están los testigos vivientes de todas estas cosas? Os ruego, hermanos, en la presencia de ese Dios ante quien están “el infierno y la perdición… ¿cuánto más los corazones de los hombres?” que os preguntéis cada uno en vuestro corazón: ¿Pertenezco a ese número? ¿Soy recto, misericordioso y amante de la verdad, siquiera como los me­jores paganos? Si así es, ¿tengo solamente la forma exterior del cristiano? ¿Me abstengo de hacer lo malo, de todo lo que la Palabra de Dios prohíbe? ¿Hago con todas mis fuerzas to­do lo que me viene a la mano por hacer? ¿Uso de los medios instituidos por Dios siempre que se ofrece la oportunidad? ¿Y hago todo esto con el deseo sincero de agradar a Dios en todas las cosas?

8. ¿No tenéis muchos de vosotros la conciencia de encon­traros muy lejos de ese estado de mente y corazón; de que ni siquiera estáis próximos a ser cristianos; de que no llegáis a la altura de la rectitud de los paganos; de que ni aun tenéis la forma de la santidad cristiana? Pues mucho menos ha en­contrado Dios sinceridad en vosotros, el verdadero deseo de agradarle en todas las cosas. No habéis tenido ni la intención de consagrar todas vuestras palabras y obras, vuestros nego­cios y estudios, vuestras diversiones a su gloria. No habéis determinado ni siquiera deseado, hacer todo “en el nombre del Señor Jesús” y ofrecerlo todo como un sacrificio espiri­tual, agradable a Dios por Jesucristo.

9. Mas suponiendo que hayáis determinado y decidido hacerlo, ¿será bastante el hacer propósitos y el tener buenos deseos, para ser un verdadero cristiano? En ninguna mane­ra. De nada sirven los buenos propósitos y las sanas determi­naciones a no ser que se pongan en práctica. Bien ha dicho al­guien que “el infierno está empedrado de buenas intenciones.” Queda por resolver la gran pregunta: ¿Está vuestro corazón lleno del amor de Dios? ¿Podéis exclamar con sinceridad: “¡Mi Dios y mi Todo!”? ¿Tenéis otro deseo además de poseer­lo en vuestro corazón? ¿Os sentís felices en el amor de Dios? ¿Tenéis en El vuestra gloria, vuestra delicia y regocijo? ¿Lle­váis impreso en vuestro corazón este mandamiento: “Que el que ama a Dios, ame también a su hermano”? ¿Amáis pues a vuestros semejantes como a vosotros mismos? ¿Amáis a todos los hombres, aun a vuestros enemigos y los enemigos de Dios, como a vuestra propia alma, como Cristo os amó a vosotros? ¿Creéis que Cristo os amó y se dio a sí mismo por vosotros? ¿Tenéis fe en su sangre? ¿Creéis que el Cordero de Dios ha “quitado” vuestros pecados y los ha tirado como una piedra en lo profundo del mar? ¿Creéis que ha raído la cédula que os era contraria, quitándola de en medio y enclavándola en la cruz? ¿Habéis obtenido la redención por medio de su san­gre, aun la remisión de vuestros pecados? Y por último, ¿da su Espíritu testimonio con vuestro espíritu de que sois hi­jos de Dios?

10.  El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que está en medio de nosotros, sabe que si algún hombre muere sin esta fe y sin este amor, mejor le fuera al tal hombre el no haber nacido. Despiértate, pues, tú que duermes e invoca a Dios; llámale ahora, en el día cuando se le puede encontrar; no le dejes descansar hasta que haga pasar todo “su bien de­lante de tu rostro,” hasta que te declare el nombre del Se­ñor “Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; que guarda la misericor­dia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado.” Que ningún hombre os engañe ni os detenga antes de que hayáis obtenido esto, sino al contrario clamad de día y de noche a Aquel que “cuando aun éramos flacos, a su tiempo murió por los impíos” hasta que sepáis en quién habéis creí­do y podáis decir: “¡Señor mío, y Dios mío!” orando sin cesar y sin desmayar hasta que podáis levantar vuestras manos ha­cia el cielo y decir al que vive por siempre jamás: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo.”

11.  Pluga al Señor que todos los que aquí estamos reu­nidos sepamos no solamente lo que es ser casi cristianos, sino verdaderos y completos cristianos; estando gratuitamente jus­tificados por su gracia por medio de la redención que es en Jesús; sabiendo que tenemos paz con Dios por medio de Je­sucristo; regocijándonos con la esperanza de la gloria de Dios y teniendo el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado.

PREGUNTAS SOBRE EL SERMON II

1. (I. 1). ¿Qué significa el ser casi cristiano? 2. (I. 1). ¿Qué quiere decir “la rectitud pagana”? 3. (I. 1). ¿Practicaron esa rectitud algunos paganos? ¿Puede usted citar un ejemplo? 4. (I. 2). ¿Enseñaban el res­peto a la verdad? 5. (I. 3). ¿Se amaban y protegían mutuamente? 6. (II. 4). ¿Cuál es el segundo requisito para ser casi cristiano? 7. (II. 5). ¿Qué se dice respecto a la temperancia? 8. (II. 6). ¿Qué se dice de sus buenas obras? 9. (II. 7). ¿Hace uso de los medios de gracia? 10. (II. 8). ¿Con qué otros deberes cumple? 11. (II. 9). ¿Qué quiere decir sinceridad? 12. (II. 10). ¿En qué consiste la sinceridad? 13. (II. 11). ¿Puede uno llegar hasta esa altura y no ser sin embargo sino un casi cristiano? 14. (II. 12). ¿Qué dice el señor Wesley de sí mismo? 15. (II. 13). ¿De qué manera apela al testimonio de sus oyentes? 16. (III. 1). ¿Qué otra cosa se necesita para ser un verdadero cristiano? 17. (III. 2). ¿Cuál es el segundo requisito? 18. (III. 3). ¿Qué otra cosa se incluye? 19. (III. 4). ¿Qué se dice de la relación que hay entre la fe y las buenas obras? 20. (III. 5). ¿A qué igle­sia se refiere? 21. (III. 5). ¿De qué libro tomó esta cita? Del “Libro de las Homilías,” una serie de sermones que el Arzobispo Crammer y otros prepararon, los cuales sermones se leían públicamente en las iglesias du­rante la época de la reina Isabel y sus sucesores, debido a la falta de pre­dicadores competentes. Juntamente con los XXXIX Artículos forman las Doctrinas de la Iglesia Anglicana. 22. (III. 6). ¿Qué efecto tiene la ver­dadera fe? 23. (III. 7). ¿Hay testigos vivientes de estas verdades? 24. (III 8). ¿Qué exhortación hace? 25. (III. 10, 11). ¿Cómo concluye el sermón?


[1] Predicado en la iglesia de Santa María, Oxford, ante aquella universidad el día 25 de julio de 1741.

[2] Homilía sobre la salvación del hombre.

La salvacion por la FE

July 2nd, 2009

SERMON I

NOTAS INTRODUCTORIAS

El señor Juan Wesley predicó este sermón ante la Universidad de Oxford el 11 de junio de 1738, diez y ocho días después de haber te­nido la conciencia de una nueva vida. Consiste de tres partes: la defini­ción de la fe, definición de la salvación y contestaciones a las objecio­nes.

Durante muchos años había estado el señor Wesley tratando de ob­tener la salvación por medio de las obras de la ley; mas no pudiendo, a pesar de sus esfuerzos para conseguir su santidad por la oración, el ayuno y la práctica de buenas obras, encontrar la perla de gran precio, por último lo convenció Pedro Boehler, el moravo, de que la salvación viene por la fe y cuando el alma pone toda su confianza en Cristo el Sal­vador. Como este sermón fue el resultado de su conversión, nos ha parecido conveniente dar su experiencia en sus propias palabras:

“Al día siguiente, pues, vinieron Pedro Boehler y otras tres perso­nas, todos los que testificaron con su propia experiencia: que la fe viva en Cristo y la conciencia de estar perdonado de todos los pecados pasa­dos, y libre de transgresiones en la actualidad, son dos cosas insepara­bles. Añadieron unánimes que esta fe es el don, el don libre de Dios, quien indudablemente la concede a todas las almas que con fervor y per­severancia la buscan. Estando plenamente convencido, me resolví a buscar este don, con la ayuda de Dios, hasta encontrarlo, por los siguientes me­dios: (1) Negándome enteramente a confiar en mis propias obras, en las que, sin saberlo y desde mi juventud, había yo basado la esperanza de mi salvación. (2) Proponiéndome añadir constantemente a los medios usuales de gracia, la oración continua para conseguir esta gracia que jus­tifica; plena confianza en la sangre de Cristo derramada por mí; esperanza en El; como que es mi Salvador, mi única justificación, santificación y redención.

“Continué, pues, buscando este don, si bien con indiferencia, pereza y frialdad y cayendo frecuentemente y más que de ordinario en el pe­cado, hasta el viernes 24 de mayo. Como a las cinco de la mañana de ese día, abrí mi Testamento y encontré estas palabras: ‘Nos son dadas pre­ciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fueseis hechos parti­cipantes de la naturaleza divina’ (II Pedro 1:4). Antes de salir abrí otra vez mi Testamento y leí, ‘No estás lejos del reino de Dios.’ En la tarde me invitaron a ir a la catedral de San Pablo y oí la antífona: ‘De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica. Jehová, si mirares a los pecados, ¿quién oh Señor podrá mantenerse? Empero hay perdón cerca de ti, para que seas temido. Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado. Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana; más que los vigi­lantes a la mañana. Espere Israel a Jehová; porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él. Y él redimirá a Israel de to­dos sus pecados.’

“Con poca voluntad asistí en la noche a la reunión de una sociedad en la calle de Aldersgate, donde una persona estaba leyendo el prefacio de Lutero sobre la Epístola a los Romanos. Como a un cuarto para las nueve, al estar dicho individuo describiendo el cambio que Dios obra en el corazón por medio de la fe en Cristo, sentí en mi corazón un calor extraño. Experimenté confianza en Cristo y en Cristo solamente, para mi salvación; recibí la seguridad de que El había borrado mis pecados, mis propios pecados y salvádome de la ley del pecado y de la muerte.”

Así fue guiado el señor Wesley, paso a paso, hasta que obtuvo la gran bendición de sentirse perdonado y, habiendo el Espíritu Santo sellado esta verdad en su corazón, se entregó, bajo la divina influencia y por completo, al Señor por medio de su confianza en el Salvador de los hom­bres. Entonces pudo decir: “Su sangre fue por mí derramada; es Sal­vador.” A la par que define esta fe en el sermón siguiente describe tam­bién su efecto, que es la salvación. Ilustra esta conciencia de la salva­ción del pecado con su propia experiencia.

“A mi regreso a casa, se me presentaron muchas tentaciones que cuando oré, huyeron, mas para volver repetidas veces. Con la misma fre­cuencia elevaba yo mi alma al Señor, quien ‘me envió ayuda desde su santuario.’ Y en esto encontré la diferencia entre mi anterior condición y la actual: antes me esmeraba y luchaba con todas mis fuerzas, tanto bajo la ley como bajo la gracia y algunas veces, aunque no seguido, per­día; ahora salgo siempre victorioso.”

Cinco días después escribía: “Gozo de paz constante y ni un solo pensamiento intranquilo me asedia; me siento libre del pecado y no ten­go ni un deseo impuro.” Dos días después añade: “Y sin embargo, el miércoles contristé al Espíritu de Dios, no sólo no velando en la ora­ción, sino al hablar con dureza, en lugar de amorosamente, de uno que no está firme en la fe. Inmediatamente Dios escondió su- rostro de mi vista y me sentí atribulado, continuando en esta aflicción hasta la ma­ñana del día siguiente, 1 de junio, cuando al Señor plugo, al estar yo ex­hortando a otro hermano, consolarme.”

ANALISIS DEL SERMON I

La gracia es la fuente de todas las bendiciones que el hombre recibe y en su condición caída, el manantial especial de su salvación, cuya única condición es la fe.

I.  ¿Por qué fe nos salvamos?

1. No es la fe que los paganos tienen en Dios como un Gobernador moral.

2. No es la fe intelectual del diablo.

3. No es solamente la fe que los apóstoles tenían antes de la re­surrección.

4. Sino la fe del corazón en Cristo y en su sacrificio.

5. De aquí que la fe cristiana sea no sólo un asentimiento a todo el Evangelio de Cristo, sino también una perfecta confianza en su san­gre; en los méritos de su vida, muerte y resurrección; en El mismo co­mo la satisfacción ofrecida por nuestra vida, entregado por nosotros y viviendo en nosotros. Es una confianza segura que el hombre tiene en Dios de que por los méritos de Cristo, sus pecados han sido perdonados y él se ha reconciliado con Dios, de lo que resulta una unión íntima y un apego hacia El como su “sabiduría, justificación, santificación y re­dención;” en una palabra: nuestra salvación.

II. ¿Qué cosa es esta salvación por la fe?

1. Una salvación actual.

2. Del pecado.

3. De la culpa.

4. Del temor.

5. Del dominio del pecado. El que es nacido de Dios, no peca por hábito, ni de voluntad, ni de deseo, ni por debilidad.

III. Contestación a las objeciones.

1. No se opone la salvación por la fe a las buenas obras, porque:

2. No limita la ley de Dios a la debilidad humana, sino que señala su verdadero cumplimiento espiritual.

3. No induce a la soberbia, puesto que excluye la vanagloria.

4. No anima al pecado, puesto que la bondad de Dios inspira el arre­pentimiento a todos los corazones sinceros.

5. Causa la desesperación de nuestras propias fuerzas solamente, a fin de que en Cristo encontremos nuestra salvación.

6. Es la doctrina más consoladora.

7. Es la doctrina fundamental de las Sagradas Escrituras.

8. Es el mejor antídoto del romanismo.

9. Y el verdadero secreto del poder del protestantismo.

SERMON I

LA SALVACION POR LA FE[*]

Por gracia sois salvos por la fe (Efesios 2:8).

1.     Impulsos únicamente de gracia, bondad y favor, son todas las bendiciones que Dios ha conferido al hombre; favor gratuito, inmerecido; gracia enteramente inmerecida, pues que el hombre no tiene ningún derecho a la menor de sus miseri­cordias. Movido por un amor espontáneo, “formó al hombre del polvo de la tierra y alentó en él…soplo de vida,” alma en que imprimió la imagen de Dios; “y puso todo bajo sus pies.” La misma gracia gratuita existe aún para nosotros. La vida, el aliento y cuanto hay, pues que en nosotros nada se encuentra ni podemos hacer cosa alguna que merezca el menor premio de la mano de Dios. “Jehová, tú nos depararás paz; porque también obraste en nosotros todas nuestras obras.” Son estas otras tantas pruebas más de su gratuita misericordia, puesto que cualquiera cosa buena que haya en el hombre, es igual­mente un don de Dios.

2.     ¿Con qué, pues, podrá el pecador expiar el menor de sus pecados? ¿Con sus propias obras? Ciertamente que no; por muchas y santas que éstas fuesen, no son suyas, sino de Dios. A la verdad las obras todas del hombre son inicuas y pe­caminosas, y así es que todos necesitamos de una nueva expia­ción. El árbol podrido no puede dar sino fruto podrido; el co­razón del hombre está enteramente corrompido y es cosa abo­minable; se halla “destituido de la gloria de Dios;” de esa su­blime pureza que al principio se imprimiera en su alma, como imagen de su gran Creador. No teniendo pues nada, ni santidad ni obras qué alegar, enmudece confundido ante Dios.

3.     Ahora pues, si los pecadores hallan favor con Dios, es “gracia sobre gracia.” Aún se digna Dios derramar nuevas bendiciones sobre nosotros y la mayor de ellas es la salvación. ¿Y qué podremos decir de todo esto, sino “gracias sean dadas a Dios por su don inefable”? Y así es: en esto “Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aun pecadores, Cristo murió,” para salvarnos; “porque por gracia sois salvos por la fe.” La gracia es la fuente, y la fe la condición de la sal­vación.

Precisa por lo tanto, a fin de alcanzar la gracia de Dios, que investiguemos cuidadosamente:

I. Por medio de qué fe nos salvamos.

II. Qué cosa es la salvación que resulta de esta fe.

III. De qué manera se puede contestar a ciertas obje­ciones.

I.      ¿Por medio de qué fe nos salvamos?

1.     En primer lugar, no es solamente la fe de los paganos. Exige el Creador de todos los paganos que crean: “que le hay, y que es galardonador de los que le buscan;” que se le debe buscar para glorificarlo como a Dios; dándole gracias por todas las cosas y practicando con esmero las virtudes de la justicia, misericordia y verdad para con los demás hombres. El griego y el romano, el escita y el indio no tenían disculpa alguna si no creían en la existencia y los atributos de Dios, un premio o un castigo futuro y lo obligatoria que por naturaleza es la virtud moral; porque esta es apenas la fe de un pagano.

2.     Ni es, en segundo lugar, la fe del diablo; si bien ésta es más amplia que la del pagano; pues no sólo cree en un Dios sabio y poderoso, bondadoso en el premio y justo en el castigo; sino que Jesús es el Hijo de Dios, el Cristo, el Salvador del mundo; lo confiesa claramente al decir: “yo te conozco quién eres, el santo de Dios” (Lucas 4:34). Ni podemos dudar que ese desgraciado espíritu crea todas las palabras que salieron de la boca del Santo de Dios; más aún, todo lo que los hom­bres inspirados de la antigüedad escribieron, pues que dio su testimonio respecto de dos de ellos al decir: “Estos hombres son siervos del Dios alto, los cuales os anuncian el camino de salud.” Todo esto cree el gran enemigo de Dios y de los hom­bres y tiembla al creer que Dios fue hecho manifiesto en la carne; que “pondrá a sus enemigos debajo de sus pies;” y que “toda Escritura es inspirada divinamente.” Hasta allí llega la fe del diablo.

3.     Tercero. La fe por medio de la cual somos salvos, en el sentido de la palabra que más adelante se explicará, no es solamente la que los apóstoles tuvieron mientras Cristo estuvo en la tierra; si bien creyeron en El de tal manera, que “dejaron todo y le siguieron;” aunque tenían poder de obrar mila­gros, “de sanar toda clase de dolencia y enfermedad;” más aún “poder y autoridad sobre todos los demonios;” y más que todo esto, fueron enviados por su Maestro “a predicar el reino de Dios.”

4.     ¿Por medio de qué fe, pues, somos salvos? En general y primeramente se puede contestar: que es la fe en Cristo, cu­yos dos únicos objetos son: Cristo, y Dios por medio de Cristo. Y en esto se distingue suficiente y absolutamente de la fe de los paganos antiguos o modernos. De la fe del diablo se dife­rencia por completo, en que no es una cosa meramente espe­culativa o racional; un asentimiento inerte y frío; una suce­sión de ideas en la mente; sino una disposición del corazón. Porque así dice la Escritura: “Con el corazón se cree para jus­ticia.” “Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”

5.     En esto se distingue de la fe que los apóstoles tenían mientras nuestro Señor Jesucristo estuvo sobre la tierra: en que reconoce la necesidad y los méritos de su muerte y el po­der de su resurrección. Reconoce su muerte como el único medio suficiente para salvar al hombre de la muerte eterna, y su resurrección como la restauración de todos nosotros a la vida y a la inmortalidad, puesto que “fue entregado por nues­tros delitos, y resucitado para nuestra justificación.” La fe cristiana, por lo tanto, no es sólo el asentimiento a todo el Evangelio de Cristo, sino también una perfecta confianza en la sangre de Jesús; la esperanza firme en los méritos de su vida, muerte y resurrección; reposo en El como nuestra ex­piación y nuestra vida, como dado para nosotros y viviendo en nosotros; cuyo efecto es la unión y perfecta adhesión a El como nuestra “sabiduría, justificación, santificación y reden­ción;” en una palabra, nuestra salvación.

II.    La salvación que se obtiene por medio de esta fe, es el segundo punto que pasamos a considerar.

1.     Y, en primer lugar, además de cualquiera cualidad que tenga, es una salvación actual; es algo que se puede ob­tener y que de hecho adquieren en la tierra los que partici­pan de esta fe; pues no dijo el apóstol a los creyentes en Efeso, y en ellos a los fieles de todas las épocas, seréis salvos, (lo que habría sido cierto), sino: “Sois salvos por la fe.”

2.     Sois salvos (para comprender todo en una palabra) del pecado. Tal es la salvación por medio de la fe—la gran salvación predicha por el ángel antes que Dios mandase a su Unigénito al mundo: “llamarás su nombre JESUS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados;” y ni en esta ni en nin­guna otra parte de las Escrituras se encuentra límite o res­tricción alguna. El salvará de todos sus pecados: del pecado original y actual, de los pasados y presentes; “de la carne y del espíritu,” a todo su pueblo o, como está escrito en otro lugar, “a todos los que creen en él.” Por medio de la fe en El están salvos de la culpa y el poder del pecado.

3.     Primeramente, de la culpa de los pecados pasados; puesto que siendo todo el mundo culpable delante de Dios, por cuanto si Jehová mirase a los pecados, “¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?” y “por la ley existe” solamente “el cono­cimiento del pecado,” mas no el libramiento de él; y por el cumplimiento, de “las obras de la ley, ninguna carne se justi­ficará delante de él,” mas “la justicia de Dios por la fe de Je­sucristo, para todos los que creen en él,” y están “justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cris­to Jesús; al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a ha­ber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.” Cristo ha destruido “la maldición de la ley, hecho por noso­tros maldición,” “rayendo la cédula…que nos era contraria…quitándola de en medio y enclavándola en su cruz.” “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que” creen “en Cris­to Jesús.”

4.     Y estando salvos de la culpa, están libres del temor; no del temor filial de ofender, sino del miedo servil; de ese mie­do que atormenta, del miedo del castigo, de la ira de Dios a quien ya no consideran como un señor duro, sino como un padre indulgente; porque no han recibido “el espíritu de ser­vidumbre…mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre, porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.” Están asimismo libres del temor, si bien no de la posibilidad de caer de la gracia de Dios y perder sus grandes e inestima­bles promesas; de manera que tienen “paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,” se glorían en la esperan­za de la gloria de Dios y “el amor de Dios está derramado en sus corazones por el Espíritu de Dios que les es dado.” Están persuadidos, por tanto, (si bien no constantemente ni con la misma plenitud) que: “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura los podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.”

5.     Más aún: por medio de esta fe están salvos no sólo de la culpa, sino del poder del pecado. Así lo declara el após­tol cuando dice: “Sabéis que él apareció para quitar nues­tros pecados y no hay pecado en él; cualquiera que permane­ce en él, no peca” (1 Juan 4:5, etc.). “Hijitos, no os engañe ninguno: el que hace justicia, es justo, como él también es justo. El que hace pecado, es del diablo. Cualquiera que es nacido de Dios, no hace pecado, porque su simiente está en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” Y en otro lu­gar: “Sabemos que cualquiera que es nacido de Dios, no pe­ca; mas el que es engendrado de Dios, se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca” (1 Juan 5:18).

6.     El que por medio de la fe es nacido de Dios, no peca: (1) con pecados habituales; porque todo hábito pecamino­so es pecado que reina, pero el pecado no puede reinar en los que creen; (2) ni voluntariamente; porque mientras perma­nece en la fe, su voluntad se opone por completo a toda cla­se de pecado y lo aborrece como veneno mortal; (3) ni por deseos pecaminosos, pues que constantemente desea hacer la santa voluntad de Dios y con el auxilio de la gracia divina, ahoga en su nacimiento cualquier pensamiento impuro; ni (4) peca por debilidades, de obra, palabra o pensamiento; puesto que sus debilidades no tienen el asentimiento de su voluntad, sin la cual no pueden en justicia reputarse como pecados. Así es que: “el que es nacido de Dios no hace pe­cado” y aunque no puede decir que no ha pecado, sin embar­go, ahora ya “no peca.”

7.     Esta es pues la salvación que por medio de la fe se adquiere aun en este mundo; salvación del pecado y sus con­secuencias, según lo expresa a menudo la palabra justifica­ción que tomada en su sentido más lato significa libramien­to de la culpa y del castigo, por medio de la expiación de Cristo que el alma del pecador se aplica a sí misma en el mo­mento de creer, así como del poder del pecado por medio de Cristo, formado en su corazón. De manera que todo aquel que de este modo está justificado o salvo por la fe, cierta­mente ha nacido otra vez. Ha nacido otra vez del Espíritu a vida nueva “que está escondida con Cristo en Dios,” y co­mo un niño recién nacido, recibe gustoso “la leche espiritual, sin engaño, para que por ella” crezca, siguiendo con la ayu­da de Dios, de fe en fe, de gracia en gracia, hasta que por último llegue a ser un “varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo.”

III. La primera objeción que por lo general se presen­ta a lo anterior, es ésta:

1.      Que la predicación de la salvación o la justificación por la fe solamente, es predicar en contra de la santidad y las buenas obras; a lo que se puede prestamente contestar:

“Eso sería cierto si predicásemos, como algunos lo hacen, una fe aislada de las buenas obras; pero la fe que enseñamos es productiva de buenas obras y santidad.”

2.      Conviene, sin embargo, considerarla más detenida­mente y con especialidad ya que no es una objeción nue­va, sino tan antigua como los tiempos de Pablo, puesto que desde entonces se preguntaba: “¿luego deshacemos la ley por la fe?” A lo que luego contestamos: que todos los que no predican la fe, necesariamente la invalidan, ya sea directa y abiertamente por medio de limitaciones y comentarios que destruyen todo el espíritu del texto, o de un modo indirecto al no señalar los únicos medios de ponerla en práctica; mien­tras que nosotros, en segundo lugar, “establecemos la ley” no sólo al demostrar toda su amplitud y sentido espiritual, sino también invitando a todos a esta fuente de vida, para que “la justicia de la ley se cumpla en ellos.” Los que confían en la sangre de Cristo únicamente, usan de todos los medios por El establecidos para hacer aquellas “buenas obras, las cua­les Dios preparó para que anduviésemos en ellas;” tienen y ha­cen palpable su genio puro y santo, semejante a la mente de Cristo Jesús.

3.      Mas la predicación de esta fe, ¿no desarrollará el or­gullo en los hombres? A lo que contestamos, que muy bien puede darse el caso y, por lo tanto, se debe amonestar muy fervientemente a todos los creyentes con las palabras del gran apóstol: “por su incredulidad” las primeras ramas “fueron quebradas, mas tú por la fe estás en pie. No te ensoberbez­cas, antes teme; que si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios. La severidad ciertamente en los que cayeron; mas la bondad para contigo, si permanecieres en la bondad; pues de otra manera tú también serás cortado.” Y mientras que permanezcan en la fe, se acordarán de aquellas palabras de San Pablo anticipando y contestando esta misma objeción. “¿Dónde, pues, está la jactancia? Es excluida. ¿Por cuál ley? ¿De las obras? No, mas por la ley de la fe” (Romanos 3:27). Si el hombre se justificara por sus obras tendría de qué glo­riarse; mas no hay gloria para el que “no obra, pero cree en aquel que justifica al impío” (Romanos 4:5). El mismo sen­tido tienen las palabras que anteceden y las que siguen al texto. “Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mu­cho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos; y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hi­zo sentar en los cielos con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros, las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros” (Efesios 2:4-8). Ni la fe ni la salvación vienen de vosotros: “es don de Dios,” don gratuito, inmerecido; la fe por medio de la cual sois sal­vos, lo mismo que la salvación que os ha dado, son por su gra­cia y misericordia. Que creéis, es una manifestación de su gracia, y que al creer seáis salvos, es otra. “No por obras para que nadie se gloríe,” puesto que todas nuestras obras, nues­tra justicia que teníamos antes de creer, no merecían de Dios otra cosa sino la condenación; tan lejos estábamos de merecer, por nuestras propias obras, la fe que nunca se recibe como premio de buenas obras. Ni es la salvación el resultado de las buenas obras que hacemos después de creer, porque enton­ces es Dios quien obra en nosotros, y que nos dé un premio por las obras que El hace, sólo manifiesta lo infinito de su mi­sericordia, pero no nos deja nada de qué gloriamos.

4.      A pesar de todo esto, ¿no se corre el peligro, al ha­blar de esta manera de la misericordia de Dios que salva y santifica sólo por la fe, de inducir a los hombres a pecar? Ciertamente que lo hay y muchos continúan en el pecado “para que la gracia abunde,” mas su sangre sea sobre sus ca­bezas. La bondad de Dios debería impulsar al arrepentimien­to y esta es la influencia que ejerce en los corazones sinceros. Sabiendo que El perdona, le piden fervientemente que borre sus pecados por medio de la fe en Jesús; y si ruegan con ins­tancia y no desmayan, si lo buscan por todos los medios que El ha establecido, si se rehúsan a “ser consolados” hasta que El venga, El vendrá y no se tardará. El puede llevar a ca­bo mucho en poco tiempo. Multiplicados ejemplos tenemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, de esta fe que Dios infunde en los corazones de los hombres súbitamente, semejante al rayo que rasga los cielos. Así, en la misma hora en que Pablo y Silas empezaron a predicar, se arrepintió el carcelero, creyó y fue bautizado, como también lo fueron tres mil personas por Pedro el día de Pentecostés; todos los que se arrepintieron y creyeron al escuchar su primera predica­ción. Bendito sea el Señor que hoy día existen muchas almas, pruebas vivientes de que es “grande para salvar.”

5.     Considerada esta misma verdad bajo otro punto de vista, ofrece una objeción muy diferente de la anterior. “Si no pueden los hombres salvarse a pesar de sus buenas obras, muchos se darán a la desesperación.” Sí, por cierto: perde­rán la esperanza de salvarse por sus propias obras, sus pro­pios méritos, su justicia. Y así debe ser, porque ninguno pue­de confiar en los méritos de Cristo, hasta no haber completa­mente renunciado a los suyos propios; y los que tratan de “es­tablecer su propia justicia” no obtienen la justicia de Dios, puesto que mientras confían en la justicia que pertenece a la ley, no se les puede dar aquella que pertenece a la fe.

6.     Pero se dice que esta es una doctrina poco consola­dora. El diablo habló como quien es, el padre de la mentira y el embuste, cuando sugirió a los hombres semejante idea. Es la doctrina consoladora por excelencia, “llena de consuelo,” para todos los pecadores que se han destruido y condenado a sí mismos. “Todo aquel que en él creyere no será avergon­zado…porque el mismo que es Señor de todos, rico es para con todos los que le invocan.” Aquí hay consuelo tan alto como los cielos, más fuerte que la misma muerte. ¿Qué? ¿Mi­sericordia para todos? ¿Para Zaqueo, el ladrón del público? ¿Para María Magdalena, una miserable pecadora? Parece que escucho a alguno que dice: “Entonces también para mí, aun para mí hay misericordia.” Y así es, pobre alma, a quien na­die ha consolado. Dios no despreciará tu oración; tal vez muy presto te dirá: “confía hijo, tus pecados te son perdona­dos;” de tal manera perdonados, que ya no te dominarán más, sino que el Espíritu Santo dará testimonio con tu es­píritu de que eres hijo de Dios. ¡Oh las buenas nuevas, nue­vas de gran gozo para todo el pueblo! “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, com­prad, y comed.” Cualesquiera que sean vuestros pecados, aun­que fueren como la grana, rojos como el carmesí y más que los cabellos de vuestra cabeza, volveos a Jehová, el cual tendrá misericordia; al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.

7.     Cuando ya no hay más objeciones que presentar, se nos dice que no se debería predicar la salvación por la fe como la doctrina principal o mejor dicho, que no se debe ense­ñar. Pero ¿qué dice el Espíritu Santo? “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo;” de manera que el tenor de nuestra predicación es y deberá ser: “cualquiera que crea en él será salvo.” “Ahora bien, pero no a todos.” ¿A quién entonces debemos predicar? ¿A quié­nes exceptuamos? ¿A los pobres? De ninguna manera, su­puesto que tienen derecho especial a que se les predique el Evangelio. ¿A los ignorantes? Tampoco. Dios ha revelado es­tas cosas a los humildes y a los ignorantes desde el principio. ¿A los jóvenes? Mucho menos. “Dejad a los niños venir a mí y no los impidáis,” dijo Cristo. ¿A los pecadores? Menos que menos. “No he venido a llamar justos, sino pecadores a arre­pentimiento.” Si hemos de exceptuar a algunos, será a los ricos; a los sabios; a los de buena reputación; a los hombres morales quienes ciertamente se substraen siempre que pueden de la predicación. Sin embargo, debemos brindar la palabra del Señor puesto que el solemne mandato dice: “Id…predi­cad el Evangelio a toda criatura.” Si algún alma se opone, en todo o en parte, a esta predicación, causando su propia rui­na, cúlpese a sí misma, por lo que toca a nosotros, “Vive Je­hová, que todo lo que Jehová nos revele, eso anunciaremos.”

8.     Muy especialmente debemos predicaros en la actua­lidad, que “por gracia sois salvos por la fe,” porque nunca ha sido tan necesaria esta doctrina como en nuestros días, y sólo ella puede impedir el desarrollo entre nosotros del ro­manismo, cuyos errores es imposible atacar uno a uno. La doctrina de la salvación por la fe los ataca de raíz y todos caen cuando ésta queda establecida. Llama nuestra Iglesia a esta doctrina la roca eterna y la base de la religión cristiana, que primeramente hizo huir al papado de estos reinos; y sólo ella puede evitar que vuelva. Sólo esta enseñanza puede de­tener ese desarrollo de la inmoralidad que se va extendiendo por toda la nación. ¿Podéis vaciar gota a gota el océano? Pues mucho menos podréis por medio de persuasiones, destruir los vicios que nos afligen; pero procurad “la justicia que es de Dios por la fe,” y veréis cómo todo se puede. Sólo esto puede hacer enmudecer a aquellos que se glorían en su ver­güenza y abiertamente “niegan al Señor que los rescató.” Aquellos que hablan tan elevadamente de la ley como si la tuviesen grabada por Dios en sus corazones; quienes, cual­quiera, al escucharlos, diría que no están lejos del reino de Dios; pero sacadlos de la ley y traedlos al nivel del Evangelio; empezad por explicarles la justicia de la fe, presentadles a Cristo como “el fin de la ley para todo el que cree,” y veréis que aunque parecían casi cristianos, quedan confundidos y confiesan ser “hijos de perdición,” tan lejos de la salvación (Dios tenga misericordia de ellos) como lo más profundo del infierno está de lo más alto del cielo.

9.     Es por esto que el demonio ruge siempre que se pre­dica al mundo “la salvación por la fe;” y por esto movió el infierno y la tierra para destruir a aquellos que primeramen­te la predicaron. Por esta misma razón, sabiendo que la fe sola puede desmenuzar los fundamentos de su reino, llamó a todas sus fuerzas y empleó todos sus artificios, mentiras y calumnias para asustar a Martín Lutero que la revivió. Y no es de asombrarse, porque como dice aquel santo varón de Dios: “¡cómo no se enfurecería un hombre fuerte y soberbio, bien armado, a quien marcase el alto y venciese un niño, tan sólo con una pequeña varita en su mano!” especialmente si sabía que ese niño lo vencería y hollaría bajo sus plantas. Así es, Señor Jesús. Siempre tu fuerza “en la flaqueza se perfec­ciona.” Ve pues, criatura que crees en El y “¡su mano derecha te mostrará cosas terribles!” Aunque seas débil como un re­cién nacido, el enemigo fuerte no podrá estar delante de ti; tú prevalecerás sobre él, lo derribarás y hollarás bajo tus pies. Marcharás adelante bajo el gran Capitán de la salvación, “conquistando y a conquistar,” hasta que todos tus enemigos sean destruidos y la muerte sorbida en la victoria.

“A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nues­tro Jesucristo.” A quien, con el Padre y el Espíritu Santo sean dados toda honra, majestad, poder, dominio y gloria, por siem­pre jamás. Amén.

PREGUNTAS SOBRE EL SERMON I

1 (§ 1). ¿De qué manera concede Dios sus bendiciones? 2. (§ 1) ¿Tiene el hombre derecho al favor divino? 3. (§ 2). ¿Puede el hombre ofrecer alguna satisfacción por sus pecados? 4. (§ 2). ¿Qué se dice del árbol corrompido? 5. (§ 3). ¿Cómo puede el hombre obtener el favor de Dios? 6. (I. 1). ¿Qué exige Dios de los paganos? 7. (I. 1). ¿En qué consiste la fe de los paganos? 8. (I. 2). ¿En qué consiste la fe del demo­nio? 9. (I. 3). ¿Qué clase de fe tenían los apóstoles antes de la crucifi­xión? 10. (1. 4). ¿Por medio de qué fe nos salvamos? 11. (I. 4). ¿En qué se diferencia de la fe de los paganos o del diablo? 12. (I. 5). ¿En qué se distingue esta fe de la que tenían los apóstoles mientras nuestro Señor se hallaba en la tierra? 13. (I. 5). ¿Cuál es la definición de la fe cristiana? 14. (II. 1). ¿Qué clase de salvación se obtiene por medio de esta fe? 15. (II. 2). ¿Qué clase de salvación profetizó el ángel? 16. (II. 3). ¿Cómo se manifiesta primeramente esta salvación? 17. (II. 4). ¿Qué se sigue de la salvación del pecado? 18. (II. 5). ¿Quedamos salvos del poder del pecado también? 19. (II. 6). ¿Cómo se define esta salvación? ¿Qué se dice del pecado habitual, del pecado de voluntad, de los deseos pecaminosos y de las debilidades? 20. (II. 7). ¿Qué otro nombre se da a esta salvación? 21. (III. 1). ¿Cuál es la primera objeción a esta doctrina? 22. (III. 2). ¿Se opone esta salvación a la santidad? 23. (III. 3). ¿Tiende a engendrar la soberbia? ¿Deberá producirla? 24. (III. 4). ¿Induce a los hombres al pe­cado? 25. (III. 5). ¿Los arroja a la desesperación? 26. (III. 6). ¿Es una doctrina desconsoladora? 27. (III. 7). ¿Qué se dice cuando ya no hay ob­jeciones que ofrecer? 28. (III. 8). ¿Qué se dice del error romanista? ¿De qué manera se ha verificado la opinión del señor Wesley? Respuesta. Por el principio y desarrollo de la controversia por medio de tratados en Ox­ford, que resultó en que muchas personas se pasaran a la iglesia de Roma hace unos ciento treinta años. 29. (III. 9). ¿De qué manera se opone el adversario a la predicación de esta doctrina?


[*] Predicado en la iglesia  de Santa María, Oxford, ante aquella universidad el día 18 de junio de 1738

La perfeccion cristiana

July 2nd, 2009

Una Clara Explicación de la Perfección Cristiana

Como la Creyó y Enseñó

el reverendo Juan Wesley

del año 1725 al año 1777

IO ME PROPONGO con esta obra es exponer clara y nítidamente los distintos pasos por los cuales fui guiado durante el curso de varios años a abrazar la “doctrina de la perfección cristiana”. Esta narración la dedico a un buen número de personas serias que son parte del conglomerado humano, que anhelan saber toda la verdad, tal como es en Jesús (Efesios 4:21); pues son éstos los únicos que sienten un profundo interés por esta doctrina. A los tales declararé el asunto tal como es, procurando siempre probar lo que creo y por qué lo he creído durante estos años.

1. En el año 1725, cuando tenía veintitrés años de edad, llegó a mis manos el libro del obispo Taylor: Reglas y ejercicios para vivir y morir santamente. Algunas partes de dicho libro me afectaron en gran manera, especialmente al leer aquella parte que trata de la pureza de intención. Instantáneamente resolví dedicar a Dios toda mi vida, todos mis pensamientos, palabras y acciones, y me convencí que no había término medio, que no una parte de mi vida, sino toda ella, debería ser un sacrificio o a Dios, o bien a mí mismo, lo cual sería como darla al diablo.

¿Puede alguna persona seria dudar de esto, o encontrar la manera de servir a Dios y servir al diablo?

2. En el año 1726, leí Modelo cristiano de Kempis. La naturaleza y extensión de la religión interior, la religión del corazón, presentóseme con más claridad que nunca antes. Comprendí que aun dando toda mi vida a Dios (suponiendo fuese posible hacerlo, y no seguir más allá) no me serviría de ningún provecho a menos que le diera a El todo mi corazón.

Descubrí que la “sencillez de intención, y la pureza de afectos”, (es decir, un solo propósito en todo cuanto habla­mos o decimos, y un solo deseo gobernando nuestro carácter), son realmente “las alas del alma”, sin las cuales no puede ella ascender al monte de Dios.

3. Un año o dos después me fueron entregados Perfección cristiana, y Llamamiento serio por el reverendo Law.

Estos me convencieron aún más de la absoluta imposibilidad de ser cristiano a medias; y siendo así persuadido, por la gracia de Dios hice la determinación de dedicarme todo a El: darle mí alma, mi cuerpo, y mis posesiones.

¿Dirá un hombre sensato, que esto es exigir demasiado, o que se debe dar algo menos que nuestro ser, y todo lo que tenemos y somos a Aquel que se dio a Sí mismo por nosotros?

4. En el año 1729 empecé no sólo a leer, sino a estudiar la Biblia como la única norma de verdad, y el único modelo de religión pura. Como consecuencia de esto, vi. más claramente la necesidad indispensable de tener “la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16) y de “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6), de tener, no sólo una parte, sino toda la mente que estaba en El, y andar como El anduvo, no en algunas, ni aun en la mayoría de las cosas, sino en todas las cosas. Y esta fue la luz a través de la cual consideré entonces la religión como un seguimiento continuo de Cristo, una completa conformidad interior y exterior a nuestro Maestro. Nada me fue más terrible que tratar de ajustar esta regla a mis propios intereses, o a los de otros, o permitirme el menor desvío del gran Modelo.

Sermón sobre “La Circuncisión del Corazón”

ante la Universidad de Oxford

“…la circuncisión es la del corazón, en espíritu,

no en letra.”

Romanos 2:29

§ 5. El primero de enero de 1733, prediqué delante de la universidad en la Iglesia de Santa María sobre “La Circuncisión del Corazón”, doctrina que expliqué como sigue:

“Es esa disposición habitual del alma que en las Sagradas Escrituras es llamada santidad; la cual significa en primer lugar ser limpio del pecado, ‘de toda contaminación de carne y espíritu’ (2 Corintios 7:1); y, en consecuencia, significa ser investidos de aquellas virtudes que tuvo también Jesucristo; ser así renovados ‘en el espíritu de vuestra mente’ (Efesios 4:23), hasta ser ‘perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto’ “ (Mateo 5:48).

—Sermones de Juan Wesley, tomo l, p. 267.

En el mismo sermón hice notar que el amor es “el cumplimiento de la ley” (Romanos 13:10), es “el propósito de este mandamiento” (1 Timoteo 1:5). “No es solamente ‘el primero y grande mandamiento’, sino todos los mandamientos resumidos en uno. ‘Todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable’, u honorable; ‘si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza’, todo está comprendido en la palabra amor. En él se encuentra perfección, gloria y felicidad. La ley regia de cielos y tierra es ésta: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente’ (Lucas 10:27). El, quien es el perfecto bien, será vuestro último fin. Una sola cosa desearéis por su valor intrínseco, y es el disfrutar de Aquel que es todo en todo. Una felicidad procuraréis para vuestras almas, la unión con el Hacedor de ellas, el tener comunión verdadera con el Padre y el Hijo, (1 Juan 1:3) el estar unidos al Señor en un espíritu. Debéis perseguir un propósito hasta el fin del tiempo, y éste es el de gozar de Dios por toda la eternidad. Desead otras cosas hasta donde conduzcan a este fin; amad a la criatura mientras eso os conduzca al Creador. Pero a cada paso que déis, sea éste el blanco glorioso de vuestra visión. Que todo afecto, pensamiento, palabra y acción se sujete a esto. Cuanto deseéis o temáis, cuanto busquéis o rechacéis, cuanto penséis, habléis o hagáis, sea para vuestra felicidad en Dios, el solo fin, como también origen de vuestro ser.”

Concluí con estas palabras: “He aquí el cumplimiento de la perfecta ley: la verdadera circuncisión del corazón que regrese el espíritu al Dios que lo dio, con todo el cúmulo de sus afectos. Otros sacrificios no le son gratos; pero el sacrificio vivo del corazón le es grato. Que éste, pues, sea ofrecido continuamente a Dios por medio de Cristo en llamas de santo amor, y que ninguna criatura lo comparta con El; pues El es un Dios celoso. Su trono no compartirá con otro; El reinará sin rival. Que no se admita en el corazón ningún deseo o propósito, cuyo fin u objeto no sea El. Así caminaron aquellos hijos de Dios, quienes estando muertos, aún nos hablan: ‘Desead la vida sólo para alabar su nombre; que todos vuestros pensamientos, palabras y obras tiendan a su gloria. Permitid que vuestras almas estén llenas de un amor tal hacia El que no améis nada a menos que sea para gloria de El.’ Tened una pura intención de corazón, y un constante respeto a su nombre en todas vuestras acciones. Porque entonces, y no antes, estará en nosotros ese ‘sentir que hubo también en Cristo Jesús’ (Filipenses 2:5): (1) cuando en cada impulso de nuestros corazones, en cada palabra que pronuncien nuestras lenguas, en cada obra de nuestras manos, busquemos sólo aquello que se relaciona con El, y esté subordinado a su voluntad; (2) cuando nosotros ni pensemos, ni hablemos, ni actuemos para hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que nos ha enviado; (3) cuando sea que comamos o hagamos otra cosa lo hagamos todo para la gloria de Dios.”

Debe tenerse en cuenta que de todos mis trabajos publicados, este sermón fue mi primera producción. Este era el concepto de la religión que entonces tenía. Sin escrúpulos la llamaba entonces la perfección. Es el mismo concepto que tengo de ella ahora sin ningún aumento ni disminución material. ¿Y qué hay en tal concepto a lo que pueda oponerse cualquier hombre entendido que cree en la Biblia? ¿Qué puede él negar sin negar la palabra de Dios?

¶ 6. Este mismo concepto lo conservamos mi hermano y yo (en compañía de todos aquellos jóvenes llamados en sentido burlón metodistas), hasta que nos embarcamos para la América a fines del año 1735. Fue el año siguiente, estando en Savannah, cuando escribí las siguientes líneas:

¿Hay debajo del astro rey, Algo que lucha

Para contigo, mi corazón compartir?

¡Arráncalo, y reina Tú, Como único dueño y Señor de él!

A principio del año 1738, al regresar de allí, el clamor de mi corazón fue:

¡Concede que mi alma

Sea sólo de tu puro amor morada!

¡Que ese amor de mi ser entero se apodere, Y sea mi gozo, mi tesoro y corona!

¡Fuegos extraños, lejos de mi corazón aparte;

Para que cada acto, palabra y pensamiento, Sea tu amor la fuerza que lo impulse!

Nunca oí que nadie objetara a esto. ¿Quién puede realmente oponerse? ¿No es éste el lenguaje, no sólo de cada creyente, sino de cada uno que está realmente despierto? ¿Qué he escrito hasta hoy que sea más expresivo o más claro?

¶ 7. En agosto del mismo año sostuve una larga conversación con Arvid Gradin en Alemania. Después de narrarme su experiencia le solicité que me diera por escrito, una definición de la “plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:22), lo cual hizo por medio de las palabras que siguen:

Requies in sanguine Christi: firma fiducia in Deum, et persuasio de gratia Divina; tranquillitas mentis summa atque serenitas et pax; cum absentia omnis desiderii carnalis, et cessatione peccatorum etiam internorum.

Reposo en la sangre de Cristo: una firme confianza en Dios, y persuasión de su favor; la más alta tran­quilidad, serenidad y paz mental con una liberación de todo deseo carnal, y una cesación de todo pecado aun de los interiores.

Esta fue la primera explicación que yo oí de un ser viviente, conforme a lo que yo mismo había aprendido antes en los oráculos de Dios, y por lo cual había orado y esperado por varios años junto con la pequeña compañía de mis amigos.

¶ 8. En el año 1739, mi hermano y yo publicamos un volumen del Himnos y poemas. En varios de éstos declaramos firme y explícitamente nuestros conceptos.

El Carácter de un Metodista

(Mi primer tratado)

9. El primer tratado que escribí expresamente sobre este tema, fue publicado a fines de ese año. A fin de que nadie tuviera prejuicios antes de leerlo, le di el título indiferente de “El Carácter de un Metodista”. En este tratado describí al cristiano perfecto, escribiendo en la primera página, “No que yo lo haya obtenido”. Incluyo partes de ese tratado sin ninguna alteración:

Un metodista es uno que ama a su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente, y con toda su fuerza. Dios es el gozo de su corazón, y el deseo de su alma, la cual continuamente clama: “ ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.’ ¡Mi Dios y mi todo! ‘La roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre’ ” (Salmos 73:25, 26). Es por lo tanto feliz en Dios, feliz, como teniendo en sí una fuente de agua viva inundando su alma de paz y gozo. Habiendo el perfecto amor echado fuera el temor, se regocija para siempre. Su gozo es completo, y sus huesos claman:

“‘Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva,. . . para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros’ (1 Pedro 1:3, 4), y es para mí.”

Y cualquiera que tiene esta esperanza llena de inmortalidad, en todo da gracias, sabiendo que aquella (sea lo que fuere) es la voluntad de Dios en Cristo Jesús tocante a él. De El, pues, recibe alegremente todas las cosas, diciendo: “Buena es la voluntad del Señor”; y sea que el Señor le dé o le quite, bendice su santo nombre. Esté en comodidad, o en ansiedad, en salud o en enfermedad, en vida o en muerte, da gracias de lo más profundo de su corazón a Aquel que lo ordena para bien, en cuyas manos ha encomendado completamente su alma y cuerpo, “como a fiel Criador”. Por lo tanto, por nada está afanoso, pues ha puesto toda su confianza y echado toda su solicitud en Aquel que tiene cuidado de él, y ha hecho notorias sus peticiones delante de Dios con hacimiento de gracias.

El, verdaderamente, ora sin cesar; el lenguaje de su corazón es en todo tiempo éste: “A ti es mi boca, aunque sin voz; y mi silencio te habla.” Su corazón está elevado a Dios en todo tiempo, y en todo lugar. En esto nunca es estorbado, ni menos interrumpido por persona o cosa alguna. En el retiro, o en compañía, en ocio, en negocios o conversaciones, su corazón está siempre con el Señor. Ya esté acostado o levantado, Dios está en todos sus pensamientos; camina con Dios continuamente, teniendo el ojo amante de su alma fijo en El, y por todas partes viendo a Aquel “que es invisible”.

Y amando a Dios, ama a su prójimo como a sí mismo: ama a todos los hombres como a su propia alma. Ama a sus enemigos y a los enemigos de Dios. Y si no está en su poder hacer bien a los que le aborrecen, sin embargo no cesa de orar por ellos, aunque rechacen su amor, y aun más, aunque lo desprecien y persigan.

Lo hace, puesto que es “de limpio corazón”. El amor ha purificado su corazón de la envidia, malicia, ira, y toda mala índole. Le ha limpiado de orgullo el cual sólo trae contención, y tiene ahora “entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12). Nadie puede quitarle este tesoro, puesto que no ama “al mundo, ni las cosas que están en el mundo” (1 Juan 2:15), sino todo su deseo es en Dios.

De acuerdo con esto, su único deseo, el solo objeto de su vida es hacer, no su propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que lo envió. Su sola intención en todo tiempo y en todo lugar es, no agradarse a sí mismo, sino agradar a quien su alma ama. Es de ojo sencillo; y porque su ojo es sencillo, todo su cuerpo está lleno de luz. Todo es luz como cuando el resplandor de una vela ilumina la casa. Dios reina solo; todo cuanto hay en el alma es “santidad al Señor”. No hay en su corazón un motivo que no esté de acuerdo con la voluntad divina. Todo pensamiento que surge señala hacia El, y está en consonancia con la ley de Cristo.

“Cada árbol se conoce por su fruto”, y así se conoce al cristiano perfecto. El se agrada en guardar no solamente una parte o la mayoría de la ley, sino toda la ley sin ofender en un punto. Con respecto a todos los mandamientos, él tiene “una conciencia sin ofensa para con Dios y los hombres” (Hechos 24:16 V. M.). El evita todo cuanto Dios ha prohibido, y hace todo lo que El ordena. Sigue la senda de sus mandamientos, ya que Dios ha libertado así su corazón. El hacerlo así es su gloria y alegría; su corona diaria de regocijo es hacer la voluntad de Dios, “como en el cielo, así también en la tierra”.

El guarda todos los mandamientos de Dios, y esto con todas sus fuerzas, pues su obediencia es en proporción a su amor. Y por consiguiente, amando a Dios de todo su corazón, le sirve con toda su fuerza, continuamente presentando su alma y cuerpo “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1), completamente y sin reserva dedicándose con todo cuanto tiene y es, a su gloria. Todos los talentos que posee, los emplea constantemente según la voluntad de su Maestro, incluso cada facultad de su alma, y cada miembro de su cuerpo.

Por consiguiente, todo lo hace para la gloria de Dios. En sus ocupaciones de toda clase, no solamente persigue este fin (el cual se sobreentiende es tener ojo sencillo), sino que lo logra; su negocio, sus diversiones, como también sus oraciones, todo sirve a este gran fin. Ya esté sentado en la casa, ya caminando por la calle, sea que se acueste o que se levante, desarrolla con todos sus dichos y hechos este único fin de su vida. Sea que se vista, trabaje, coma o descanse de excesiva labor, todo tiende al adelanto de la gloria de Dios, mediante la paz y buena voluntad entre los hombres. Su regla invariable es esta: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:17).

Ni las preocupaciones del mundo, le impiden correr “la carrera que ha sido puesta delante” (Hebreos 12:1 V.M.). Por lo tanto el acumular “tesoros en la tierra” le es tan dañino como llevar fuego en el pecho.

También como no puede mentir ni a Dios ni al hombre, no puede hablar mal de su prójimo. No puede pronunciar palabras hirientes contra nadie, porque el amor guarda las puertas de sus labios. No puede hablar palabras ociosas; ni inmorales, ni corrompidas salen de su boca. La conversación ociosa es toda aquella que no edifica ni sirve para administrar gracia a sus oidores. Pero, “todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre” (Filipenses 4:8), justamente en esto piensa, y, en consonancia con esto habla y obra “para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10).

Estas son las mismas palabras con que declaré, por primera vez, mis conceptos de la perfección cristiana. ¿Y no se ve bien claro, (1) que éste es el mismo punto al cual yo me encaminaba desde el año 1725, y con más determinación desde el año 1730, cuando empecé a ser homo unius libri, “un hombre de un libro”, no considerando ningún otro comparable con la Biblia? ¿No es igualmente claro, (2) que esta es la misma doctrina que creo y enseño hasta hoy, sin añadir otro punto al concepto de la santidad interior y exterior que he sostenido durante treinta y ocho años? Y es la misma, que por la gracia de Dios, he seguido enseñando desde entonces hasta ahora, según puede verlo toda persona imparcial por medio de las citas que siguen.

Hasta hoy no he sabido de ningún escritor que haya hecho objeción a ese tratado; y por algún tiempo no encontré mucha oposición con respecto al título, es decir, presentada por personas serias. Pero más tarde surgió la oposición, y lo que me sorprendió fue el hecho de que ésta provenía de los hombres religiosos, los que afirmaban, “no hay perfección en la tierra”, atacándonos con vehemencia a mi hermano y a mí por afirmar lo contrario. No esperábamos un ataque tan borrascoso de parte de éstos, especialmente al estar de acuerdo sobre la justificación por la fe, y atribuir toda la salvación a la libre gracia de Dios. Pero lo que más nos sorprendió fue el hecho de que se nos acusara de “deshonrar a Cristo” por la afirmación de que El puede salvar hasta lo sumo (Hebreos 7:25), y afirmar que El reinará sin rival en nuestros corazones, y someterá todo a su voluntad.

La Perfección Cristiana

Sermón publicado

10. Si no recuerdo mal, fue a fines del año 1740, que sostuve en Whitehall una conversación con el doctor Gibson, quien era entonces obispo de Londres. Me preguntó qué quería decir con el término la perfección. Le contesté sin ambages y sin reservas. Al terminar mi exposición, él dijo: “Señor Wesley, si eso es todo lo que usted quiere decir, pu­blíquelo al mundo. Y si alguno puede refutar lo que usted dice, tiene licencia para ello.” Contesté: “Lo haré, señor mío.” Por lo tanto, escribí y publiqué el sermón “La Perfección Cristiana”, en el cual traté de probar: (a) en qué sentido los cristianos no son perfectos, y (b) en qué sentido lo son.

(a) ¿En qué sentido no lo son? No son perfectos en sabiduría. No están libres de equivocaciones. Así como no podemos esperar omnisciencia en un hombre, tampoco podemos esperar infalibilidad. No están libres de flaquezas, tales como debilidad o torpeza de entendimiento o una imaginación anormal ya sea tardía o ligera. Otras flaquezas serían: impropiedad del lenguaje, la pronunciación poco elegante, a las cuales podríamos añadir otros mil defectos innominados de la conversación o conducta. Nadie está perfectamente libre de flaquezas como estas, hasta que su espíritu vuelva de nuevo a Dios. Tampoco podemos esperar hasta entonces estar libres de tentación, porque “el siervo no es mayor que su señor”. En este sentido no hay perfección absoluta en la tierra. No existe perfección en este mundo que no admita un continuo crecimiento.

(b) ¿En qué sentido, pues, son perfectos? Observad, no hablamos de niños en Cristo, sino de cristianos maduros. Pero aun los niños en Cristo (1) tienen tal perfección de no cometer pecado. Esto lo afirma San Juan expresamente (1 Juan 3:9), y no puede ser negado por los ejemplos del Antiguo Testamento. Alguno dirá que los más santos de los antiguos judíos cometieron pecado; pero no debe inferirse de ello que todos los cristianos cometen o tienen que cometer pecado mientras vivan.

“Pero”, uno pregunta, “¿no dicen las Escrituras que un hombre justo peca siete veces al día?”

No dice eso. Dice esto: “Porque siete veces cae el justo” (Proverbios 24:16). Pero esto cambia la idea por completo, porque en primer lugar, las palabras “al día” no se encuentran en el texto. En segundo lugar, no hay mención de caer en pecado. Lo que se menciona es caer en aflicción temporal. Pero en otro lugar Salomón dice: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20). Indudablemente era así en los días de Salomón; y de Salomón hasta Cristo no hubo hombre que no pecara. Pero sea cual fuera el caso de aquellos bajo la ley, podemos afirmar con San Juan, que desde que se ha dado el evangelio “todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Juan 3:9).

Los privilegios de los cristianos no pueden medirse en manera alguna por lo que el Antiguo Testamento registra en cuanto a los que estaban bajo la dispensación judía; siendo que la plenitud del tiempo ya ha venido, que el Espíritu Santo ya ha sido dado, la gran salvación de Dios se les ha brindado a los humanos por la revelación de Jesucristo. El reino de los cielos está establecido en la tierra, acerca de lo cual el Espíritu de Dios declaró en tiempo pasado (¡tan lejos así está David de ser la norma o ejemplo de la perfección cristiana!): “El que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de David como Dios, como el ángel de Jehová delante de ellos” (Zacarías 12:8).

“Pero los mismos apóstoles cometieron pecados; Pedro con sus disimulos, y Pablo con su discusión acre con Bernabé.” Aun concediendo que así fuera, ¿quiere usted razonar de esta manera: “Si dos de los apóstoles cometieron un pecado, todos los cristianos de todas las épocas cometen y deben cometer pecado en tanto que vivan?” No; muy lejos esté de nosotros el hablar de esa manera. Realmente no era necesario que ellos hubieran pecado; sin duda alguna, la gracia de Dios era suficiente para ellos. Y es suficiente para nosotros hoy.

“Pero Santiago dice: ‘Porque todos ofendemos muchas veces’ “(Santiago 3:2).

Sí, lo dice; pero, ¿quiénes son las personas de quien habla? Pues, aquellos “muchos maestros” a quienes Dios no envió; pero no se refiere al Apóstol mismo, ni a ningún verdadero cristiano. Una prueba que el uso de nosotros (una figura de dicción común en todas las escrituras, tanto seculares como sagradas) no puede referirse al Apóstol ni a ningún otro verdadero creyente, aparece primero en el versículo nueve donde dice: “Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres” (Santiago 3:9). ¡Seguramente que no quiere decir nosotros los apóstoles, ni nosotros los creyentes! Segundo, se deduce esto por las palabras que preceden al texto: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos muchas veces.” ¡Nosotros! ¿Quiénes? Ni los apóstoles, ni los verdaderos creyentes, mas aquellos que “recibiremos mayor condenación” por aquellas muchas ofensas. Tercero, el versículo mismo prueba que “todos ofendemos” no puede aplicarse a todos los hombres, ni a todos los cristianos, porque en él se hace mención inmediatamente de un hombre que “no ofende”. Este se distingue de “todos” en la primera parte del versículo, y es llamado “varón perfecto”.

“Pero”, otro dirá, “San Juan mismo dice: ‘Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos’ (1 Juan 1:8). Y dice también: ‘Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros’ ” (1 Juan 1:10).

Yo contesto: 1. El versículo diez aclara el sentido del versículo ocho. Es decir, “Si decimos que no hemos pecado” (versículo 10) es el sentido en que debe tomarse el versículo ocho, “Si decimos que no tenemos pecado”. 2. El punto bajo consideración no es si hemos o no pecado anteriormente; además ninguno de estos versículos afirma que pecamos, o cometemos pecado ahora. 3. El versículo nueve explica tanto el ocho como el diez: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” Es como si él hubiera dicho: “Ya he afirmado que ‘la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado’ (versículo 7). Y ningún hombre puede decir, ‘No la necesito; no tengo ningún pecado del cual debo ser limpio’. ‘Si decimos que no tenemos pecado (es decir, que no hemos cometido pecado), nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.’ Pero, ‘si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo’ no sólo ‘para perdonar nuestros pecados’, sino también para limpiarnos de toda maldad, para que vayamos y no pequemos más.” En conformidad, pues, con la doctrina de San Juan y el tenor del Nuevo Testamento, asentamos esta conclusión: todo cristiano tiene esta perfección en el sentido de que no peca.

Este es el glorioso privilegio de cada cristiano, aún siendo un niño en Cristo. Pero sólo de cristianos desarrollados se puede afirmar que (2) son perfectos en el sentido de ser libres de malos deseos y del mal genio. Primero, de deseos malos, o pecaminosos. ¿Dónde realmente nacen éstos? “Del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos” (Marcos 7:21). Pero si el corazón ya no es malo, entonces de él no pueden proceder malos deseos; porque “no puede el buen árbol dar malos frutos” (Mateo 7:18).

Y así como están libres de malos deseos, lo están también del mal genio. Cada uno de estos cristianos puede decir con San Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20), palabras que manifiestamente describen libertad del pecado interior y exterior. Esta libertad está expresada en forma negativa, “no vivo yo” (es decir, mi naturaleza mala no vive; el cuerpo de pecado ha sido destruido), y positivamente “vive Cristo en mí” y como es natural, junto con El, todo lo santo, justo y bueno. Estas dos frases, “Cristo vive en mí” y “no vivo yo”, están conectadas de manera inseparable. Porque, ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial?

Por lo tanto, Aquel que vive en estos cristianos ha purificado sus corazones por la fe, por cuanto cualquiera que tiene a Cristo, “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27), “se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:3). Está purificado de orgullo; porque Cristo es humilde de corazón. Está libre de su mal deseo y voluntad obstinada; porque Cristo hacía sólo la voluntad de su Padre. Y está libre de ira, en el sentido lato de la palabra; porque Cristo es manso y tierno. Digo en el sentido lato de la palabra, porque El odia el pecado, y tiene compasión por el pecador. Siente disgusto por cada ofensa contra Dios, pero sólo tierna compasión para los delincuentes.

Así salva Jesús “a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:2 1), no sólo de los pecados exteriores, sino también de los pecados de sus corazones. “Es verdad”, dicen algunos, “pero eso no ocurre mientras vivimos, sino en el momento de expirar”. No obstante, San Juan dice: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17).

El Apóstol en esta exposición afirma sin lugar a dudas, que tanto él mismo como todos los cristianos, no sólo des­pués de la muerte, sino también en este mundo, son como su Maestro.

En estricta conformidad con esto San Juan nos dice en el primer capítulo: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5). “Pero si andamos en la luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). En otro versículo dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (versículo 9). Ahora, es evidente que el Apóstol habla aquí de una liberación llevada a cabo en este mundo. Porque él no dice: La sangre de Cristo limpiará en la hora de la muerte, o en el día del juicio, sino que dice, nos limpia actualmente, en el presente, como cristianos vivos, “de toda maldad”. Es igualmente evidente que si queda algún pecado, entonces no estamos limpios de toda maldad. Si queda injusticia en el alma, entonces no está limpia de toda injusticia. Nadie puede afirmar que esto se refiere sólo a la justificación, o a la limpieza de la culpa del pecado: primero, porque así se confunde lo que el Apóstol distingue claramente, pues menciona primero: “para perdonar nuestros pecados”, y entonces dice: “y limpiarnos de toda maldad”; segundo, porque eso es enseñar en el sentido más enfático, la justificación por las obras; es decir, que toda santidad inte­rior o exterior sea necesariamente previa a la justificación. Porque si la limpieza de la que aquí se habla no es otra que la de la culpa del pecado, entonces no estamos limpios de culpa, es decir, no somos justificados, a menos que andemos en luz “como él está en luz”.

Queda dicho entonces que los cristianos son salvos en este mundo de todo pecado, y de toda maldad, y están en tal sentido perfectos que no cometen pecado, y están libres de malos deseos y de mal genio.

Un discurso de esta clase que contradice directamente la opinión favorita de muchos quienes eran estimados por otros, y posiblemente se consideraban como los mejores cristianos, no podía dejar de ser motivo de gran ofensa para ellos, porque siendo todas estas cosas la verdad, resultaba que ellos no eran los cristianos que pretendían ser. Por lo tanto, yo esperaba muchas protestas y animosidad, pero recibí la agradable sorpresa de que no fue así. No hubo ninguna protesta. Así que seguí tranquilamente mi camino.

Prólogos de Himnarios Publicados

¶ 11. No mucho tiempo después, creo que en la primavera de 1741, publicamos un segundo tomo de himnos. Como la doctrina era todavía mal entendida, y por consiguiente mal representada, juzgué necesario explicar más aún sobre ella; lo cual hice en el prólogo en la forma que sigue:

Este gran don de Dios, la salvación de los hombres, no es otra cosa que su imagen estampada en el corazón. Es una renovación del espíritu de sus mentes a la semejanza de Aquel que los creó. Dios ahora ha puesto el hacha a la raíz del árbol del corazón, purificándolo por la fe, y limpiando todos sus pensamientos por la inspiración de su Santo Espíritu. Con la esperanza de que verán a Dios tal como El es, se purifican “así como él es puro” (1 Juan 3:3), y son santos en todas sus actividades como Aquel que los ha llamado, es santo. No que hayan alcanzado todo lo que alcanzarán, o que en este sentido son perfectos. Pero, diariamente van de gracia en gracia, mirando ahora, “como en un espejo la gloria del Señor”, y son transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).

“Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17), libertad “de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2) que los hijos de este mundo no creen, a pesar de ver este hecho cumplido en el testimonio de los fieles. A estos seres renovados el Hijo liberta de esa profunda raíz de pecado, amargura y orgullo. Sienten que toda su suficiencia es de Dios, que sólo El está en todos sus pensamientos, el cual obra en ellos “así el querer como el obrar de su buena voluntad” (Filipenses 2:13, V.M.). Sienten que no son ellos quienes hablan, sino el Espíritu de su Padre que habla en ellos, y todo cuanto es hecho por sus manos, es la obra del Padre que está en ellos. De manera que Dios es para ellos su todo en todo, y ellos se sienten como “siervos inútiles”. Están libres de obstinación, deseando solamente la santa y perfecta voluntad de Dios, clamando continuamente desde lo íntimo de sus almas: “Padre, sea hecha tu voluntad.” En todo tiempo hay tranquilidad en sus almas, y sus corazones están firmes e inmovibles. Su paz, corriendo como un río, “sobrepasa todo entendimiento”, y ellos se regocijan “con gozo inefable y glorioso”.

No quiero decir que todo aquel que no haya sido de tal manera renovado en amor sea un hijo del diablo. Al con­trario, quienquiera que tiene segura confianza en Dios de que por los méritos de Cristo sus pecados le son perdonados, es un hijo de Dios; y si permanece en El, es heredero de todas las promesas. No debe de ningún modo perder su confianza o negar la fe que ha recibido porque sea débil, o porque ésta sea probada con fuego, aun cuando su alma esté abatida por múltiples tentaciones.

La Conversión no Obra la Salvación Completa

Tampoco nos atrevemos a afirmar, como han hecho algunos, que toda esta salvación es dada de una vez. Hay realmente una obra instantánea de Dios en sus hijos, como también gradual, y sabemos que existe una nube de testigos quienes han recibido en un momento dado o un conocimiento claro de sus pecados perdonados, o el testimonio del Espíritu Santo. Pero no tenemos conocimiento de un solo caso, en ninguna parte, de una persona que haya recibido, en el mismo momento, remisión de pecados, testimonio del Espíritu, y un corazón limpio y nuevo.

No podemos realmente decir cómo obra Dios, pero la manera general en que lo hace es ésta: aquellos que una vez confiaron en sí mismos creyéndose que eran justos, y que tenían abundancia de bienes sin necesidad de ninguna cosa, ahora, redargüidos por la palabra de Dios, aplicada por el Espíritu Santo, se dan cuenta de que en verdad son pobres y desnudos. Todas las cosas que han hecho son traídas a su memoria y presentadas delante de ellos mismos, de manera que ven la ira de Dios sobre ellos y reconocen que merecen ser condenados al infierno. En su angustia claman al Señor, y El les enseña que les ha perdonado sus pecados, y establece el reino de los cielos en sus corazones, que se traduce en “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). El dolor y la pena han desaparecido, y el pecado no les domina ya más. Sabiendo que han sido justificados gratuitamente por la fe en su sangre, tienen “paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1), se regocijan “en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:2), y “el amor de Dios ha sido derramado” en sus corazones (Romanos 5:5).

Lo que Viene después de la Conversión

En este estado de paz permanecen por algunos días, semanas, o aun meses, y generalmente suponen, que no tendrán más guerra, hasta que algunos de sus viejos adversarios, sus pecados internos, o los pecados que más fácilmente les vencían (tal vez la ira o los malos deseos) les asaltan duramente para vencerles de nuevo. Entonces nace el temor de que no podrán perseverar hasta el fin, y a menudo piensan que tal vez Dios los haya olvidado, o que se han engañado al pensar que sus pecados habían sido perdonados. Bajo estas dudas, especialmente si razonan con el diablo, andan amargados todo el tiempo. Pero raras veces se prolonga este estado antes de que su Señor responda por Sí mismo, enviándoles el Espíritu Santo para consolarles y asegurarles continuamente en su espíritu de que son hijos de Dios (Romanos 8:16). Entonces se tornan mansos y apacibles y dóciles como los niños pequeños.

La Depravación en el Corazón del Convertido

Es ahora cuando por primera vez se dan cuenta del negro estado de sus corazones, el cual a Dios no le plugo revelárselos antes, a fin de que no desmayaran. Ahora ven toda la abominación que se oculta en ellos mismos, la pro­fundidad del orgullo, de su terquedad y del infierno mismo. Sin embargo, en medio de esta dura prueba, la cual aumenta cada vez más el convencimiento de su propia impotencia, y su anhelo inexplicable de una plena renovación en la imagen de Dios (la cual es en justicia y en santidad de verdad), con todo, tienen en sí mismos este testimonio: “Eres heredero de Dios y coheredero con Cristo.” Entonces Dios tiene memoria del deseo de aquellos que le temen y les da un ojo sencillo y un corazón puro; imprime sobre ellos su propia imagen e inscripción; los crea de nuevo en Cristo Jesús; viene a ellos con su Hijo y su bendito Espíritu; y haciendo de sus almas su morada, los hace entrar en el reposo que queda “para el pueblo de Dios” (Hebreos 4:9).

No puedo menos que hacer notar aquí, que, nuestra doctrina presente, sea buena o mala, es la misma que enseñé desde el principio. No hemos añadido nada a ella ni en prosa ni en verso, que no esté aquí ya contenido. No necesito dar pruebas adicionales de esto por medio de una multiplicación de citas del libro. Tal vez baste con citar parte de un solo himno, de la última parte del libro:

EL DESCANSO DE LA FE

Señor, yo creo que un descanso queda

Para todo tu pueblo conocido.

Un descanso do reina puro goce,

Y Tú eres el ser amado.

Un descanso do los deseos de nuestras almas

Están fijos en las cosas de arriba,

Do expiran la duda y el dolor,

Vencidos por el perfecto amor.

De todo motivo vil

Nos ha librado el Hijo,

Y los poderes del infierno pisamos

En gloriosa libertad.

Seguros en el camino de la vida,

Sobre la muerte, el mundo y el infierno nos elevamos;

Y perfeccionados en amor

Encontramos nuestro muy buscado paraíso.

¡Oh que yo el descanso ahora llegue a conocer,

A creer y en él entrar!

Señor, ahora el poder concede

Para que yo deje de pecar.

De mi corazón quita esta dureza,

Esta incredulidad aleja:

Del descanso de la fe hazme participar

Y de tu amor gozar.

¡Ven presto, oh Señor, Y a mi alma desciende!

No te alejes de tu criatura, Mi autor y fin.

Que no se retarde más

La dicha que para mí has preparado:

Llegue hasta mí el premio excelente

Para el cual en primer lugar fui hecho.

¡Ven Padre, Hijo y Espíritu,

Y ponme el sello de tu morada!

Que todo lo que soy en ti se pierda:

¡Que todo sea perdido en Dios!

—Carlos Wesley, 1740

¿Puede haber algo más claro? (1) Aquí hablamos de la salvación plena y sublime de Dios expresada como mejor hemos podido. (2) Hablamos de ella como recibida por mera fe, e impedida sólo por la incredulidad. (3) Que esta fe, y por consiguiente la salvación que trae, es presentada como algo que puede recibirse en un instante. (4) Afirmamos que ese instante puede ser ahora, que no necesitamos esperar un momento más: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día” de esta plena salvación (2 Corintios 6:2). Y por último, si alguien habla de otro modo, el tal está presentando una doctrina herética entre nosotros.

12. Como un año más tarde, en 1742, publicamos otro tomo de himnos. Habiendo la controversia llegado ya al colmo, hablamos más extensamente sobre este tema que nunca antes. En efecto un buen número de los himnos de este libro tratan expresamente sobre este asunto, como también el prólogo; el cual, como es corto, no está de más incluirlo aquí:

Tal vez el prejuicio general contra la doctrina de la perfección cristiana puede haber nacido de una errónea interpretación de la naturaleza de ella. Gustosamente ad­mitimos, y continuamente declaramos, que no hay en esta vida tal perfección que nos exima de hacer el bien y atender a todas las ordenanzas de Dios por una parte, o que libre de la ignorancia, la equivocación, la tentación o de mil flaquezas más relacionadas con sangre y carne.

En primer lugar, admitimos y sinceramente sostene­mos que en esta vida no hay tal perfección que nos exima de la obediencia a los mandamientos de Dios, o de hacer el bien a nuestros semejantes mientras vivamos “y mayormente para con los que son de la familia de la fe” (Gálatas 6:10, V. M.). Creemos que es indispensable, tanto a los recién nacidos en Cristo, como también a los ya maduros en el camino que, cuantas veces puedan, participen de la Santa Cena, escudriñen las Sagradas Escrituras, y por me­dio de ayunos `y templanza mantengan sus cuerpos bajo Sujeción, y sobre todo, que derramen sus almas en oración, tanto secreta como públicamente.

En segundo lugar, creemos que no hay tal perfección en esta vida que comprenda una completa inmunidad en cuanto a la ignorancia o a los errores en cosas no esenciales a la salvación, o a las múltiples tentaciones, o numerosas flaquezas con las cuales el cuerpo corruptible más o menos afecta el alma. No encontramos en las Escrituras ninguna base que nos haga suponer que el hombre nacido de mujer pueda estar enteramente exento de enfermedades físicas o de ignorancia de muchas cosas, o sea incapaz de equivo­carse, o de caer en diversas tentaciones.

Surge esta pregunta: “Pero, ¿a quién se refieren en­tonces cuando hablan de uno que es perfecto?” Nos re­ferimos a uno que tiene “la mente del Señor” (1 Corintios 2:16) y que anda como Cristo anduvo (1 Juan 2:6), un hombre de “manos limpias y corazón puro” (Salmos 24:4, V.M.). En otras palabras, un hombre perfecto es limpio de “toda contaminación de carne y de espíritu” (2 Corin­tios 7:1), uno en quien no hay ocasión de tropiezo, y que por consiguiente, no comete pecado. Para aclarar esto un poco más, entendemos por esa expresión bíblica “hombre perfecto”, uno en quien esta promesa de Dios se ha cum­plido: “De todas vuestras impurezas, y de todos vuestros ídolos os limpiaré…os salvaré de todas vuestras in­mundicias” (Ezequiel 36:25, 29, V.M.). Entendemos por esto, uno a quien Dios ha santificado en todo, “espíritu, alma y cuerpo” (1 Tesalonicenses 5:23), uno que anda en la luz “como él está en luz”, en quien no hay sombra de tinieblas, porque la sangre de Jesucristo le ha limpiado de todo pecado (1 Juan 1:7).

Tal hombre puede ahora testificarle al mundo así:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Entonces El es santo como Dios quien le ha llamado es santo, tanto de corazón como “en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1-15). Ama al Señor su Dios de todo su corazón y le sirve con todas sus fuerzas. Ama a su prójimo como a sí mismo, así como Cristo nos ama; particularmente a aquellos que le desprecian y persiguen, porque no conocen al Hijo, ni al Padre. Su alma es verdaderamente todo amor, llena de “entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12). Su vida, por lo tanto, está llena de fe, paciencia, esperanza y de obras de amor. Y todo cuanto hace, sea en palabra o en hecho, lo hace todo en el nombre y en el amor y poder del Señor Jesús. En resumen él hace la voluntad de Dios, “como en el cielo, así también en la tierra”.

He aquí lo que quiere decir ser un hombre perfecto, es decir, un hombre santificado cabalmente: es tener un cora­zón ardiendo en el amor de Dios, o como dice el arzobispo Archer, “un corazón que continuamente ofrece cada pensamiento, palabra y obra como un sacrificio espiritual, agradable a Dios en Cristo. En cada pensamiento de nues­tros corazones, en cada palabra de nuestras lenguas, en toda obra de nuestras manos, expresamos alabanza a Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa”. ¡Que todos nosotros, como todos aquellos que buscan al Señor sinceramente, seamos hechos perfectos en uno!

Esta es la doctrina que predicamos desde el principio, y que predicamos hasta hoy. Es verdad que examinándola bajo todo punto de vista, y comparándola una y otra vez con la Palabra de Dios por un lado, y la experiencia de sus hijos por otro, tuvimos una visión más clara de la natura­leza y de las propiedades de la perfección cristiana. Pero a pesar de esto, ninguna contradicción hay entre nuestros Primeros conceptos y los últimos. Nuestro primer concepto de la perfección cristiana fue este: Tener la mente de

Cristo y andar como El anduvo, tener toda la mente que hubo en Cristo y andar, no por un tiempo sino siempre como El anduvo. Quiere decir, en otras palabras, estar interior y exteriormente consagrados a Dios; una consagración de corazón y vida. Tenemos el mismo concepto ahora sin añadirle ni quitarle. Muchos son los himnos que expresan nuestros conceptos a ese respecto.

Conferencias sobre la Perfección Cristiana

¶ 13. El lunes 25 de junio de 1744, dimos principio a nuestra primera conferencia, estando presentes seis clérigos y todos nuestros predicadores. A la mañana siguiente consideramos seriamente la doctrina de la santificación o perfección. Las preguntas hechas concernientes a ese estado, y la esencia de las respuestas dadas fueron como sigue:

Pregunta — ¿Qué quiere decir ser santificado?

Respuesta — Ser renovado a la imagen de Dios “en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).

Pregunta — ¿Qué se entiende por ser un cristiano perfecto?

Respuesta El amar a Dios con todo nuestro corazón, mente y alma (Deuteronomio 6:5).

Pregunta — ¿Quiere esto decir, que es quitado todo pecado interior?

Respuesta — Indudablemente: ¿De qué otro modo pudiéramos ser salvos de todas nuestras inmundicias? (Ezequiel 36:29).

¶ 14. Nuestra segunda conferencia se dictó el primero de agosto de 1745. En la mañana del día siguiente hablamos de la santificación en los términos que siguen:

Pregunta — ¿Cuándo principia la santificación interior?

Respuesta: —  Desde el momento que un hombre es justificado. (Sin embargo, el germen de todo pecado permanece en él hasta que sea santificado cabalmente.). Desde ese momento un creyente muere gradualmente al pecado y crece en gracia.

Pregunta — Por lo general, ¿no es santificado el hombre únicamente momentos antes de morir?

Respuesta — Si esto ocurre así, es por su falta de fe para recibirla antes.

Pregunta — Pero, ¿podemos tener fe para recibirla antes?

Respuesta — Claro que sí. Pues aunque admitimos (1) que la generalidad de los creyentes quienes hasta hoy hemos conocido no fueron santificados de tal modo hasta momentos antes de su muerte, (2) que pocos de aquellos a quienes San Pablo escribió sus epístolas lo estaban cuando él les escribió, y (3) que ni el mismo San Pablo cuando escribió sus primeras epístolas lo estaba, sin embargo, todo esto no es una prueba que refute el que podamos ser cabalmente santificados ahora.

Pregunta — ¿Cómo debemos predicar la santificación?

Respuesta — Debemos presentarla de una manera persuasiva y atractiva sin apelar a la fuerza, a los que marchan adelante; y a los indiferentes, presentársela con cuidado.

¶ 15. Nuestra tercera conferencia tuvo lugar el 26 de mayo de 1746. En ésta leímos cuidadosamente las actas de las dos anteriores, para averiguar si había que cambiar o modificar algo de su contenido después de más madura consideración. Pero no encontramos nada que nos diera motivo para cambiar lo que anteriormente habíamos acordado.

¶ 16. El martes 16 de junio de 1747, nos reunimos para nuestra cuarta conferencia. Como varias personas estaban presentes quienes no creían en la doctrina de la perfección cristiana, acordamos examinarla desde su fundamento. Para tal efecto, se hicieron las siguientes preguntas:

Pregunta — ¿En qué puntos están de acuerdo con nosotros esos hermanos nuestros que difieren de nosotros con respecto a la entera santificación?

Respuesta — Ellos admiten: Primero, que cada uno debe ser cabalmente santificado en la hora de la muerte; segundo, que hasta entonces el creyente diariamente puede crecer en la gracia, acercándose más y más a la perfección cristiana; tercero, que debemos perseguir continuamente este fin y exhortar a todos los otros a hacer lo mismo.

Pregunta — ¿Qué les concedemos nosotros?

Respuesta — Concedemos: 1. Que muchos de los que han muerto en la fe, la mayor parte de ellos, conocidos nuestros, no fueron perfeccionados en amor sino hasta poco antes de su muerte. 2. Que el término santificado es comúnmente aplicado por San Pablo a todos los justificados. 3. Que por este término santificado el Apóstol rara vez, si acaso alguna vez, quiere decir la salvación de todo pecado. 4. Por consiguiente no es propio usarlo en tal sentido sin añadirle la palabra entera, o cabalmente santificado, etc. 5. Que los escritores inspirados casi siempre hablan de los justificados, o a ellos, ¡pero raras veces a los enteramente santificados o de ellos!1 6. Que por consiguiente nos conviene hablar casi continuamente del estado de justificación, pero más raramente2 (al menos en términos explícitos) con respecto a la completa santificación.

Pregunta — ¿Cuál es, pues, el punto donde nos dividimos?

Respuesta — Es éste: ¿Debemos esperar ser salvos de todo pecado antes del momento de expirar?

La Prueba Bíblica de la Doctrina

Pregunta — ¿Hay alguna promesa bíblica que diga claramente que Dios nos salvará de todo pecado?

Respuesta — La hay. “Y él redimirá a Israel de todos sus pecados” (Salmos 130:8). Esta promesa está expresada con más amplitud en la profecía de Ezequiel: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré…Y os guardaré de todas vuestras inmundicias…“ (Ezequiel 36:25, 29). No puede haber promesa más clara. A ella se refiere el Apóstol en aquella exhortación: “Teniendo pues tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1, V.M.). Igualmente clara y expresiva es aquella antigua promesa: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deuteronomio 30:6).

Pregunta — Pero, ¿ocurre en el Nuevo Testamento alguna afirmación parecida?

Respuesta — Sí, ocurre, y escrita en términos muy claros. Juan dice, sin limitaciones ni restricciones, en 1 Juan 3:8: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”, y sabemos que todo pecado es obra del diablo. Semejante a ésta es la declaración de San Pablo: Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella…a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25, 27).

Además su declaración en Romanos 8:3, 4 trata el mismo punto: Dios envió a su Hijo “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.

Pregunta — ¿Hay en el Nuevo Testamento otras pruebas fuera de éstas para que esperemos esta salvación de todo pecado?

Respuesta — Indudablemente que sí; tanto en las oraciones que encontramos en el Nuevo Testamento, como en los mandatos, los cuales son equivalentes a las más fuertes afirmaciones.

Pregunta — ¿A cuáles oraciones hace referencia?

Respuesta — A las oraciones por la entera santificación, que, de no existir ésta, serían una burla de parte de Dios. Tales son, para ser explícito: 1. “Líbranos del mal” (Mateo 6:13). Bien, cuando esto haya sido hecho y seamos librados de todo mal, no podemos tener pecado. 2. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en tipara que sean perfectos en unidad” (Juan 17:20, 21, 23). 3. “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:14-19). 4 “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:23).

Pregunta — ¿Qué mandamientos hay al mismo fin?

Respuesta — 1. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). 2. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Si el amor de Dios llena todo el corazón, no puede haber en él pecado.

Pregunta — Pero, ¿cómo se prueba que esto ha de ser hecho antes del momento de morir?

Respuesta — 1. Por la misma naturaleza del mandamiento, el cual es dado no a los muertos sino a los vivos. Por tanto, “amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón” no puede significar que harás esto cuando mueras, sino mientras vivas. 2. De varios textos de las Escrituras: (a) “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14). (b) “Y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo…del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lucas 1:69, 73-75).

Pregunta — ¿Hay en las Escrituras algún ejemplo de personas que hayan alcanzado ese estado?

Respuesta — Sí; San Juan, y todos aquellos de quienes él dice: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17).

Pregunta — ¿Puede mostrar un ejemplo ahora? ¿Dónde está el que es así perfecto?

Respuesta — Con razón se podría contestar a algunos de los que hacen esta pregunta: Si conociera a tal persona aquí, no se lo diría, porque no pregunta impelido por amor. Usted es como Herodes: busca “al niño para matarlo”.

Pero más directamente contestamos: Hay varias razones para que hayan pocos ejemplos, si acaso alguno, que sean indisputables. ¡Cuántos inconvenientes traería esto sobre la persona misma, puesta como el blanco para todos los dardos!

¡Y cuán poco provechoso sería a los contradictores! Porque “si no oyen a Moisés y a los profetas”, a Cristo y sus apóstoles, “tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:31).

Pregunta — ¿No es posible que sintamos aversión hacia alguno de aquellos que dicen que son salvos de todo pecado?

Respuesta — Es muy posible, y esto por varias razones; en parte, por nuestra ansiedad por el bien de las almas, que pueden ser perjudicadas si no viven conforme profesan; también por una cierta envidia implícita contra los que dicen tener bendiciones más ricas que las nuestras; y en parte por nuestra natural morosidad y poca disposición de nuestros corazones para creer las obras de Dios.

Pregunta — ¿Por qué no podemos continuar en el gozo de la fe hasta ser perfeccionados en amor?

Respuesta — ¡No hay razón alguna! Pues el dolor piadoso no apaga este gozo. Aún estando bajo la cruz, participando hondamente de los sufrimientos de Cristo, podemos regocijarnos con gozo indecible.

Por estas citas bíblicas y las razones expuestas se ve claramente, no sólo la opinión de mi hermano y la mía, sino también el juicio de todos los predicadores en relación con nosotros durante los años 1744, ‘45, ‘46, y ‘47. No recuerdo haber oído en ninguna de aquellas conferencias ni una voz contenciosa; al contrario, cualquier duda que pudiera haber al reunirnos, desaparecía antes de separarnos.

17. En el año 1749 mi hermano publicó dos tomos de Himnos y poemas sagrados. Como no vi. éstos antes de ser publicados, algunos no tuvieron mi aprobación. Pero acepté la mayoría de los himnos sobre este tema.

18. En el año 1752 se publicó una segunda edición de estos himnos sin otros cambios que la corrección de algunos errores literarios.

He sido más extenso en estas citas porque ellas demuestran, sin posibilidad de excepción, que hasta hoy, tanto mi hermano como yo, hemos mantenido: 1. Que la perfección cristiana es el amor a Dios y a nuestro prójimo, y denota libertad de todo pecado. 2. Que es recibida meramente por la fe. 3. Que es dada instantáneamente. 4. Que a cada instante debemos esperarla, que no debemos esperar hasta el momento de morir para obtenerla, que ahora, ya, es el tiempo propicio, el día de salvación.

Pensamientos sobre la Perfección Cristiana

Publicado en 1759

19. En la conferencia del año 1759, previendo el peligro de que pudiera introducirse clandestina y sutilmente entre nosotros una diversidad de opiniones, volvimos a considerar extensamente esta doctrina; y poco después publiqué el folleto Pensamientos sobre la perfección cristiana, con la siguiente advertencia a manera de prólogo:

El motivo de este folleto no es satisfacer la curiosidad de ningún hombre; tampoco es probar extensamente la doctrina, en oposición a los que la refutan y ridiculizan; ni para contestar las numerosas objeciones que contra ella puedan levantarse, aun por hombres serios. Mi intención es simplemente declarar cuáles son mis conceptos sobre el particular: lo que según mi manera de ver incluye la perfección cristiana, y lo que excluye, y añadir algunas observaciones e instrucciones prácticas en relación con ella.

Como estos pensamientos en su principio vieron la luz en forma de preguntas y respuestas, se dejan en la misma forma. Son los mismos que he abrigado por más de veinte años.

Pregunta — ¿Qué es la perfección cristiana?

Respuesta — Es el amar a Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerza. Esto indica que nada de mal genio, nada contrario al amor, queda en el alma; y que todos los pensamientos, palabras, y acciones, son gobernados por amor puro.

Pregunta — ¿Afirma usted que esta perfección excluye toda flaqueza, ignorancia, y error?

Respuesta — Hoy, como ayer, afirmo exactamente lo contrario.

Pregunta — Pero, ¿cómo puede todo pensamiento, palabra y obra ser gobernada por amor puro, y el hombre estar al mismo tiempo sujeto a ignorancia y error?

Respuesta — No veo ninguna contradicción en eso. Un hombre puede estar lleno de amor puro, y a la vez sujeto a equivocaciones. Yo, ciertamente, no espero estar libre de equivocaciones hasta que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad. Considero las equivocaciones como una consecuencia natural del alma morando en sangre y carne. No podemos ahora pensar, sino por la mediación de estos órganos corporales, los cuales han sufrido igualmente con todo el resto de nuestro organismo las consecuencias del pecado. Por lo tanto no podemos evitar a veces equivocarnos en nuestros pensamientos, hasta que lo corruptible sea vestido de incorrupción.

Pero podemos desarrollar más este pensamiento. Un juicio equivocado puede ocasionar una práctica errónea. Por ejemplo: El error del señor De Renty con respecto a la naturaleza de la mortificación, nacido del prejuicio de una falsa enseñanza, ocasionó la práctica errónea de usar él una faja de hierro. Puede haber mil casos semejantes aún en personas que estén en el estado más alto de gracia. Pero, donde cada palabra y acción nace del amor, tal error no es propiamente un pecado. Sin embargo, no puede soportar el rigor de la justicia de Dios, y por eso necesita la sangre expiatoria.

Pregunta — ¿Cuál fue la opinión de todos nuestros hermanos que se reunieron en Brístol en agosto de 1758, sobre este particular?

Respuesta — Fue expresada en estas palabras: 1. Podemos equivocarnos mientras vivamos. 2. Una opinión errada puede ocasionar una práctica errónea. 3. Cada error de esa naturaleza es una trasgresión de la ley perfecta. 4. Por tanto, esos errores, si no fuera por la sangre expiatoria, le expondrían a la condenación eterna. 5. Quiere decir, pues, que los más perfectos tienen continua necesidad de los méritos de Cristo aún por sus transgresiones actuales, y pueden decir por sí mismos, como por sus hermanos: “Perdónanos nuestras deudas.”

Esto explica lo que de otro modo parecería enteramente inexplicable; es a saber, que algunos no se ofenden cuando hablamos del grado superlativo del amor, pero no quieren escuchar de la vida sin pecado. La razón es esta: Ellos saben que todo hombre está expuesto a equivocarse tanto en la práctica como en juicio; pero no saben, o no observan, que eso no es pecado si el amor es el único móvil de la acción.

Pregunta —Pues bien, si viven sin pecado, ¿no excluye esto la necesidad de un mediador? A lo menos, ¿no queda demostrado claramente que ya no tienen necesidad de Cristo como sacerdote?

Respuesta —Lejos de eso. Ninguno siente tanto como éstos, su necesidad y dependencia de Cristo, puesto que Cristo no da vida al alma aparte de El, sino en Sí mismo. Por lo tanto, sus palabras son igualmente aplicables a todos los hombres, en cualquier estado de gracia en que se encuentren: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.. . porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4, 5).

Los Enteramente Santificados

Necesitan la Expiación

Necesitamos a Cristo en todo estado de gracia por las siguientes razones: 1. Cualquier gracia que recibimos es un don gratuito de El. 2. La recibimos como una dádiva, y meramente en consideración del precio que El pagó. 3. Recibimos esta gracia, no solamente de Cristo sino en Cristo. Porque nuestra perfección no es como la de un árbol, que florece por la savia absorbida por su propia raíz, sino, como dijimos antes, como la de una rama, que, unida a la vida, lleva frutos; pero separada de ella se marchita y se seca. 4. Todas nuestras bendiciones, temporales, espirituales y eternas, dependen de su intercesión por nosotros, la cual es parte de su oficio sacerdotal, del cual siempre tenemos necesidad. 5. Aun los mejores cristianos necesitan continuamente la mediación sacerdotal de Cristo, para que haga expiación por sus omisiones, sus faltas (como muy bien dicen algunos), sus errores en pensamiento y práctica, y sus muchos defectos. Pues todos estos son desviaciones de la ley perfecta, y por consiguiente necesitan la expiación. Sin embargo, deducimos por las palabras de San Pablo, que no son realmente pecados: “El amor no obra mal al prójimo: el amor pues es el cumplimiento de la ley” (Romanos 13:10, V.M.). Así que, los errores y cualquier flaqueza que necesariamente se deben al estado corruptible del cuerpo, no son de ningún modo contrarios al amor; y por lo tanto, no son pecados en el sentido bíblico.

Transgresiones Involuntarias y Perfección

sin Pecado

Para ser más explícito sobre este punto, diré: 1. No sólo lo propiamente llamado pecado (la trasgresión voluntaria de una ley conocida), sino lo impropiamente llamado pecado (la trasgresión involuntaria de una ley divina, ya sea conocida o no), necesita la sangre expiatoria. 2. Creo que no hay tal perfección en esta vida que excluya estas transgresiones involuntarias, las cuales, entiendo, se deben naturalmente a la ignorancia y los errores que no pueden separarse de la personalidad. 3. Por lo tanto, la perfección sin pecado es una frase que nunca uso, no sea que dé la impresión de contradecirme a mí mismo. 4. Creo que una persona llena del amor de Dios está todavía expuesta a estas transgresiones involuntarias. 5. Usted puede llamar pecado a tales trasgresiones si le place; yo no las llamo así por las razones ya mencionadas.

Pregunta — ¿Qué consejo daría usted a los que las califican así y a los que no las califican como pecado?

Respuesta — A los que no las llaman pecados, les aconsejo que nunca piensen que ellos o cualquiera otra persona están en tal estado de perfección que pueden estar en pie delante de la justicia infinita sin un mediador Tal actitud sería evidencia de la más profunda ignorancia, o de la más descarada presunción y arrogancia.

A los que las llaman así, aconsejo tener cuidado de no confundir estos defectos con lo que es propiamente llamado pecado. Pero, ¿cómo podrán evitarlo? ¿Cómo podrá distinguirse el uno del otro, si todos son igualmente llamados pecados? Temo que, si concediéremos que algún pecado es compatible con la perfección cristiana, pocos limitarían la idea a aquellos defectos de los cuales puede ser verdad la afirmación.

Pregunta — Pero, ¿cómo puede una inclinación a errar ser compatible con el amor perfecto? ¿No están las personas perfeccionadas en amor bajo la influencia del mismo a cada momento? ¿Puede del amor puro proceder equivocación alguna?

Respuesta — Contesto: 1. Que muchos errores pueden ser compatibles con el amor puro; 2. Que algunos pueden accidentalmente manar de él: Quiero decir que el amor mismo puede inclinarnos a equivocaciones. El amor puro hacia nuestro prójimo, nacido del amor de Dios, no piensa mal, todo lo cree y todo lo espera. Ahora, esta misma cualidad de ser confiado, pronto para creer y esperar lo mejor de todos los hombres, puede hacernos creer que algunos hombres son mejores de lo que son en realidad. He aquí entonces una equivocación manifiesta, manando accidentalmente del amor puro.

Pregunta — ¿Cómo podremos evitar el colocar la perfección cristiana demasiado alta o demasiado baja?

Respuesta — Limitándola a la Biblia, y colocándola tan alta como ésta lo hace. No es ni más alta ni más baja que esto: El amor puro a Dios y al hombre; el amar a Dios de todo nuestro corazón y de toda nuestra alma, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es el amor gobernando el corazón y la vida, destilándose en nuestro carácter, palabras y acciones.

La Profesión de la Santidad

Pregunta Admitiendo que alguno alcanzare esto, ¿le aconsejaría usted que hablara de ello?

Respuesta Al principio, tal vez le sería difícil contenerse; el fuego ardería de tal manera dentro de él que le impulsaría como un torrente el deseo de declarar la amorosa bondad del Señor. Pero después puede hacerlo, teniendo la precaución de no hablar de ello a los que no conocen a Dios (porque probablemente sólo lograría provocarlos a disentir y a blasfemar); con otros tampoco debe tocar este punto sin una razón particular, sin algún objetivo para el bien de ellos. Y entonces debe tener cuidado de evitar toda apariencia de jactancia, hablando con profunda humildad y reverencia, dando toda la gloria a Dios.

Pregunta — Pero, ¿no sería mejor guardar completo silencio, no mencionarlo para nada?

Respuesta — Por medio del silencio, él podría evitar muchos sinsabores, los cuales natural y necesariamente sobrevendrían si él declarara aún entre los creyentes lo que Dios ha hecho en su alma. En consecuencia, si tal persona consultara con sangre y carne, permanecería en silencio. Pero esto no puede hacerse con tranquilidad de conciencia, porque indudablemente debe hablar. El hombre no enciende una vela para ponerla debajo de un almud; mucho menos el Dios infinitamente sabio. El no levanta tal monumento de su poder y amor para ocultarlo de la humanidad Al contrario, es su intención que sea una bendición general a los de sencillo corazón. Su propósito pues, es no solamente la felicidad de ese solo individuo, sino de animar y alentar a otros a seguir en pos de la misma bendición. Su voluntad es que muchos lo vean y se regocijen, y pongan su confianza en el Señor. No hay otra cosa debajo del cielo que anime más a los justificados, que conversar con aquellos que han experimentado una salvación más alta aún. Esto pone aquella salvación plenamente ante su vista, y aumenta su hambre y sed de obtenerla; una ventaja que se hubiera perdido del todo, si la persona así salvada permaneciera callada.

Pregunta — Pero, ¿no hay medio de evitar estos sinsabores que generalmente caen sobre aquellos que hablan de haber alcanzado tal salvación?

Respuesta — Parece que no se pueden evitar completamente mientras quede tanta carnalidad en los creyentes.

Pero algo se pudiera hacer, si el predicador de cada lugar: 1. Hablase libremente con los que así testifican; y 2. Si lucha para que sean tratados justamente y con amor aquellos en cuyo favor hay prueba razonable

Las Evidencias de Ser Enteramente Santificado

Pregunta — ¿Qué sería esta prueba razonable? ¿Cómo podemos conocer con certeza uno que haya sido salvo de todo pecado?

Respuesta — No podemos infaliblemente conocer uno que haya sido así salvado (ni a uno que ha sido justificado), a menos que le plazca a Dios dotarnos del milagroso discernimiento de espíritus. Pero las siguientes evidencias, si se examinan sinceramente, serán suficientes para no dejar lugar a duda en cuanto a la veracidad y la profundidad de la obra: 1. Si teníamos clara evidencia de su comportamiento ejemplar por algún tiempo antes del supuesto cambio, esto nos dará razón para creer que “no mentirá a Dios”, sino que hablará ni más ni menos de lo que siente; 2. Si en lenguaje sólido que no puede ser refutado diera un relato preciso del tiempo y la manera como se operó el cambio; y 3. Si es evidente que todas sus palabras y acciones subsecuentes son santas e irreprochables.

El resumen del asunto es: 1. Tengo toda razón para creer que esta persona no miente. 2. El testifica delante de Dios de esta manera, “No siento pecado, pero sí siento amor inefable; oro, me regocijo, y doy gracias sin cesar; teniendo tan íntimo y claro testimonio de mi cabal renovación, como de mi justificación”. Ahora, si nada tengo que objetar a este testimonio tan claro, debo por razón natural creerlo.

No perjudica en nada a la doctrina que alguien diga: “Sé de varias cosas en las cuales él está equivocado.” Admitimos que sea así, pues mientras vivamos estamos sujetos a equivocarnos. Un juicio equivocado puede ocasionar equivocaciones prácticas. Pero debemos constantemente pedir a Dios que nos libre de ellas en lo que sea posible. Por ejemplo: Un individuo que ha alcanzado la perfección cristiana puede equivocarse con respecto a otra persona, considerándola, en algún caso especial, más o menos culpable de lo que es en realidad. Debido a esto puede ser que le hable con más o menos dureza que lo que la falta requiere. En este sentido (aunque no sea éste el significado primordial de Santiago), “todos ofendemos muchas veces”. Esto, por tanto, no es una prueba que la persona que así hable no sea perfecta en amor.

Pregunta — Pero, ¿no es una prueba el que se asuste o disguste por un ruido, una caída, o algún peligro repentino?

Respuesta — No lo es, porque uno puede sobresaltarse, temblar, cambiar de color o sufrir otros desórdenes físicos mientras el alma está tranquilamente confiada en Dios, y permanece en perfecta paz. Aun la mente puede estar profundamente angustiada y afligida, perpleja y agobiada por terrible angustia hasta la muerte, y al mismo tiempo adherirse el corazón a Dios por medio de ese amor perfecto, y estar la voluntad completamente sometida a El. ¿No fue así con el mismo Hijo de Dios? ¿Ha sufrido algún hijo de hombre, la angustia, el dolor y la agonía que El sufrió? Y sin embargo El “no conoció pecado”.

Pregunta — Pero, ¿cabe en un corazón puro el preferir alimento agradable en lugar de desagradable, o tratar de agradar los sentidos con un placer que no sea estrictamente necesario? Si es así, ¿cómo son estos cristianos diferentes de otros?

Respuesta — La diferencia entre éstos y los otros al tomar manjares agradables es: 1. Los primeros no necesitan ninguna de estas cosas para hacerles felices, porque tienen un manantial de felicidad dentro de sí. Ven y aman a Dios, y por esto se regocijan siempre dando gracias en todo. 2. Pueden participar de ellos, pero no los buscan. 3. Los usan frugalmente, y no por el valor de la cosa en sí. Habiendo sido establecido esto, contestamos claramente: Esta persona puede gustar manjares deliciosos sin el peligro que acompaña a los que no son salvos del pecado. Puede preferir ésos a comidas desagradables, aunque igualmente saludables, como medio de aumento de gratitud sincera a Dios, quien “nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos”. Bajo este mismo principio, puede oler una flor, comerse un racimo de uvas, o complacerse en alguna otra cosa que no disminuye, mas sí aumenta su deleite en Dios. Por lo tanto, tampoco podemos decir que una persona hecha perfecta en amor sería incapaz de contraer matrimonio o de ocuparse de negocios. Sí fuere llamado para ello, sería más capaz que nunca, pudiendo entonces hacer todas las cosas sin ninguna distracción de espíritu.

Pregunta — Pero si dos cristianos perfectos tuvieren hijos, ¿cómo pueden éstos ser nacidos en pecado no habiendo pecado en sus padres?

Respuesta — Es un caso posible pero no probable. Dudo que haya habido o que pueda haber tal caso. Pero dejando esto a un lado, contestó: El pecado me es transmitido, no por procreación inmediata, sino por mi primer padre. En Adán todos murieron; por la desobediencia de uno, todos fueron hechos pecadores; todo el género humano, sin excepción, estaba en sus lomos cuando él comió del fruto prohibido.

Tenemos una maravillosa ilustración de esto en los huertos. Injertos de manzanas buenas en un tronco de manzanas silvestres dan manzanas excelentes; pero sembrad la semilla de esas frutas, y ¿cuál será el resultado? Producen manzanas puramente silvestres.

La Vida Exterior de los Regenerados y de los

Enteramente Santificados Puede Ser Igual

Pregunta — Pero, ¿qué obras hace el que es perfecto en amor que sobrepasan las obras de los creyentes comunes?

Respuesta — Tal vez ninguna; pues quizá Dios por circunstancias externas lo haya así dispuesto. Tal vez no haga mucho exteriormente, aun cuando su deseo sea hacer todo cuanto pueda para Dios. Quizá ni siquiera hable mucho, ni haga muchas obras, como nuestro Señor mismo ni habló mucho, ni hizo tan grandes obras como hicieron algunos de sus apóstoles (Juan 14:12). Pero eso no prueba que no tiene mayor gracia. Oid lo que Cristo dice: “En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos.” De cierto, este hombre pobre con sus pocas y mal pronunciadas palabras ha dicho más que todos ellos. Esta mujer pobre que ha dado un vaso de agua fría ha hecho más que todos ellos.

¡Oh, cesad de juzgar “según las apariencias”, y aprended a juzgar “con justo juicio”!

Pregunta — Pero, ¿no puede ser una prueba en su contra el que yo no sienta unción ni en sus palabras ni en sus oraciones?

Respuesta — No lo es, porque quizá la culpa sea de usted. Es muy posible no sentir el poder de lo alto si hay alguno de los siguientes obstáculos en el camino: 1. Vuestro adormecimiento del alma. Los fariseos, muertos espiritualmente, no sintieron ese poder, ni aun por las palabras de Aquel que habló como ningún hombre ha hablado (Juan 7:46). 2. Por el pecado oscureciendo la conciencia. 3. Por un prejuicio contra la persona que testifica. 4. Por creer que no es posible obtener ese estado que él profesa haber alcanzado. 5. Por no querer aceptar que dicha persona lo ha obtenido. 6. Por estimarlo demasiado o idolatrarlo. 7. Por tener un concepto más elevado de sí mismo que el que se debe tener. Si existe uno o varios de estos impedimentos, ¿es de sorprenderse que los afectados por éstos no se conmuevan por lo que él dice? Pero, ¿sienten otros esta unción? Si la sienten, vuestro argumento carece de valor, y si no la sienten, puede suceder que su camino esté obstruido por los obstáculos ya citados u otros de la misma índole. Debéis estar seguros de esto antes de formar ningún juicio sobre el particular; y aun así vuestro argumento no probará otra cosa sino que la gracia y los dones no siempre van juntos.

“Pero él no llena mi ideal de un cristiano perfecto.” Tal vez nadie lo ha llenado ni lo llenará. Porque puede ser que vuestro ideal se extienda más allá de las exigencias bíblicas. Puede ser que incluya más de lo que la Biblia enseña, o al menos algo que ella no enseña. La perfección cristiana es el amor puro llenando el corazón, y gobernando todas las palabras y acciones. Si vuestra idea incluye algo más o algo ajeno a esto, no es bíblica; y por consiguiente, no os debéis maravillar que un cristiano bíblicamente perfecto no la pueda llenar.

Temo que muchos tropiezan contra esta piedra. Incluyen tantos ingredientes como les place, no conforme a las Escrituras, mas según la opinión que ellos se han formado acerca de cómo debe ser un cristiano perfecto; y entonces niegan que lo sea cualquiera que no llena esa idea imaginaria. Debemos, por lo tanto, empeñarnos en mantener siempre ante nuestra vista la sencilla enseñanza bíblica. El amor puro reinando solo en el corazón y en la vida, esto es el todo de la perfección bíblica.

El Espíritu Atestigua a Nuestra Completa

Santificación tan Claramente como a

Nuestra Justificación

Pregunta — ¿Cuándo puede una persona saber que ha obtenido esto?

Respuesta — Cuando, después de haber sido convencida del pecado innato por medio de una convicción más profunda y clara de lo que experimentara antes de la justificación, y después de experimentar una mortificación gradual del pecado, experimenta una muerte total al pecado y una renovación en el amor e imagen de Dios, de modo que está siempre gozosa, ora sin cesar, y da gracias a Dios en todo. No es suficiente prueba “sentir sólo amor y nada de pecado”. Varios han experimentado esto antes de que sus almas sean completamente renovadas. Nadie debe, por lo tanto, creer que la obra está hecha hasta que no sea añadido el testimonio del Espíritu Santo, confirmando su entera santificación tan claramente como su justificación.

¿Podemos Ser Engañados?

Pregunta — ¿Por qué es entonces que algunos se imaginan ser santificados, cuando en realidad no lo son?

Respuesta — Esto sucede cuando no se juzgan por todas las señales ya mencionadas, sino por algunas de éstas, o por otras que son ambiguas. Pero no tengo conocimiento de que se haya engañado uno quien manifieste todas estas señales. No creo que haya tal en el mundo. Si un hombre, después de ser justificado se convence profunda y plenamente del pecado innato, y si esta convicción va acompañada: 1. Del amortiguamiento gradual de éste; 2. de una entera renovación a la imagen de Dios superior aun a la que recibió cuando fue justificado; y 3. del claro testimonio del Espíritu Santo, considero tan imposible que tal hombre pueda estar engañado como el admitir que Dios mintiese. Y si un hombre de reconocida veracidad testifica estas cosas, no debo, sin razones justificadas, re­chazar su testimonio.

¿Es Gradual o Instantánea?

Pregunta — ¿Es gradual o instantánea la muerte al pecado y la renovación del amor?

Respuesta — Un hombre puede estar agonizando por mucho tiempo; sin embargo, no está muerto propiamente hablando, hasta el instante en que el alma se separa del cuerpo; y en ese instante pasa a la eternidad. De la misma manera uno puede estar agonizando por algún tiempo en cuanto al pecado; sin embargo no está muerto al pecado hasta que éste sea quitado de su alma, y en este instante pasa a vivir la plena vida de amor. Y así como es dife­rente el cambio que se opera cuando muere el cuerpo, así es infinitamente más sublime el cambio que se opera cuando el pecado es quitado del alma. Este cambio trascendental y sublime no puede ser comprendido hasta haberlo experi­mentado. No obstante esta transformación incomparable, él continúa creciendo en gracia, en amor, y en el conoci­miento de Cristo, reflejando la imagen de Dios, y continua­rá creciendo ahora y por la eternidad.

Pregunta — ¿Cómo debemos esperar este cambio?

Respuesta — En fervorosa, vigorosa y cuidadosa obediencia, en celoso cumplimiento de todos los mandamien­tos, en vigilancia y disciplina, negándonos a nosotros mis­mos, y llevando nuestra cruz diariamente; también en oración sincera y ayunos, y en atento cumplimiento a todas las ordenanzas de Dios, sin permitir que la indiferencia o pereza entorpezca nuestro deseo. Si alguno procura de otra manera obtenerlo (o conservarlo una vez obtenido, aun cuando lo haya alcanzado en toda plenitud), engaña a su propia alma. Es verdad, que lo recibimos por la fe sen­cilla; pero Dios no da, ni dará esa fe a menos que la bus­quemos con toda diligencia y de la manera que El ha or­denado.

Esta exposición puede satisfacer a los que preguntan por qué tan pocos han recibido esta bendición. Mejor, preguntad cuántos la están buscando de la manera indi­cada, y tendréis el secreto de por qué tan pocos la reciben.

El secreto se encuentra en la falta de oración. ¿Quién persevera en la oración? ¿Quién lucha con Dios hasta al­canzarla? Es por esto que Santiago dice: “…no tenéis porque no pedís…porque pedís mal…” (Santiago 4:2, 3), puesto que deseáis ser renovados en las mismas puertas de la muerte. ¡En el momento de la muerte! ¿Te satisfará eso? Creo que no. Pedid a Dios que seáis renova­do ahora; hoy, mientras es día. Esto no quiere decir “se­ñalarle el tiempo a Dios”. De seguro, hoy es su tiempo, igual que mañana. ¡Dáte prisa, hombre, dáte prisa!

Pregunta — ¿Pero no podemos continuar en paz y gozo hasta que hayamos sido perfeccionados en amor?

Respuesta — Seguramente que sí, porque el reino de Dios no está dividido contra sí. Por lo tanto, no deben desanimarse los creyentes de “regocijarse en el Señor siem­pre”. No obstante podemos sentirnos apenados por la naturaleza pecaminosa que aún permanece en nosotros. Es importante tener un sentido claro de ésta, y un deseo ve­hemente de ser librados de ella. Mas esto debe inducirnos a acudir a cada momento a nuestro poderoso Ayudador, a proseguir con más sinceridad hacia la “meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fili­penses 3:14). Y cuando más nos agobia el peso de nuestro pecado, más debemos buscar descanso en su amor.

¿Cómo Tratar a los que Profesan Santidad?

Pregunta — ¿Cómo debemos tratar a los que afirman que la han alcanzado?

Respuesta — Examinándolos con franqueza y exhor­tándoles a orar con fervor, para que Dios les muestre todo lo que hay en sus corazones. Por todo el Nuevo Testamento se exhorta a los que están en este estado más alto de gracia a que abunden en toda gracia, y tomen las mayores pre­cauciones para evitar todo pecado. Esto empero debe ha­cerse cariñosamente, sin aspereza, sin severidad o acritud. Debemos evitar cuidadosamente aun la apariencia de enojo, falta de cariño o menosprecio. Dejad a Satanás ten­tar, y a sus hijos vociferar: “Examinémosle con desprecio y escarnio, para que conozcamos su mansedumbre y pro­bemos su paciencia.” Si son fieles a la gracia que les ha sido dada, no hay peligro de que se pierdan aun cuando estén en una equivocación; no, ni aun si permanecen en ella hasta la muerte.

Pregunta — Pero, ¿qué daño puede hacérseles al tra­tarles ásperamente?

Respuesta — O están equivocados o no lo están. Si lo están, tal tratamiento puede destruir sus almas. Esto no es imposible ni improbable. Puede enfurecerles o desani­marles de tal manera que se hundan para no levantarse jamás. Si no están equivocados, puede hacer sufrir a los que Dios no hace sufrir, y hacer mucho daño a su propia alma. Porque indudablemente el que los toca a ellos es como si tocara la niña del ojo de Dios. Si están verdadera­mente llenos de su Espíritu, el tratarlos con desamor o desprecio es tanto como menospreciar al Espíritu de gra­cia. Por este medio, además, alimentamos en nosotros ma­las conjeturas y mal genio.

¡Qué presunción es esta de levantarnos como inqui­sidores de los demás, como jueces absolutos en estas co­sas profundas de Dios! ¿Estamos capacitados para ese cargo? ¿Podemos declarar en todos los casos hasta dónde llega la flaqueza, y lo que puede y no puede contarse como tal? ¿Somos capaces de establecer lo que en todas las cir­cunstancias es y lo que no es compatible con el amor perfecto? ¿Podemos determinar con precisión cómo estas flaquezas influirán sobre la mirada, los ademanes o el tono de la voz? Si lo podemos, ¡indudablemente somos tales hombres que con nosotros morirá la sabiduría!

Pregunta — Pero si se disgustan porque no se les cree, ¿no es una prueba en contra de ellos?

Respuesta — Según sea el disgusto. Si se encolerizan es prueba en contra de ellos; si se entristecen no lo es. Deben sentirse tristes porque dudamos de una verdadera obra de Dios, privándonos por lo tanto de las bendiciones que de ella hubiéramos recibido. Muy fácilmente confun­dimos esta pena con el enojo por ser muy parecidas las expresiones exteriores de ambos.

Pregunta — Pero, ¿no está bien descubrir a los que se imaginan haberlo alcanzado, cuando no es así?

Respuesta — Está bien hacerlo, por medio de un exa­men benigno y amoroso. Pero no es prudente jactarse contra los que así se engañan. Es una falta de caridad, si al descubrir un caso semejante, nos alegramos como si hu­biéramos encontrado un gran tesoro. ¿No debemos mejor compadecerles, e interesarnos profundamente y dejar que las lágrimas corran libremente? Porque éste parecía ser un testigo viviente del poder salvador de Dios hasta lo sumo; pero ¡ay!, no era como pensábamos. ¡Ha sido pesado en la balanza y encontrado falto! ¿Es esto motivo para regoci­jarnos? ¿No debemos regocijarnos mil veces más al en­contrar sólo el amor puro?

“Pero él se ha engañado.” ¿Entonces qué? Es una equivocación inofensiva mientras él no sienta en su cora­zón nada más que amor. Es una equivocación que general­mente prueba grande gracia, un alto grado tanto de santidad como de felicidad. Esto debe ser motivo de gozo para todos los que son de sencillo corazón; no la equivocación en sí, sino el grado de gracia que por un tiempo la ocasiona. Me regocijo de que esta alma está siempre feliz en Cristo, siempre ora y da gracias. Me gozo al saber que él no siente deseos impuros, mas sí, siente el amor puro de Dios con­tinuamente. Y me regocijaré, si el pecado es suspendido hasta ser totalmente destruido.

Pregunta — ¿No hay peligro en un engaño de esa na­turaleza?

Respuesta — No lo hay mientras él no sienta pecado. Había peligro antes, y lo habrá otra vez cuando se le pre­senten nuevas pruebas. Pero mientras él no sienta otra co­sa que el amor animando todos sus pensamientos, pala­bras y acciones, no está en peligro; está no solamente feliz sino seguro bajo la sombra del Todopoderoso; y ¡por amor de Dios! dejadle continuar en este estado tanto tiempo como él pueda. Mientras tanto, haréis bien en advertirle del peligro que habrá si su amor se muere y el pecado re­vive, del peligro que corre si abandona la esperanza, y si supone que porque no ha alcanzado aún el estado deseado, nunca lo alcanzará.

Pregunta — Pero, ¿qué hay si ninguno lo ha obtenido hasta ahora, si todos los que piensan haberlo alcanzado están engañados?

Respuesta — Convencedme de esto y no lo predicaré más. Pero entendedme bien; no edifico ninguna doctrina sobre esta o aquella persona. Este o cualquier otro hom­bre puede ser engañado, pero eso no me trastorna. Empero, si ninguno ha sido perfeccionado aún, Dios no me ha envia­do a predicar la perfección cristiana.

Vamos a suponer un caso semejante. Por muchos años he predicado que hay una paz de Dios “que sobrepasa todo entendimiento”. Convencedme que estas palabras son una mentira, que en todos estos años ninguno ha ob­tenido esta paz, que no hay hoy un solo testigo vivo de ella, y no la predicaré más.

“Pero, señor Wesley, no es ése nuestro punto. Admi­timos que varias personas han muerto en esa paz.”

Está bien, pero mi punto es: Testigos vivos. Yo no pretendo asegurar de una manera infalible que tal o cual persona sea un testigo de esa paz; pero si yo estuviera se­guro que no existe tal testigo, ya hubiera dejado de predi­car esta doctrina.

“Me entendéis mal, señor Wesley. Creo que algunos de los que han muerto en este amor lo disfrutaban por largo tiempo antes de morir. Pero yo no estaba seguro de la realidad de su testimonio hasta algunas horas antes de su muerte.”

A esto respondo: No teníais, desde luego, una seguridad infalible de que tenían esa paz; aunque sí, pudierais haber tenido esta deducción razonable antes, y tal deduc­ción pudiera haber avivado y confortado vuestra alma y respondido a los fines cristianos. Semejante deducción puede tenerla cualquier persona sincera, hablando por una hora en el amor y temor de Dios con uno que sea testigo vivo de ese estado bendito.

Pregunta — Pero, ¿qué importa que algunos lo hayan obtenido o no, cuando tantos pasajes bíblicos dan testimo­nio de ello?

Respuesta — Si yo estuviese convencido que nadie en Inglaterra hubiera alcanzado lo que tan clara y fuerte­mente ha sido predicado por un buen número de predica­dores, en tantos lugares y por tanto tiempo, sería motivo para creer que todos habíamos interpretado mal el sentido de esas Escrituras; y, en vista de eso, en lo adelante, yo también tendría que enseñar que “el pecado permanece hasta la muerte”.


Santidad

June 28th, 2009

“No todo el que me dice: Señor. Señor, entrará en el reino de los cielos: sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

“Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación…, porque no nos ha llamado Dios a inmundicia sino a santificación” (1 Tesal. 4:3,7). Sin santidad “nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Por lo tanto, “Sed santos” (l Pedro 1:16).

Cualquiera que lea la Biblia sinceramente, no “adulterando la palabra de Dios” (2 Cor. 4:2), verá que enseña claramente que Dios espera que su pueblo sea santo, y que debemos ser santos para poder ser felices y útiles aquí en la tierra y entrar más tarde en el reino de los cielos.

Una vez que el hombre sincero está convencido de que la Biblia enseña estas verdades, y que tal es la voluntad de Dios, preguntará: “¿Qué es esta santidad, cuándo puedo obtenerla y cómo?”

Hay diversidad de opiniones sobre estos puntos, aunque la Biblia es sencilla y clara respecto a cada uno de ellos para todo aquel que busca la verdad sinceramente.

La Biblia nos dice que la santidad es liberación completa del pecado. “La sangre de Jesucristo…, nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1: 7). No queda, entonces, nada de pecado, porque el viejo hombre ha sido crucificado juntamente con él, “para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6: 6), pues somos “libertados del pecado” (Romanos 6: 18).

Y de aquí en adelante, debemos considerarnos como “muertos en verdad al pecado, pero vivos para Dios, en Cristo Jesús” (Rom. 6:11).

También nos dice la Biblia que es “amor perfecto”, lo que, según la propia naturaleza de las cosas, debe expeler del corazón todo odio y todo mal genio contrario al amor, de igual modo como es necesario vaciar por completo una vasija de aceite antes de poder llenarla de agua.

La santidad es, pues, un estado en el cual no existen en el corazón ira, malicia, blasfemia, hipocresía, envidia, afición a la holganza, deseo egoísta del aplauso y buena opinión de los hombres, vergüenza de confesar la cruz, mundanalidad, engaño, contienda, codicia, ni ningún deseo o tendencia mala.

Es un estado en el cual ya no existen más dudas ni temores.

Es un estado en el cual se ama a Dios y se confía en él con corazón perfecto.

Pero aunque el corazón fuere perfecto, la cabeza podrá ser muy imperfecta, y debido a las imperfecciones de la cabeza —de la memoria, del criterio o de la razón— el hombre santo podrá incurrir en muchos errores. No obstante, Dios mira la sinceridad de sus propósitos y el amor y la fe del corazón —no a las imperfecciones de su cabeza— y le llama santo.

La santidad no es la perfección absoluta, que sólo pertenece a Dios; ni es la perfección angelical, ni la perfección adámica, —porque indudablemente Adán tendría un modo de pensar perfecto, tanto como un corazón perfecto, antes que pecara contra Dios— sino que es perfección cristiana: aquella perfección y obediencia del corazón que llega a serle posible a una criatura caída a la cual auxilian el poder supremo y la gracia sin límites.

Es ese estado del corazón y vida que consiste en ser y hacer, todo el tiempo, —y no de vez en cuando y a saltos, sino de manera permanente— exactamente aquello que Dios quiere que seamos y hagamos.

Jesús dijo: “Haced el árbol bueno, y su fruto bueno” (Mateo 2:33). El manzano es manzano todo el tiempo y no puede dar otro fruto que no fuere manzanas. Así la santidad es aquella renovación perfecta de nuestra naturaleza que nos hace esencialmente buenos, de modo que continuamente demos fruto para Dios: “el fruto del Espíritu” que “es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, fe, manse­dumbre, templanza” (Gálatas 5:22,23), sin que jamás ninguna de las obras de la carne se injerten en este fruto celestial.

¡Gloria a Dios! Es posible aquí mismo en la tierra, donde el pecado y Satanás nos ha arruinado, que el Hijo de Dios nos transforme de tal modo, que nos dé poder para dejar a un lado al “viejo” hombre “y sus obras” y “vestir el nuevo que es creado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad” (Efesios 4:22, 24), siendo renovados “conforme a la imagen del que los creó” (Col. 3:10).

Pero alguien objeta y dice: “Sí, todo lo que dice es verdad, sólo que yo no creo que podamos ser santos hasta la hora de la muerte. La vida cristiana es una guerra y debemos pelear la buena batalla de la fe hasta la muerte, y entonces, creo que Dios nos dará gracia para morir”.

Muchos sinceros cristianos piensan así, y por eso no hacen ningún verdadero esfuerzo por estar “firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Col. 4:12) para ello en el momento presente. Y aunque oran diariamente diciendo: “Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10), no creen, sin embargo, que sea posible que puedan hacer la voluntad de Dios. Por lo tanto, en realidad hacen a Jesús autor de una vana oración, que es sólo una inútil burla repetir.

Pero es tan fácil para mí ser y hacer lo que Dios quiere que sea y haga en esta vida, todos los días, como lo es para el ángel Gabriel ser y hacer lo que Dios quiere de él, De no ser esto así, Dios no sería ni bueno ni justo en lo que requiere de mí.

Dios quiere que yo le ame y sirva de todo corazón, y el ángel Gabriel no puede hacer más. Y mediante la gracia de Dios es tan fácil para mí hacerlo, como lo es para el arcángel.

Además Dios me promete que si yo retorno al Señor y obedezco su voz… con todo mi corazón y con toda mi alma, él circuncidará mi corazón… para que le ame con todo el corazón y toda el alma (Deut. 30:2,6). También promete ayudarnos a “que, librados de nuestros enemigos, sin temor” le sirvamos “en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lucas 1:74,75).

Esta promesa, por sí sola, debería convencer a toda alma sincera de que Dios quiere que seamos santos en esta vida.

La buena batalla de la fe es la lucha por retener esta bendición en contra de las acometidas de Satanás, las nieblas de la duda y los ataques de una iglesia y mundo ignorantes e incrédulos.

No es una lucha en contra de nosotros mismos después de haber sido santificados, pues Pablo dice con toda claridad: “Porqué no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6: 12).

Además, en toda la Palabra de Dios no hay ni una sola frase que pruebe que esta bendición no se recibe antes de la muerte, y seguramente que sólo aceptando de las manos de Dios la gracia que nos ofrece, para vivir, es como podemos esperar que se nos conceda gracia para morir.

Pero la Biblia declara (2 Cor. 9:8) que “poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia; a fin de que teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”, no a la hora de la muerte, sino en esta vida, cuando se necesita la gracia y donde debemos hacer nuestras buenas obras.